Primeros Capítulos

Personajes principales
LEAR (†): Rey legendario. Sus gestas viven en el imaginario colectivo.
HAMLET O. GIBSON: Crítico teatral, pareja de Ofelia.
OFELIA HEPBURN: Noble danesa, pareja de Hamlet.
YORICK: Exajedrecista, secretaria de Hamlet Gibson.
SIR HAMLET OLIVIER (†): Informático, padre de Hamlet.
OTELO W. FISHBURNE: Neurocirujano, esposo de Desdémona.
DESDÉMONA JOHANSSON: Químico, esposa de Otelo.
RODRIGO TARANTINO: Taxista, enamorado de Desdémona.
ROMEO MONTESCO DICAPRIO: Actor, pareja de Julieta.
JULIETA CAPULETO THERON: Actriz, pareja de Romeo.
TEOBALDO CAPULETO DE NIRO: Policía, primo de Julieta.
MACBETH NORTON: Guionista teatral, protegido de Duncan.
DUNCAN HOPKINS: Productor teatral, padre de Malcolm.
MALCOLM H. LUDGREN: Director teatral, hijo de Duncan


Acto Primero

Acto I Escena 1
(Siglo XXI, noche del fin de los tiempos. Madrid, gloriosa fortaleza de Urk-Ubar)

EL TAXISTA volvió a tocar el claxon de su antiguo Volvo. Fuera, caía una manta de agua bajo la bóveda metálica madrileña.

Hamlet dejó atrás el cuerpo desnudo y ensangrentado de la chica. Por su bonita espalda se derramaban gotas color escarlata. Descendió nervioso con su maleta rebotando en los peldaños de granito del torreón. A grandes zancadas, recorrió el patio de armas acristalado. Aquella noche, ecos luminosos de la tormenta le llegaron a través de las vidrieras góticas. Se refugió unos instantes en un aseo de la planta inferior. El espejo devolvió al crítico teatral un rostro moreno, de rasgados ojos claros. Su reflejo estaba devastado por la angustia, superado por los acontecimientos, envuelto en un fulgor de destrucción.

HAMLET.—
Atado estoy a una rueda de fuego. Mis lágrimas caen cual plomo fundido.

Con la punta de la toalla humedecida limpió la sangre que había salpicado su mejilla. En la ventana, extrañas auroras boreales pintaban con luz de fuego formas inauditas sobre el lienzo de las nubes. Sintió cómo la violencia perturbadora de los truenos amenazaba la integridad del glorioso castillo de Urk-Ubar, como si este fuera en verdad de naipes.
Un pitido, un mensaje en su teléfono móvil. La sensual voz de su secretaria, la señorita YORICK, lo distrajo.

YORICK.—¡Vamos, HAMLET GIBSON! El avión despegará pronto.
HAMLET.—¡Basta!
YORICK.—Vas justo y Madrid está sometido a condiciones atmosféricas anómalas.
HAMLET.—Esta es la noche del fin de los tiempos.
YORICK.—Y si no lo es al menos lo parece. Nos azota una borrasca monstruosa. Además, la Tierra se ve hostigada por una tormenta solar de dimensiones nunca vistas.
HAMLET.—Evita contarme del fin sus hilos. ¡No me interesan!
YORICK.— Estoy acostumbrada a tu falta de juicio, querido amo.
HAMLET.—¡No me etiquetes «amo», so insolente! —rugió dirigiéndose hacia la puerta.
YORICK.—Esto sí debería importarte, a-m-o…
HAMLET.—A reyes tal tratamiento, ¡bufona!
YORICK.—… Recuerda anotar la contraseña antes de salir y, por si acaso, memorízala.

Ella susurraba implacable a través del piercing electrónico de su oreja. Él, obediente solo a medias, apuntó la clave alfanumérica que ella le dictó. Tomó su teléfono móvil, activó la alarma, cerró el sólido portón y dejó atrás la fortaleza. Ya fuera lo esperaba la noche más infernal que jamás contempló. Antes de abandonar el pórtico gótico hacia el automóvil que lo aguardaba, dudó pensando en la chica, en OFELIA HEPBURN

HAMLET.—
¿Maté o no maté?, tal es la cuestión.

Levantó la cabeza y trazó con sus ojos vidriosos una trayectoria cóncava, siguiendo el enorme orbe celestial que se desmoronaba ante sí. De viva voz, con todas sus fuerzas:

HAMLET.—HOY LLEGÓ EL DÍA DEL JUICIO FINAL.

Bajo la cegadora fluorescencia de los relámpagos el crítico salió corriendo hacia el taxi.

Acto I Escena 2
(El taxista Rodrigo llegando al castillo de Urk-Ubar por una vereda fantasmagórica)

RODRIGO TARANTINO echó un trago y arrojó la botella al suelo del automóvil. Aceleró y cubrió el perímetro de un cementerio donde jamás quisiera ser enterrado.

TAXISTA.—¡Malditos bastardos ricos! No viviría aquí ni por todo el oro de Inglaterra. ¡Buff!, ¡los cielos escupen fuego! Me temo que todo será barrido.

El inquietante entorno le desconcertó. Rocas imprecisas, enebros sin alma, cielos infernales. Usó la tracción eléctrica; el motor de combustible podría despertar a los monstruos invisibles que habitaban ese paraje lúgubre. Al otro lado de la arboleda de ultratumba irrumpió el majestuoso Pantano Negro. Su neutra opacidad parecía traída de los umbrales más oscuros del universo.
Nada mella la textura de su superficie: ni luz, ni lluvia.

Oí que su interior oculta un misterio irresoluble, un abismo donde moran inconcebibles criaturas.

Divisó luz. Manaba de las antorchas guarecidas en los nichos de los muros. Aparcó en la explanada, junto al portón principal del castillo. Cuando tocó por primera vez el claxon, desconocidas aves levantaron el vuelo rumbo al espejo del pantano.

TAXISTA.—¿Qué diablos…?
Nadie dio señales de vida. Repitió la operación y esperó. Al fin apareció en el zaguán un hombre de mediana estatura, robusto, moreno y barbado, quizás atractivo, que había visto un par de veces por televisión. Vio cómo se detenía y gritaba:

HAMLET.— HOY LLEGÓ EL DÍA DEL JUICIO FINAL.

Bajo la cegadora fluorescencia de los relámpagos el crítico salió corriendo hacia el taxi.

Acto I Escena 3
(El crítico teatral Hamlet entra en el taxi bajo la lluvia torrencial)

TAXISTA.—BUENAS NOCHES, soy Rodrigo Tarantino. Esta noche las horas parecen deslizarse perezosas.

Hamlet se acomodó en su asiento. Al entrar en su órbita lo detectó: apestaba a alcohol. Examinó los rasgos peculiares del tipo que regentaba el vehículo: poseía la expresión de acabar de tomarse una cucharada sopera de wasabi, el fuerte condimento japonés. Encaramado en su prominente mandíbula parecía tan perplejo como otros que le precedieron. A través de su auricular escuchó:

YORICK.—Hamlet, nadie es inmune a la poderosa emanación de irrealidad que orla tu castillo.
Movido por una vieja costumbre tendió al piloto su tarjeta por la rendija del cristal antibalas. Después se ató en su asiento y dijo:
HAMLET.—Buenas noches, buen señor: aeropuerto.

El taxista miró la cartulina, la introdujo en una funda metálica y la guardó en el bolsillo. A través del retrovisor interior vio un nuevo detalle en su rostro: tatuadas, lágrimas negras en su mejilla.
HAMLET.—
Pobre, otro reflejo de los cielos. Detenido en el tiempo su dolor.
TAXISTA.—Tengo otro servicio pronto. —Sus ojos brillaron. —Esta noche despiadada en la que los vientos rugen, muchos quieren huir.

Arrancó veloz el modelo híbrido y pisó a fondo. Atravesaron la senda del pantano bajo un mar de fuego. En el exterior, la fuerza de los elementos, esa atmósfera irreal que poseía la intemperie endemoniada. Hamlet compartía asombro por el inaudito colorido desplegado sobre la vertical. Escuchó carraspear a su secretaria.

HAMLET.—
Ni bajo las aguas se callará.
YORICK.—Tranquilízate.
HAMLET.—¿Tranquilo? ¡No! Enfunda tus consejos.
YORICK.—Te dejaré hasta que me necesites, es decir, en breve intervalo, a-m-o.

La mirada de Hamlet recorrió rápida el interior del automóvil mientras tomaban la vía principal. Alfombrillas sucias, restos de comida, botellas por el suelo. Todo aliñado con el pestazo etílico que propalaba el hombre. Aquello configuraba la pocilga del habitáculo. Luego, enfocó a los dígitos violáceos bajo el taxímetro: 17:53 horas
Otro detalle llamó su atención, algo que no debería estar allí: una estampa que el individuo tenía pegada al parasol. Resplandecía.

HAMLET.—
Una atractiva cliente, de infarto. ¿Es ella la culpable de sus lágrimas?

La chica había sido fotografiada en el mismo asiento que él ocupaba. Como en un juego de muñecas rusas, a su vez la retratada ostentaba un detalle que tampoco encajaba: un parche en su ojo izquierdo. Desenfocó la mirada de la fotografía y volvió a posarla en otros dígitos del salpicadero. Cifra y vertiginosa sensación vital concordaban: 146 (millas/hora)
Sin previo aviso le llegaron potentes imágenes de pasión con Ofelia en el castillo. Emulando a pequeña escala las monstruosas descargas eléctricas de la tormenta, sacudieron su cerebro.

HAMLET.—
Suave, brillante, su cuerpo desnudo. Mis dedos gobiernan de ella el placer. Mis falanges envolventes se acoplan, curvas divinas, etéreas también. En primer plano la daga danesa. Su doble hoja, los gritos, pavor.

Acto I
Escena 4
(Media hora más tarde. En un portal de un barrio de Madrid una atractiva rubia, con complemento pirata en el rostro juega impaciente con su encendedor)

COBIJADA EN el portal, DESDÉMONA JOHANSSON intentó encender su cigarrillo. Rendido a la humedad su mechero infalible dejó de serlo. El clima continental de la ciudad, también.

DESDÉMONA.—
¡El Apocalipsis! Es la monstruosa tormenta y, disfrazadas de color, auroras envenenadas que nos lanza nuestro sol. ¡Que nos devuelvan el dinero!

Su indumentaria contrastaba con la inclemencia despiadada de ese anochecer: pamela de ensueño, tacones fantasía de cinco pulgadas tapizados de leopardo. A juego, ropa interior y parche del su ojo. Sobre su lencería, la seda del vestido le caía perfecta.

Repite conmigo: Te diriges rumbo a Londres, a una premier teatral; NO a las carreras hípicas, no a una competición de pamelas estratosféricas.

Encorsetó con la mano sus salvajes cabellos áureos dentro de la jurisdicción del sombrero. Después, por tercera vez miró inquieta su reloj. Por tercera vez extrajo el teléfono del bolso y, por tercera vez, el resultado fue el mismo tras llamar a su taxista de cámara: «No disponible, apagado o fuera de cobertura».

De viva voz:
DESDÉMONA.—Algo terrible le ha sucedido a Rodrigo Tarantino. Lo intuyo…, lo sé.

Acto I
Escena 5
(A bordo de un taxi veloz, rumbo al aeropuerto madrileño, el crítico teatral recuerda lo recién vivido en el castillo: fogonazos del éxtasis con Ofelia sacuden el cerebro de Hamlet, emulando el aparato eléctrico exterior)

HAMLET.—
SU CUERPO aparece desguarnecido. Robustas mis manos ensamblan bien en sus artísticos pechos perfectos. En relieve luz de acero danés, doble hoja, pavorosos los gritos…

Sus convulsiones lo devolvieron al ahora. Vomitó y se limpió. En sus ojos se reflejó rauda la insólita iluminación de los cielos.
El taxi devoraba la carretera a velocidad vertiginosa. Decidió interrogar a su secretaria a través del auricular-micro:

HAMLET.—¿Encontraré a ese malvado demonio?
YORICK.—¿Si coincidirás en Londres con el asesino de tu padre?
HAMLET.—Habla y hazlo rápido, ¿sí o no?
YORICK.—Tus piruetas lingüísticas no funcionarán.
HAMLET.—Inténtalo.
YORICK.—¿Cómo podría saber eso si ni siquiera conocemos la identidad del que perpetró el vil crimen? Lo siento, Hamlet.
El Volvo encaró la M-60 penetrando a través del espeso telón de agua y fuego.
HAMLET.—
Si es que escapamos, turbia nochecita. Si es perseguir, ¿a quién? ¿A qué? ¿A ÉL?

Un súbito fogonazo iluminó el oeste diez milésimas de segundo; su indivisible tsunami sónico hizo vibrar las ventanas hasta el exigente límite de su control de calidad sueco.

YORICK.—Apocalíptica noche para escapar de esta realidad.
HAMLET.—Descarta distraerme con el tiempo, es inútil.
YORICK.—Ahora me soltarás paranoico que nos persiguen o delirio similar.
Hamlet, curioso, se volvió y confirmó:
HAMLET.—En la lluvia vislumbro faros cerca, brillan tras el taxi, brillan aquí.
YORICK.—Pues será un Fórmula Uno; este vehículo casi vuela.
HAMLET.—¡Así es!
YORICK.—Un efecto óptico alimentado por tus fantasmas.
HAMLET.—¡No!
YORICK.—Nadie conoce los datos exactos de tu reserva del vuelo: telemática, sin ninguna intervención humana.
HAMLET.—Entonces, ¿quién…?
Comprobando lo que se les venía encima, el conductor bramó movilizando todas y cada una de sus extrañas facciones:
TAXISTA.—¡ESE HIDEPUTA NOS DARÁ POR DETRÁS!

Una bandada de alondras pasó fugaz por delante del parabrisas. Sus peores presagios atravesaron el umbral de la realidad. Tras el primer impacto, los violentos bandazos disolvieron sus pensamientos. Se estrellaban.

Acto I
Escena 6
(Madrid, minutos después. Frente a una ginebra, el inspector de policía Capuleto de Niro recibe un mensaje en su teléfono móvil)

GRAVE ACCIDENTE DE TRÁFICO CON RESULTADO DE MUERTE. LA TRIANGULACIÓN DE LA SEÑAL DE UN TF. MÓVIL APUNTA AL KM 93,2 DE LA M-60. EL DISPOSITIVO RELACIONADO CON EL EXPEDIENTE 094859345B/2023 (CASO ABIERTO). SE TRATA DEL CRÍTICO TEATRAL HAMLET GIBSON. PERSONAOS.

TEOBALDO CAPULETO leyó el mensaje y pagó arrojando un billete arrugado sobre la barra. Mientras enfundaba la gabardina y calaba el sombrero esperó las vueltas. Llegaron a bordo de la sonriente camarera. Recogió hasta la última moneda y se largó sin despedirse. En la calle descubrió los cielos inflamados de fuego. Subido sobre su mirada vacía tomó a su vez su vieja ranchera color café para dirigirse al lugar del accidente.

CAPULETO.—
Entre los hierros encontraré el cadáver del hijo de SIR HAMLET OLIVIER. El padre, al que se vinculó con los servicios secretos británicos, murió intoxicado de forma fortuita. Extraoficialmente… se trató de un asesinato en primer grado, aunque nunca se pudo demostrar. ¿Existe conexión con este accidente mortal?

Sus limpiaparabrisas no podían absorber el caudal de agua que se derramaba de los cielos. Al cabo de veinticinco minutos divisó con dificultad las luces de los coches de policía, ambulancias y bomberos. Aminoró la velocidad en una autopista casi desierta y vio con más nitidez el dispositivo desplegado.

Acto I
Escena 7
(Minutos antes. Dentro del taxi de Rodrigo Tarantino. Los peores augurios se adentran en la realidad: otro coche los golpea por detrás)

LOS VIOLENTOS vaivenes desintegraron los pensamientos del pasajero. Mientras se estrellaban, los del conductor…:

TAXISTA (†).—¡¡Nooo… ggh!!
«¡MALDITO CANALLA! NO PUEDO CONTROLARLO. ¡¡CUIDADO CON ESA PLANCHA DE HORMIGÓN!!, GIRA, VENECIANO, ¡¡GIRA YA!! ATRAVESARÁ EL PARABRISAS, NO, NO, ¡¡ES EL FIN!! OS QUIERO, MI
SEÑORA. DESDÉMONA, OS QUIERO… ¡¡NOOO… GGH!!»

Negro.

(Lluvia repiqueteando sobre el metal)

El escalofriante alarido, el sabor salado de la sangre en sus labios y el humo hicieron emerger al crítico de su aturdimiento.

HAMLET.—
Aquí mismo oí un aullido quebrado. Un extraño desconcierto me invade.

Todo seguía oscuro. Apenas podía moverse entre los hierros. Notaba a su lado la calidez aterciopelada del airbag. El impacto había sido de gran calibre, sentía su cuerpo dolorido. Ella habló sin distorsionar su dulce voz, pero elevándola por primera vez.

YORICK.—¡Hamlet! He escuchado lo sucedido. Al igual que tú, tampoco puedo ver nada. ¿Estás bien? ¿¡PUEDES OÍRME!?
HAMLET.—
YORICK.—En ese modelo de automóvil encontrarás un pequeño extintor bajo tu asiento. ¡Úsalo hacia la fuente de calor!
HAMLET.—
YORICK.—Existen llamas, oigo su crepitar. ¡Respóndeme!

Acto I
Escena 8
(Un rato después. En un portal, la atractiva rubia con complemento pirata en el rostro. Resguardada espera a su taxista habitual.
No responde e intuye algo siniestro. Esa noche volará a la capital de Inglaterra, al estreno de la Obra Teatral del Siglo)

ENFURECIDA, GOLPEÓ su teléfono varias veces contra el marco metálico del portal. Luego, arrepentida, acarició el terminal en la zona de los impactos. Extrajo temblorosa del bolso un pastillero y tragó sin agua dos comprimidos. Tomó otro taxi. Ya de camino se frotó la cuenca vacía a través del parche y recordó a su marido: célebre neurocirujano, conservaba con auténtico mimo su ojo izquierdo en helio líquido.

DESDÉMONA.—
OTELO FISHBURNE lo hizo por puro AMOR. Amadodiado esposo: Volveremos a encontrarnos pronto… ¿En Londres? ¿Dónde estás? —se preguntó a sí misma. El nuevo taxista aceleró—. Quizás todavía llegue, pero solo si la espantosa tormenta ha provocado un retraso en los vuelos.

Acto I
Escena 9
(Dentro del taxi recién accidentado, entre los hierros retorcidos.A través del auricular la secretaria de Hamlet le indica que busque un extintor para sofocar las llamas)

TOMÓ CONCIENCIA de un objeto viscoso y pesado que presionaba sus rodillas, empapando los pantalones. Mantuvo los párpados cerrados por el humo y, así, actuó: extendió con dificultad el brazo derecho y palpó durante medio minuto: nada. Por fin halló un cilindro metálico en el lugar que la señorita Yorick le había indicado. A ciegas descargó toda la espuma que contenía por el habitáculo. Empezó a toser. A través de una fisura de la puerta, descuadernada por el impacto, el habitáculo se despejó poco a poco. Abrió lentamente los párpados y lo vio.

YORICK.—Yo también puedo verlo a través de tus ojos. Mantente tranquilo, Hamlet.
Hay escenas terroríficas que, desafiando los sutiles mecanismos del olvido, se instalan para siempre en tu cerebro: la cabeza sanguinolenta del conductor, todavía borboteante, le miraba apacible desde su regazo. Él también miró a esos ojos sin alma.
HAMLET.—
Liberado del ardor del wasabi, es hora de que descanséis en paz. Del desamor quedáis ya liberado.

Los labios amoratados del taxista todavía dibujaban la última silaba que pronunciaron, ya lejos de su cuerpo.

«¡… NOOOO…!»

YORICK.—¿Estás bien? El desfibrilador del teléfono no podrá reanimar a…
El crítico atrapó la pregunta que flotaba atrapada en la densidad del humo.
HAMLET.—¡Cállate ya, Yorick! No, no estoy bien.
YORICK.—Eso temían tus cercanos: que la obsesión con el asesino de tu padre te arrastrase a la locura. Esa malvada persona…
HAMLET.—¡Detente ya! ¡No es de carne ni inspira! ¡No respira ni alberga un corazón!
Él no está hecho de vulgar materia. Mortal ni dios, nada lo detendrá.

El cadáver carbonizado y decapitado del conductor presidía el vehículo. En esos momentos nunca hubiera imaginado que en unas horas habría de profanar la tumba del jinete guillotinado. Su sórdida estampa, la espantosa negrura exterior, el dolor que a él le atenazaba terminaron por desatar sus nervios. Gritó con todas sus fuerzas, dirigiéndose al invisible asesino de su padre:

HAMLET.—ESPERO IMPACIENTE: ¡VEN A MATARME!

Acto I
Escena 10
(Madrid. M-60)

DESPUÉS DE impactar contra el taxi y sacarlo de la autovía, el Fiat Cassio derrapó, pero consiguió recuperar el control y seguir su camino. No hubo testigos. Aquella noche infernal las carreteras estaban casi desiertas. El parachoques del vehículo se había desprendido y arrastraba por el asfalto. Dos millas después, el automóvil tomó la siguiente salida de la M-60 y se perdió por las vías secundarias.

Acto I
Escena 11
(Arcén de la M-60, junto a dos ambulancias del servicio de Urgencias y un camión de bomberos. Someten al crítico a una compleja operación de excarcelación. Mientras, él sigue rememorando lo ocurrido en el castillo de Urk-Ubar)

HAMLET.—
LA GOTA escarlata cae por su espalda, surca su dermis y alcanza el dragón sobre sus nalgas así tatuado.

En una de las ambulancias restañaron sus heridas. Se aseó y cambió de ropa. Luego, habló con la Guardia Civil de Tráfico.

YORICK.—Así que tienes que esperar a un inspector llamado Teobaldo Capuleto.

A pesar de las advertencias de sanitarios, policías y de su secretaria, salió a llamar. Bajo un paraguas los cielos se derramaron sobre él. Contactó con su madre —Gertrudis Close— para contarle lo ocurrido. Aseguró que estaba bien y manifestó sus sospechas: la muerte de su padre no había sido accidental. Incrédula, concluyó:

GERTRUDIS.—¡Es una invención más de vuestro cerebro!

Después restableció contacto con su secretaria. Esta le detalló:

YORICK.—La valla contra la que chocasteis cortó el parabrisas, la cabeza del conductor y la mampara antibalas. Así llegó a ti la…
HAMLET.—… La peculiar cabeza del taxista.
YORICK.—El extintor y la fortaleza elástica del coche te salvaron.
HAMLET.—¿Eso crees?
YORICK.—Lo deduje todo antes de verlo a través de tus lentillas: brusco crujido orgánico, suave fluctuación de tu voz al soltarle a tu madre…
HAMLET.—«… ando yo todavía de una pieza».
YORICK.—Eso es. Además del obligado silencio del conductor.
Soportó paciente la obscena exhibición de musculatura intelectual de su secretaria.
HAMLET.—
Ganas de mandarla a un lugar viscoso. Modula, sofoca, tan ruin pulsión. Ella ha salvado tu cuello, admítelo.
YORICK.—Insisto: ¿te encuentras bien?
HAMLET.—Solo un rasguño decora mis labios.

Una desvencijada ranchera color café aparcó en el arcén. De ella descendió un tipo que parecía italo-americano, de pequeña estatura pero robusto, nariz grande y penetrantes ojos castaños.

YORICK.—Capuleto.

Calándose un sombrero y cerrando la gabardina caminó firme bajo la intemperie hasta su posición. Cuando Hamlet lo tuvo más cerca intentó leer su alma en sus facciones y modos; intentó adivinar lo que sentía o pensaba. Sin embargo, en esa ocasión no obtuvo resultados.

HAMLET.—
Un fuego que camina ya ha llegado.

Acto I
Escena 12
(Minutos antes. El inspector Capuleto recibe un mensaje en su móvil que le avisa de un mortal accidente en la M-60.
Paga su copa y se dirige al lugar del accidente)

CAPULETO.—
ME DICEN que el muerto no ha sido el crítico sino el conductor, un pobre diablo llamado Rodrigo. ¿Iba Hamlet al estreno teatral? Allí está.

EL POLICÍA aparcó su desarticulado vehículo en la orilla del asfalto. Poniéndose el sombrero y ajustándose el impermeable, llegó a grandes zancadas hasta su posición, en el interior de un hospital de campaña.

CAPULETO.—Inspector Teobaldo Capuleto de Niro, dirijo esta investigación. ¡Identificaos!

Hamlet extrajo otra de sus tarjetas y se la entregó al policía. Este la miró medio segundo, la guardó.

Hamlet Gibson
-Crítico teatral-
reydeunespacioinfinito@hamlet.com

CAPULETO.—¿Enemigos? —preguntó a quemarropa—: ¿Alguien os quisiera bajo tierra? Hablad y hacedlo rápido.
HAMLET.— ¿Enemigos, adversarios, señor? ¿Qué sé yo?
CAPULETO.—Probad.
HAMLET.—Que yo recuerde ninguno… No sé…
CAPULETO.— ¿Tenéis prisa?
HAMLET.—Una nave me espera, disculpad.
Sin duda, él estudia mi reacción.
La respuesta no debió de ser todo lo templada como para superar el detector de mentiras que escondía su mirada.
CAPULETO.—Me dicen que si no usáis el extintor vuestros restos cabrían en un cenicero. ¿Cómo lo localizasteis?
YORICK.—Aguanta el chaparrón callado. Bien…, respira… así…
CAPULETO.—Fuistéis muy rápido… Bueno, da igual. Si vais a abandonar, el reino exijo conocer destino y fecha de regreso.

En ese momento cayó un rayo en un campo cercano lindante a la M-60. Un enorme árbol centenario ardió. Hamlet dio un respingo. El inspector volvió la mirada un segundo para, posteriormente, permanecer impasible.

YORICK.—Ni haz de protones, fenómeno meteorológico extremo, ni señal apocalíptica le impedirán obtener respuesta.
Algunos bomberos empezaron a moverse, aunque la fuerte precipitación sofocaría el fuego en cinco minutos.
HAMLET.—Viajo a Londres esta noche infernal. A la Obra del Siglo me invitaron.
Algo jamás visto sucederá.
El policía torció la boca y escupió:
CAPULETO.—No me gustáis. Tampoco vuestro padre cuando supe a posteriori de su trayectoria.
HAMLET.—¿Cómo…?
CAPULETO.—Busco conexión entre todo esto y su muerte.
YORICK.—Sigue sereno.
CAPULETO.—Es obvio que algo me ocultáis; eso me genera reflujo y el reflujo me sulfura.
HAMLET.—
El azufre interior os envenena.
CAPULETO.—Un simple accidente de tráfico con fuga y macabro desenlace no me haría mover ni un pelo de mi cabello.
YORICK.—Ya termina el interrogatorio. Has aguantado bien.
CAPULETO.—Tenéis doce horas para regresar a Madrid. Mañana por la mañana volveremos a vernos.
Hamlet le tendió la mano al policía. Él la miró indiferente, se dio media vuelta y marchó. Cuando vio que su coche tomaba de nuevo la autovía, alguien volvió a hablar. Ella quiso rebajar tensión:
YORICK.—¡Valiente cretino! Que no te afecte.
HAMLET.—¿Que Capuleto conoció a mi padre?
YORICK.—Quizás solo por referencias. Intento averiguar la conexión entre su asesinato y este supuesto accidente si la hubiera.
HAMLET.—Y…
YORICK.—Y que ya he conseguido el número de expediente del caso: 094859345B/2023.
HAMLET.—¡Olvida las cifras, dame sus letras!
YORICK.—Tendrás el nombre de su asesino, paciencia. Se trata del expediente policial de su caso. Por eso Capuleto conoció su figura, la de tu padre: fue el subinspector al mando de la investigación.

Uno de los agentes se ofreció a llevarle al aeropuerto. Quizás todavía pudiera llegar, pero solo si la espantosa tormenta hubiera originado un retraso en los vuelos.

HAMLET.—
¿Qué es lo que está sucediendo en verdad? ¿Soy el perseguidor o el perseguido?

Acto I
Escena 13
(Hamlet aprieta el paso por la terminal T4 del aeropuerto internacional de Madrid. Vuelve la cabeza hacia atrás)

YORICK.—NADIE TE sigue. Lo acabo de comprobar.
HAMLET.—¡Al oscuro diablo me refiero! ¡La entidad no es de carne, no respira!
Ambos acusaron un trueno explosivo. Su vibración sacudió los pilares del aeropuerto como ya hiciera con los de la fortaleza Urk-Ubar. Hubo gritos y ruido de cristales quebrados pero, tras el susto inicial, la vida en el aeropuerto continuó su curso.
HAMLET.—Sangre resbala lenta por mi mano. El rojo es de crítico o de taxista.
YORICK.—O de Ofelia.
HAMLET.—
Yorick es tan lista como insolente.
YORICK.—¿Callas?
HAMLET.—Voy al aseo.
A lo último no contestaré.
YORICK.—Dispones de un minuto para consumar los experimentos químicos ilegales que probablemente maquinas.
HAMLET.—Tras limpiarme ingeriré un fino cóctel: Valium, dos aspirinas y un gløgg nórdico.
YORICK.—¿Vino especiado danés? Noto que sigues tenso.
HAMLET.—La tormenta del alma me atormenta.
YORICK.—¿Más que el desgarro celeste exterior?
HAMLET.—La atmósfera muerde furiosamente, pero el Cosmos hostil empieza en mí.
YORICK.—Como nada podría superar eso, desconecto. Haré mi llamada rutinaria a Inglaterra para informar del accidente y recabar más información: mi obligación es protegerte.

Salió de los aseos ya cargado y se dirigió directo al control de pasajeros. La aeronave estaba a punto de levantar el vuelo, con o sin él. Fue entonces cuando la divisó… por segunda vez: la rubia espectacular de salvaje belleza. Llevaba un aparatoso portasombreros y entró en escena nerviosa. Avanzó en su dirección sobre unos elevados tacones revestidos de piel de leopardo.

Acto I
Escena 14
(Una hora después, en un barrio lujoso londinense. De ascendencia italiana, el actor del momento: rasgados ojos celestes, aspecto de eterno adolescente y flaca figura de seis pies)

ROMEO DI MONTESCO DiCaprio, un apuesto joven estadounidense, salió del garaje de su casa de Kensington. Bajo la lluvia vespertina pilotaba su Ferrari 458 Spider. Tomó primero Abingdon Vilas. Luego, dobló en Earls Court Road y finalmente encaró Cromwell hacia el oeste para enlazar con la M4.

Media hora antes había recibido un mensaje: su mentor le pedía que fuera al aeropuerto Heathrow a recoger a Desdémona Johansson, la química, y a Hamlet Gibson, el crítico.

ROMEO.—
Estoy en deuda con mi querido productor, DUNCAN HOPKINS.

La obra que patrocinaba y que se presentaba esa noche tenía todos los mimbres para alcanzar la categoría de revolucionaria. Sin duda catapultaría a ambos al estrellato: a él y a su amadísima compañera de reparto, JULIETA DI CAPULETO. De forma unánime estaba considerada como la mujer más bella de la humanidad. Romeo llevaba una buena temporada cautivo en Babia, bajo una tonta mueca dibujada en el rostro. Era víctima de la imbecilidad transitoria, fruto del enamoramiento más sublime.

Aceleró bajo la precipitación.

Admito que mi alma padece el implacable rigor de los desdenes del AMOR.

Su protector quería que alguien relevante del equipo se presentase en el aeropuerto londinense. El motivo por el que Duncan quería ofrecer tal recibimiento a la señora Johansson era conocido por todos…, pero ¿y a Hamlet? Romeo no creía que tuviera ninguna motivación comercial. Al mecenas le importaba bien poco lo que dijeran los críticos, solo le interesaba el gran público.

¡Ahora recuerdo! El productor Duncan y el malogrado padre del crítico, no solo trabajaron juntos sino que fueron grandes amigos.

Un pitido peculiar informó al actor de que acababa de recibir otro mensaje del mismo remitente.
ROMEO.—Por favor, léelo de viva voz —ordenó al sistema informático de su flamante automóvil.

DUNCAN.—SUPONGO QUE CASI ESTARÉIS LLEGANDO A HEATHROW. QUIERO INFORMAROS DE QUE LAS INSÓLITAS EYECCIONES SOLARES ESTÁN AFECTANDO AL PLANETA. ACABO DE SABER QUE EL VUELO DE DESDÉMONA Y DEL HIJO DE HAMLET OLIVIER SUFRE SERIOS PROBLEMAS. ESPEREMOS QUE TODO SALGA BIEN.

Mal presagio me invade, a pesar de que mi protector ejerce como tal. Veo dolor y muerte, pero diviso los límites de mi vaticinio con difusos bordes; más allá de qué, no podría precisar el quién ni cuándo. Por cierto, ¡menuda tormenta!

Acto I
Escena 15
(Un rato antes. Desdémona decide al fin tomar otro taxi rumbo al aeropuerto madrileño. Su secretaria Emilia
se lo ha gestionado eficazmente)

RECORRIÓ NERVIOSA la Terminal Cuatro. Alcanzó al fin la cola de pasajeros ante el control de Policía. Con el rabillo de su único ojo divisó al crítico teatral Hamlet Gibson.

DESDÉMONA.—
Ya habrá tiempo para las presentaciones. Él también me ha identificado.

Avanzó montada en sus altos zapatos…
HAMLET.—
… de felinas bestias bien tapizados. Lleva sedas que rayan lo ilegal.—Su estampa era deslumbrante; sus andares, felinos. Cuando él la tuvo más cerca y vio el parche se dio cuenta…—¡Diosa Fortuna!, ¿qué urdes ahora? ¡Es ella, la bella cíclope añil! La que al taxista de AMOR mató en vida. ¡El ángel proyectado en el cartón!
YORICK.—¡Sí! La chica de la foto del taxista. ¡Qué casualidad!
Todavía inquieta, la fémina se ubicó en la cola.
HAMLET.—¡Por Afrodita, por Apolo y Eros!
YORICK.—¡Pues sí que debe ser guapa para ti! Es tu invocación divina más multitudinaria desde que trabajamos juntos.
HAMLET.—Deja que entren rayos en mi prisión.
YORICK.—Si tu corazón no tuviera dueña, ¿la pondrías también en tu parasol?
Ignorando la pregunta, él formuló una propia:
HAMLET.—¿No rendías pleitesía a tus amos? —preguntó tras dejar en la bandejita reglamentaria sus enseres.
YORICK.—Sí, ya he hablado con mis otros señores, los que me enviaron a servirte.
El crítico superó los controles a pesar del cargamento de libros electrónicos de tal calibre como para derribar a un régimen. No así la viajera, de la que el taxista llamado Rodrigo un mal día se enamoró.

PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

FUNCIONARIO.—¿Lleváis algún objeto metálico encima? —preguntó un policía aduanero.
DESDÉMONA.—No, inepto. ¿Dónde? ¿Queréis cachearme?
Descalza como una diosa, subió los tirantes de su vaporoso vestido rojo, elevando el bordado inferior hasta el ombligo.
HAMLET.—
¡Buff! ¡Demasiado para una sola tarde! Vestido más ligero que un botón. Ella más ligera que su vestido. Gravitan ella, vestido y botón.
Otro policía extrajo de un bolso de mano un cilindro metálico de unas ocho por tres pulgadas.
DESDÉMONA.—¡Ah sí, mi… psicólogo!

Al entender el crítico la situación, ella mutó a sus ojos de ángel a chica mala de las que van al Infierno. Primero pensó en todas las mujeres, luego concretó:
HAMLET.—
Fragmentos más dulces del universo. Aunque ella bien disimula tenaz.
Ella giró de repente la cabeza hacia Hamlet y, ante la sorpresa mayúscula de este, le guiñó el ojo.
HAMLET.—¿¡Que ella me asigna una identidad!?
YORICK.—Debe conocerte por tu trabajo.

FUNCIONARIO.—Aclarado lo del cilindro, ¿qué contienen estos frascos?
DESDÉMONA.—Perfumes. Yo misma los elaboro.
FUNCIONARIO 2.—¿Cómo decís? —preguntó el más incauto.
DESDÉMONA.—Soy química y sintetizo sustancias.
FUNCIONARIO.—Tengo que hacer una consulta a mi superior.
DESDÉMONA.—Pues raudo. Mi taxista me ha fallado esta mañana, voy muy justa. Perderé el avión y el estreno teatral del siglo.

HAMLET.—
¿Que ella también asistirá a la gala?

Los agentes permitieron subir al avión a su «cilindro-terapeuta». Sin embargo, le incautaron el extraño kit de perfumes.
YORICK.—Menudo espectáculo. La escena no ha sido espontánea.
HAMLET.—¿Qué?
YORICK.—Que ella se ha empeñado en distraer la atención. Quería que los presentes os fijarais en lo que es.
HAMLET.—¿Y así distraernos de lo que hacía? ¿Y qué hacía?
YORICK.—Mentir.
HAMLET.—¿Cómo?
YORICK.—Te lo explico luego. Embarca antes: en cincuenta segundos cerrarán el acceso y los rezagados quedarán en tierra. ¡Corre!

Acto I
Escena 16
(Hamlet despierta asustado, sobrevolando el Canal de la Mancha.
Al abrir los ojos, ve cómo despunta la luna menguante. La nave surca la estrecha banda fronteriza entre la tormenta solar de protones y la ciclogénesis explosiva terrestre. Las oscuras nubes adoptan formas fantasmagóricas, relámpagos aquí y allá)

HAMLET.—¡OH, PADRE, os juro que os vengaré!
YORICK.—Hablabas dormido.
HAMLET.—¡He sido cautivo de un negro sueño! ¿Dónde…?
YORICK.—A bordo de un Boing 797, sobrevolando una monstruosa tormenta. Nos dirigimos a Londres.
HAMLET.—¿Qué tomé en Madrid? Estoy aturdido. ¿Alcohol..?
YORICK.—… además de aspirinas y benzodiazepina. Topaste con la insincera Desdémona y asististe a su numerito en el control.
HAMLET.—¿Insincera?
YORICK.—Sí. Finalmente, subiste al avión y al llegar a tu butaca… caíste. ¿Un mal sueño?
HAMLET.—Con mi padre como protagonista.
YORICK.—¿Quieres contármelo?
HAMLET.—El sepulcro donde yacía abierto… su espíritu emergía de la tierra… desde las almenas de mi castillo sentenció su vaporosa silueta:

SIR HAMLET OLIVIER.—«En breves horas o desentrañáis vos mi asesinato o vendréis a esta ignorada región de cuyos confines jamás regresa viajero alguno».

YORICK.—Mantente tranquilo. A través de tus intralentillas veo libre tu asiento contiguo. Cámbiate a la ventanilla, te distraerá.
HAMLET.—Así veré bien el Día del Juicio.
YORICK.—El tuyo propio que, como el espectro de tu padre te advierte a través de sueños, afrontarás si no resuelves su asesinato esta misma noche. Tus entradas son las más caras del apocalíptico espectáculo.
HAMLET.—¡Insolente, deslenguada, irónica! ¡Alude a mi sueño!
YORICK.—Tu pesadilla es de manual. El subconsciente saca a escena tus fantasmas.
HAMLET.—El crimen no resuelto de mi padre.
YORICK.—Exacto. Si además un misterioso automóvil ha embestido tu taxi…, ¡ya tenemos en tu cerebro armada la intriga!
HAMLET.—Busca el asesino dos Hamlets muertos.
YORICK.—Tan obvio que me enternecería si no fuera lo que soy.
HAMLET.—¿Aseguras que todo está en mi mente? ¿De qué materia están hechos los sueños?
YORICK.—Ignoro de todo punto el tipo de átomos que los componen. Tras la invitación de Duncan investigaremos el crimen.
HAMLET.—Vamos a Londres por ese motivo.
YORICK.—Así es. La Obra del Siglo suena bien pero solo es la coartada perfecta.
HAMLET.—«La insincera Desdémona», dijiste.
YORICK.—Sin duda ella mintió a la policía del aeropuerto.
HAMLET.—¿Seguro?
YORICK.—Su lenguaje no verbal le delató ante mis ojos, que son los tuyos.
HAMLET.—Mentirosa, pues.
YORICK.—Como los buenos periodistas realicé hasta tres comprobaciones. En suma: miente.
HAMLET.—Mentiras de la mentirosa restan.
YORICK.—No las conozco todavía.
HAMLET.—Vaya.
YORICK.—Cuando te quedaste mirándola embobado aproveché para realizarle una nítida fotografía.
HAMLET.—¿Y…?
YORICK.—Sí, se trata de Desdémona Johansson, ingeniero químico y administradora única de la empresa Sagitario Molecular S. L. Está vinculada al proyecto patrocinado por Duncan.
HAMLET.—Dime en qué medida está ella ligada.
YORICK.—Aún no lo sé. El proyecto siempre se ha mantenido en secreto. Lo que ha sucedido entre bastidores ahí ha quedado.
HAMLET.—¿Vínculo profesional, personal?
YORICK.—Ambos. Ella tiene un lío con alguien del equipo de la representación. El afortunado tendría que estar muy preocupado.
HAMLET.—¿?
YORICK.—El esposo de Desdémona está considerado el hombre más peligroso. Se trata del celoso y ahora prófugo de la justicia…
HAMLET.—… el neurocirujano Otelo Fishburne… Leyenda le creí, que no existía.
YORICK.—No es leyenda. Como tú dirías, es de carne y hueso. Su inteligencia y valentía no tienen igual; sé de qué hablo.
HAMLET.—Lo haces así de alguien por vez primera.
YORICK.—Y no será la última.
HAMLET.—Prosigue.
YORICK.—Al parecer ha fabricado genéticamente a tres bestias invencibles. Esto último no lo he verificado.
HAMLET.—Suena extraño en la Era de Internet.

Una mujer tambaleante irrumpió en la conversación.

DESDÉMONA.—Mi esposo habita en vuestros labios. ¿Puedo?

La que preguntó fue la ingeniero químico, tras aparecer de la nada y señalar el asiento vacío.

Acto I
Escena 17
(En el avión, un Hamlet sorprendido ante la irrupción de Desdémona en escena. Ella, renqueante ha llegado hasta su asiento. Cabello revuelto, ojos desorbitados, llorosos e inyectados en sangre. Arrastra el bolso abierto dejando sus enseres íntimos al descubierto)

ELLA ADOPTÓ una política de hechos consumados, conquistó el asiento libre con su redondo trasero.

DESDÉMONA.—Podríais colgar a esa… —acercándose al telecomunicador del oído de Hamlet— ¡FURCIA!… con la que habláis, cuya voz aterciopelada escucho hasta aquí.

La aludida, su secretaria, susurró una operación aritmética, advirtiéndole a qué se enfrentaba:

YORICK.—Benzodiacepinas + alcohol = caos. Aunque qué te voy a contar a ti que no sepas.
HAMLET.—Luego te llamo. —Ella pareció arrepentirse de su hostilidad hacia la voz:
DESDÉMONA.—Lo siento, estoy muy nerviosa. —Una azafata pasó con expresión tensa y ella aprovechó para colgarse de su brazo: —Guapa, sírveme en uno de esos ridículos vasos de plástico tres dedos de loquesea, lo más fuerte que tengáis.
AZAFATA.—Lo siento, no servimos alcohol en el avión.

Se soltó desdeñosa de su brazo. Él la observaba en silencio. La huracanada atracción que sintió al conocerla transmutó en amables vientos de clemencia.

HAMLET.—
Mujer destruida por los celos de él. Furtiva lujuria, flor de un instante. Ahora ella es sombra de lo que fue.
DESDÉMONA.—Os hablaré de mi marido, pero no aquí: os emplazo a hacerlo en el bar del hotel antes de la premier.
YORICK.—Precaución, Hamlet.
HAMLET.—¿?
YORICK.—Desconocemos sus intenciones.
DESDÉMONA.—El viejo Duncan nos ha reservado toda una planta del Gran Hotel Curtain, anexo al teatro del mismo nombre.
HAMLET.—De… de… acuerdo, allí nos veremos.
DESDÉMONA.—¡Londres nos espera exótico y misterioso!
HAMLET.—Cierto.
DESDÉMONA.—Necesito otra copa antes de aterrizar.
Se levantó a duras penas, pero antes de marchar lanzó un misil directo a la línea de flotación emocional del crítico:
DESDÉMONA.—Tengo que veros a solas, es importante.
HAMLET.—Explicaos.
DESDÉMONA.—Hamlet, conocí a vuestro padre. Entiendo el sentimiento de duelo y rabia que os envuelve.
HAMLET.—Pero…

Un pitido del mellado teléfono móvil de Desdémona anunció que, al menos parcialmente, las telecomunicaciones se habían restablecido. Primero se dirigió al crítico:

DESDÉMONA.—¡Disculpad! ¡Luego nos vemos! —Y contestando la llamada—: Hola, cariño… Sí, todavía en vuelo; estamos llegando… Hablaba con Hamlet Gibson.

La persona al otro lado del teléfono debió de manifestar algo que desagradó a Desdémona pues dobló el gesto. Luego, se perdió por el pasillo de la aeronave.

YORICK.—Comunicaciones restablecidas, pero solo las locales. El contacto con Madrid sigue siendo imposible.
HAMLET.—Entonces, ¿con quién hablaba la químico?
YORICK.—O su marido o su amante están en Londres. O ambos. No quiero asustarte, pero no me ha gustado nada lo que he interpretado leyendo la tensión contenida de la azafata.
HAMLET.—Nuestra interpretación fue casi idéntica. Algo en este avión no funciona bien.

Acto I
Escena 18
(Instantes antes, en la Suite Real del Gran Hotel Curtain de Londres, anexo al Gran Teatro del mismo nombre. Allí, a medianoche,
se estrenaría la esperada obra teatral)

EL PRODUCTOR Duncan Hopkins miraba en silencio su teléfono. Un minuto después efectuó una llamada que debiera haber realizado tiempo atrás. Quizás la más difícil de su vida.

DESDÉMONA.—¡Disculpad…! ¡Luego nos vemos! —Escuchó Duncan cuando contestaron su llamada, como si su interlocutor se despidiera de otra persona. Luego, con el micrófono del teléfono más cerca y dirigiéndose a él, oyó—: Hola, cariño… Sí, todavía en vuelo; estamos llegando… Hablaba con Hamlet Gibson.
DUNCAN.—Hola, Desdémona. Tenemos que hablar.

Tiene que entenderlo. Tengo esposa e hijos: nuestra historia no podía acabar bien. Lamento no haber tomado la decisión antes. Además, el gran Sir Hamlet Olivier, antes de su asesinato, ya me lo había advertido reiteradamente.

El magnate, tras colgar, quedó pensativo sentado en la cama. Después, permaneció inmóvil en la oscuridad durante diez minutos. Finalmente, encendió la lámpara de la mesilla y miró la hora. Pronto llamarían a la puerta, pero aún tenía tiempo. El productor de la Obra de Teatro del Siglo se levantó, cogió de nuevo el teléfono. Tras cumplir un protocolo previo accedió a la secretaria de Hamlet Gibson. Tenía que organizar con ella la recepción de su invitado y posterior traslado al hotel desde el aeropuerto de Heathrow.

DUNCAN.—
¡Buff! Confío en que los extraños fenómenos celestes no originen una tragedia. En teoría esta noche conoceré al hijo del que fuera mi amigo, Sir Hamlet Olivier; él no acudió al funeral de su padre tras su extraña muerte.

En su conversación telefónica Yorick le trasladó su preocupación por la seguridad del vuelo. Parecía que en la maniobra de aproximación al aeropuerto el avión se había desestabilizado por la tormenta salvaje. Los instrumentos electrónicos no respondían correctamente. Como prueba irrefutable, la comunicación se cortó bruscamente. La conversación duró poco y tuvo un desenlace inesperado.

Inquieto, dictó y mandó un segundo mensaje de texto al actor Romeo di Montesco, uno de sus protegidos y protagonista masculino de la representación. A la hora de elegir las palabras tuvo especial delicadeza, aunque sin hurtarle la verdad.

DUNCAN.—SUPONGO QUE CASI ESTARÉIS LLEGANDO A HEATHROW. QUIERO INFORMAROS DE QUE LAS INSÓLITAS EYECCIONES SOLARES ESTÁN AFECTANDO AL PLANETA. ACABO DE SABER QUE EL VUELO DE DESDÉMONA Y DEL HIJO DE SIR HAMLET OLIVIER SUFRE SERIOS PROBLEMAS. ESPEREMOS QUE TODO SALGA BIEN.

Preocupado volvió a sentarse en la enorme cama de la suite.
DUNCAN.—
Que esto tenga un final feliz. Pobre crítico. Tras la muerte de su padre la vida no le da tregua. El peligro sigue gravitando en torno a él. Si sale de esta, debo advertirle…

Los golpes en la puerta disiparon sus inquietudes. Era la prensa. La cadena XYZT tenía la exclusiva de la primera entrevista que concedería a los medios. En el espejo del recibidor se ajustó el nudo de la corbata. Al ir a abrir, ya pomo en mano, le vino a la cabeza un pensamiento que le produjo una sensación ambigua.

Mi hijo MALCOLM HOPKINS LUDGREN realizó una buena labor dirigiendo los ensayos de la obra. Pero sin el perfecto guion de MACBETH NORTON su trabajo no hubiera pasado de discreto.

Abrió la puerta que lo separaba del mundo. Durante una hora «vendería» su representación escénica en directo a más de dos mil millones de espectadores.
DUNCAN.—Buenas noches, señorita. Concededme unos instantes más, estoy algo mareado. Pronto realizaréis el trabajo periodístico más importante de vuestra carrera.

Acto I
Escena 19
(A bordo del Boing 797, alrededor del aeropuerto internacional de Heathrow, con problemas para aterrizar)

YORICK.—HAMLET, NO me ha gustado nada lo que he deducido de la expresión de la azafata.
HAMLET.— Lo mismo pensamos ambos los dos.
YORICK.—Mantengamos la calma. Mientras hablamos puedo intentar acceder virtualmente a la cabina, a ver qué se cuece allí.
HAMLET.—Sea.
YORICK.—¿Qué papel desempeña Desdémona en esta historia? ¿Obra en su poder información para resolver el asesinato?
HAMLET.—No me importan tus preguntas retóricas.
YORICK.—Solo respuestas, ya. De nuevo no puedo comunicarme con el exterior, y eso que estamos ya en la vertical de Londres.
HAMLET.—El mundo se acaba y tú no lo sabes.
YORICK.—Estaré mal informada. Lo cierto es que los extraños fenómenos que azotan Madrid se han extendido por toda Europa.
HAMLET.— El influjo de las esferas muerde.
YORICK.—Sí, Tierra y Sol, esferas tales.
HAMLET.—¿Cómo dices?
YORICK.—La ciclogénesis explosiva se genera y… mata en nuestro planeta. Por otro lado, la radiación mortal se origina en nuestra estrella, pero en veinticuatro horas nos alcanza.
HAMLET.—Racionalizas castigos divinos.
YORICK.—Mitificas fenómenos científicos.
Otra azafata recorrió nerviosa el pasillo de la aeronave.
YORICK.—¿Por qué no abres ahora el mensaje que entró en tu móvil esta tarde, justo antes de salir de tu fortaleza?
HAMLET.—Mientras limpiaba la sangre en el baño, envuelto en un halo de destrucción.
YORICK.—Sí, justo en ese momento.
HAMLET.—Lee tú, «mi secretaria» te llaman. ¿Qué remitente quiso importunar? Lee ya, antes de que llegue el Fin.
YORICK.—Remitente desconocido. Ya intenté sin éxito averiguar el origen cuando te llegó. Además, el mensaje no tiene texto.
HAMLET.—Si el mensaje no es tal, ¿para qué abrirlo?
YORICK.—Yo no he dicho que no sea ni que esté vacío.
HAMLET.—¿Entonces?
YORICK.—No tiene texto en el cuerpo principal, pero lleva adjunto una imagen. Por favor, no te alarmes cuando la veas. Es muy… extraño.
HAMLET.—¿¡Qué!?
¿Al fin flaquea su racional ímpetu?
YORICK.—Disculpa, me está entrando una llamada del productor Duncan Hopkins. Querrá organizar tu recibimiento en Londres. De paso le informaré de que este avión tiene… problemas.
HAMLET.—Un rato de soledad vendrá bien.
YORICK.—Perfecto. Pero veas lo que veas mantente tranquilo. —Y acentuando la femineidad de su voz añadió—: Vuelvo enseguida.

Hamlet tomó su móvil y pulsó con cierta torpeza la pantalla táctil hasta situarse frente a la insólita instantánea. Alguien le había enviado esa fotografía justo antes de salir de Urk-Ubar y tomar el taxi hacia el aeropuerto. El teléfono cayó al suelo, Hamlet Gibson se sintió morir y vomitó de nuevo. Con el cuerpo contraído y temblando, se armó de valor para recoger el teléfono y volver a mirar la imagen con mayor detenimiento. Se trataba de un espejo, el del aseo de la planta inferior de su castillo. En esta ocasión, la
sangre en la instantánea formaba palabras. Alguien había escrito en el espejo unos versos que a Hamlet Gibson se le antojaron macabros:

Y BAJARON A SU TUMBA
ADORNÁNDOLA CON FLORES
HUMEDECIDAS CON LÁGRIMAS
DE SUS FIELES SEGUIDORES

Lo realmente extraño era que en la parte superior derecha de la imagen figuraba la fecha y la hora en la que fue tomada. Coincidían con el momento exacto en el que él mismo estaba allí, preparándose para salir, justo antes de tomar el taxi.

HAMLET.—
¿Fue Ofelia? El cuándo y cómo restan. ¿Pero cómo…?
Sin embargo, el crítico no tuvo tiempo de asimilar el misterioso mensaje.
YORICK.—¡Hamlet! ¡Disculpa! Acabo de perder la llamada con el productor Duncan. ¡Los pilotos tienen serios problemas para mantenerla estable…!
HAMLET.—¿Han perdido el control de la aeronave?
YORICK.—¡Van a realizar un aterrizaje de emergencia!

Todavía conmocionado, miró a su alrededor. Entre el pasaje vio reflejada en los rostros de algunas personas la inquietud generada por la tormenta exterior. Otros, sin embargo, charlaban alegremente ajenos a todo.

Esa escena solo duró un segundo.

Las luces se apagaron de repente y el gigantesco avión comenzó a caer en picado. Yorick siempre parecía ir por delante. Sin embargo, en esta ocasión no podría resolver el problema indicándole dónde estaban los extintores.

Acto I
Escena 20
(Minutos después. Aeropuerto londinense de Heathrow. Romeo aparca su automóvil con intención de recoger allí a Hamlet y a Desdémona. Sin embargo, Duncan le ha advertido con un segundo mensaje: el vuelo presenta problemas para aterrizar)

ROMEO SALIÓ inquieto del ascensor del parking. La estrella teatral, abrumada con la representación de la que era coprotagonista, se confundió de puerta.

ROMEO.—¿Pero qué…?

Apareció en una subterminal enorme, que se desplegó ante él completamente vacía. Sin embargo, todas las pantallas del aeropuerto estaban encendidas y mostraban una amplia panorámica del Gran Hotel Curtain. El actor avanzó hasta detenerse por un instante delante de las imágenes de la cadena de televisión XYZT. En ese momento una periodista hablaba a la cámara. Sentado a su lado distinguió a su querido Duncan Hopkins. Parecía algo desmejorado y, a pesar de su característico temple, había un reflejo de inquietud en su mirada transparente.

ROMEO.—
¿Qué os pasa?

PERIODISTA.—Os noto inquieto.
DUNCAN.— Se trata del avión con problemas sobre Londres.
PERIODISTA.—Todos estamos preocupados. Intentemos avanzar, pero muy pendientes de lo que suceda en Heathrow.
DUNCAN.—Os agradezco mucho tan luminoso gesto en un día en el que la oscuridad sepulta el rostro de la Tierra. —Y tras mirar rápido un mail recién entrado en su teléfono móvil continuó—: Disculpad, creí que podría ser la buena noticia que esperamos.
PERIODISTA.—El correo electrónico es lo único que funciona.
DUNCAN.—Eso parece, junto a la telefonía a través de la Red.
PERIODISTA.—La señal de TV, de momento, no está saliendo del área metropolitana de la ciudad. Me informan de que van a habilitar una salida alternativa de dicha señal por cable.
DUNCAN.—Es uno de mis colaboradores. Me informan de que en mi Escocia natal hasta mis dóciles caballos han roto los establos y han huido enloquecidos.
PERIODISTA.—Vaya… —Intentando relajar su mirada y disimular su nerviosismo prosiguió—: Vivimos tiempos de grandes revueltas y sucesos confusos…

A través de las cristaleras situadas detrás de las pantallas, Romeo divisó algo. Le llamó la atención más que las palabras de su benefactor: fuera, en medio de la tormenta, pudo discernir una gran bola de fuego. Se acercó atónito a los ventanales y pegó la nariz contra ellos. Aquella esfera incandescente descendía a una velocidad endiablada. En ese instante sucedió algo más extraño todavía.

Acto I
Escena 21
(A bordo de la aeronave cuyos pilotos empiezan a perder el control. Comienzan a descender a muchos pies por segundo de forma descontrolada)

SI LOS PILOTOS del Boing 797 no enderezaban el aparato todos estarían muertos muy pronto. En medio del caos, caían a velocidad de vértigo. Las mascarillas de oxígeno colgaban de sus compartimentos. Todo se inundó de luces estroboscópicas y gritos pavorosos.

Pero Hamlet tenía sus propios planes para el descenso. Puesto que él no podía hacer nada para evitar que la nave se estrellara, tomó una decisión rápida e inquebrantable.

HAMLET.—¿Recuerdas que hoy amé a mi señora y al final te pedí que no grabaras?
YORICK.—Sí, y obedecí. Os dejé amándoos en vuestro lecho del castillo de Urk-Ubar. Hamlet Gibson: ¿por qué ahora me…?
HAMLET.—¡Calla y proyéctame lo registrado! Lanza imágenes hacia mis lentillas!

Inclinado en su asiento junto al avión, cerró los ojos y se abstrajo. Su secretaria obedeció y le envió las escenas grabadas:

Ató sus muñecas al dosel de madera de la antigua cama. Ofelia sonreía con mansedumbre, ebria de alcohol y lujuria. Su daga rasgó las ropas de ella y dejó al descubierto su piel de nácar.

El avión descendía en un ángulo de más de cuarenta y cinco grados. Todo el pasaje lloraba, gritaba, rezaba. Algunos sufrían ataques epilépticos por el efecto de los fogonazos de luz. Yorick gritaba al oído del crítico para que protegiera su cuerpo. Este, ajeno a todo, ya estaba preparado para morir. Cumpliendo la orden, su invisible secretaria sincronizó además las imágenes con el sonido que había grabado esa tarde en Madrid. Si él había de abandonar este mundo, lo haría recordando, sintiendo y amando a Ofelia.

Quedaba su lencería, pero quiso retrasar el momento de quitársela, lo que aumentó su deseo hasta cotas muy elevadas. Dentro de su pantalón se sintió dos y ella lo notó también. Ofelia comenzó a removerse impaciente prisionera de las ataduras. Él casi sintió la aterciopelada textura que se preparaba para recibirle.

Los pilotos emitían por megafonía estúpidos mensajes para infundir calma. Mientras, las azafatas y los pasajeros que no llevaban sus cinturones de seguridad, se precipitaban violentamente contra el techo de la aeronave.

Se arrancó sus propios ropajes sin pensarlo. Apartó de su erizada piel la prenda superior que todavía ella lucía. Acercó sus labios a infinitesimal distancia y consiguió el milagro de tocarla sin apenas rozarla. Ofelia se estremeció sin poder defenderse más que frotando sus piernas y retorciendo sus pantorrillas. Hamlet enarboló la daga danesa y cortó uno de los hilos de seda que armaban su prenda inferior.

La dramática situación llegó a su cénit cuando un hombre cayó muerto (†) a los pies de un ausente Hamlet Gibson, cuya realidad había dejado de ser esa. A través de los ventanales algunos pasajeros divisaron el suelo londinense. La nave se acercaba a gran velocidad entre el caos, los gritos, sonidos del Apocalipsis.

No podía aguantar más, así que entró en ella con fino equilibrio entre dulzura y firmeza. La herramienta para conseguir la inmortalidad se abrió en su mitad complementaria. Ella gritó y bufó, mordió sus labios, y todo su cuerpo maniatado se convulsionó en una primera explosión de placer instantáneo. Luego, extrajo lo que conectaba a ambos y los convertía en un único y fabuloso animal de dos mentes.

En efecto, en aquel momento él había ordenado a su secretaria desde el lecho de lujuria:
HAMLET.—Yorick, deja ya presta de grabar.

Yorick obedeció.

Acto I
Escena 22
(Madrid. Comandancia Central de Policía)

EL INSPECTOR de policía Capuleto, café en mano, abrió de un puntapié la puerta de su despacho y encendió su viejo televisor.

CAPULETO.—Es la hora.

Sin embargo, la entrevista se retrasaba. Desde la butaca revolvió los cajones hasta encontrar otra botella de ginebra, segunda que blandía esa noche. Había dado buena cuenta de la anterior en la cafetería donde se enteró del presunto accidente de Hamlet. Enfrió el café con un generoso chorro del aguardiente inglés. Tomó el mando del televisor y, al comprobar que las pilas estaban gastadas, lo arrojó con violencia contra la pared. Después, se incorporó enfurruñado para acercarse al aparato. Allí, manualmente, se detuvo en un canal que proyectaba noticias.

«[…] La torre de control de Heathrow ha perdido el contacto con el 797 procedente de Madrid. El Servicio Europeo de Meteorología informa que, desde tiempos del astrónomo Richard Carrington, en el siglo xxi, jamás se había visto una tormenta solar de estas características. Aquella tumbó los telégrafos de Europa y Norteamérica.
[…] La llegada a la Tierra de la letal radiación solar se une a las bajas presiones que asolaban ya el continente en forma de terribles tormentas. Los amigos y familiares de los pasajeros disponen de un teléfono…»

CAPULETO.—
Si ese es su vuelo como presiento, ¿de qué maldición es objeto el crítico Gibson? Muerto no me sirve, así que espero que al menos salga de esta.

De pie, junto a la pantalla, bebió de su mezcla y volvió a sintonizar el canal anterior. La cadena emitía un documental sobre la llamada Obra Teatral del Siglo. Se repasaba la trayectoria de los diferentes integrantes del equipo de la obra: actores, director, técnicos y equipo de producción. A pesar del secretismo que la envolvía, el productor, a quien estaban a punto de entrevistar, había autorizado la grabación de pequeños fragmentos de los ensayos. En ese momento, dos jóvenes interpretaban sobre las tablas. Ella era, nada más y nada menos, que la universalmente considerada mujer más bella de la humanidad. Millones de telespectadores quedaron petrificados ante la luminosa aparición de Julieta.

Capuleto albergaba sensaciones adicionales. Su dura mueca se ablandó y sus ojos se empañaron.

La última vez que coincidimos erais una niña. Vuestra metamorfosis ha sido mayor que la de una oruga que torna en mariposa. Por favor, que ella me proporcione la prueba de que él solo es vuestra pareja en la ficción.

Romeo, aun siendo uno de los galanes más apuestos del planeta, quedaba eclipsado por ella, que resplandecía.
ÉL.—Qué sería su hermosura para mí sino un poema…
Y en otro corte:
ELLA.—El mundo yo daría porque no nos descubrieran.

El policía cayó al suelo de rodillas:

CAPULETO.—¡Noo! ¡Oh, Julieta! No es lo que habéis dicho, ¡es el cómo! Ha sido vuestra mirada. ¡El sentimiento es real! ¡Seguís amando al Montesco más allá de la ficción! ¡Malditos seáis!
Odio la palabra paz y a la estirpe rival como al mismísimo Infierno.

Tras esto, en la pantalla se vio una panorámica del Gran Hotel Curtain. A continuación apareció una periodista sentada al lado del famoso magnate, mecenas y productor teatral Duncan Hopkins. Parecía algo desmejorado. A pesar de su proverbial templanza, existía un destello de preocupación en su mirada azul.

PERIODISTA.—Os noto inquieto.
DUNCAN.—Se trata del avión con problemas sobre Londres.
PERIODISTA.—Todos estamos preocupados. Avancemos, pero pendientes de lo que suceda en Heathrow.
DUNCAN.—Os agradezco mucho tan luminoso gesto en un día en el que la oscuridad sepulta el rostro de la Tierra.

Sin embargo, el inspector ya no miraba la televisión. Desde hacía un momento la entrevista no le importaba en absoluto.

CAPULETO.—
El mundo no lo sé, pero yo os he descubierto.

Acto I
Escena 23
(Un avión cae en barrena hacia el centro de Londres. En él viajan Desdémona y Hamlet. Él abandona y decide que Yorick recree el idilio con Ofelia de esa misma tarde a través de una grabación y proyectada a sus intralentillas. El comienzo de la escena amorosa había sido grabado por su secretaria desde la perspectiva de Hamlet)

AQUELLA TARDE, en la fortaleza Urk-Ubar, hubo un momento en el que decidió que ese mágico instante les perteneciera solo a ellos dos. Desde el lecho de lujuria había ordenado a su secretaria que dejara de grabar. Volvió a la espantosa realidad de la que pretendía huir: aquel Boing 797. Se escuchó una explosión, quizás de uno de los motores. Una formidable bola de fuego envolvió al aparato. Pero no estaba dispuesto a terminar ahí la recreación de lo sucedido. Cerró los ojos y, lo que hasta ese momento había conseguido la tecnología, lo continuó reproduciendo gracias a su imaginación.

HAMLET.—
Suave, brillante, su cuerpo desnudo. Tal dispuestas gobiernan el placer, envolventes mis falanges se acoplan a sus redondos senos rededor. Afuera rayos y truenos trascienden; adentro penetran, ¡tormenta soy! Señora: os amaré por tierra y cielo, hasta el Día del Fin y después también.

La nave se convirtió en un meteoro imparable. Caía en vertical a través de un océano de rayos y truenos. Gritos, pavor, calor insoportable, frenesí. Del cielo a la tierra todos asumieron el Día del Fin. Iluminados por las poderosas llamas exteriores los pasajeros se presentaban a noventa grados, atados a sus asientos, algunos cubiertos de sangre por los golpes. Comenzó a escucharse el ululante sonido de la alarma de proximidad del avión al suelo; en ese momento ya era una esfera incandescente.

En primer plano la daga danesa. Furtiva lascivia, ahora ya es. Mis dedos la tocan, estando en ella, tras ella, en ella, por ella ¡amad! ¿Son de AMOR los ecos que ella propaga? La doble hoja, sus gritos, pavor. ¿Son de dolor los gritos que dispara? Ardor insoportable, ¡frenesí! Gotas escarlata caen por su espalda.

Acto I
Escena 24
(Romeo ha llegado al aeropuerto londinense de Heathrow. Allí, en una terminal desierta, ve en las pantallas a su benefactor, Duncan, siendo entrevistado. Sin embargo, detrás divisa a través de los ventanales una enorme bola de fuego)

SE ACERCÓ estupefacto a las vidrieras que daban a las pistas de aterrizaje. Aquella esfera incandescente descendía a velocidad endiablada. Sucedió algo verdaderamente inesperado: a trescientos pies de la pista algo más rápido todavía, como un rayo, interceptó la esfera en llamas y modificó su trayectoria.

ROMEO.—
¿¡Qué…!? ¿Un efecto óptico? ¿Un reflejo? ¿Qué he visto? Estoy aturdido. Quizás el buen hacer de los pilotos, en medio de la extraña noche.

El bólido había dejado de caer en picado; se desplazaba con un ángulo de unos cuatro grados respecto del suelo. Las llamas que lo envolvían habían desaparecido. De la niebla emergió el fuselaje oxidado de una enorme aeronave, asemejando a un ave fabulosa. Mudo de asombro, contempló cómo el aparato se posaba sobre el colchón de espuma que los servicios de rescate habían esparcido por la pista. Sin poder articular palabra, el Montesco regresó frente al televisor y se sentó en uno de los sillones.

PERIODISTA.—Dicen de vos que habéis sido humilde y justo al gobernar todas las corporaciones de vuestro imperio empresarial.
DUNCAN.—No creáis todo lo que se dice por ahí.
PERIODISTA.—Sin embargo, en este proyecto se han escuchado voces discordantes con las murallas con las que lo habéis blindado.
DUNCAN.—Acepto con esa humildad que se me atribuye tal crítica. La obsesión por mantenerlo en secreto fue tan cierta como necesaria. —En ese momento, la periodista se llevó la mano al auricular y sonrió. De fondo se escuchó una ovación procedente del audio de otra cadena de televisión.
PERIODISTA.—Señor Hopkins: os comunico a vos y a toda la audiencia que el avión ha tocado tierra… ¡De forma convencional!
DUNCAN.—¡Buff, menudo alivio! Como alguien de mi entorno dijo, este lugar quizás era demasiado frío para ser el Infierno —afirmó mientras su cara dibujaba una sonrisa amplia.

Su gesto se transmitió a la velocidad de la luz. Al ver a Hopkins Romeo sintió cómo se deshacía el nudo que se le había formado. Por fin, él también sonrió, como si confiara más en su protector que en lo que sus ojos acababan de presenciar.

ROMEO.—
Mis funestos presagios a otro momento refieren.

Ya mucho más tranquilo, Duncan siguió respondiendo a las preguntas formuladas por la periodista:
DUNCAN.—[…] En este preestreno no intervendrán actores artificiales.
PERIODISTA.—Es que, hasta el momento, la ambiciosa y divina empresa de conferir alma a la materia inerte no ha dado fruto.
DUNCAN.—Exacto. Preciso que hasta el último personaje secundario o figurante transmita su espíritu al espectador.
PERIODISTA.—Claro, y para ello los actores deben estar dotados de uno, ja, ja, como las primeras representaciones en color sepia, en la que todos los personajes eran humanos.

Romeo volvió a levantarse y, sin esperar a que acabara la transmisión, echó a andar rumbo a una de las salas de llegada de los pasajeros. Según informaban las pantallas, la evacuación iba a ser muy rápida. Sin embargo, disponía de un margen de tiempo para hablar con su AMOR. Ella se adelantó. Su teléfono comenzó a emitir una romántica melodía.

ROMEO.—¡Por la sagrada luna! ¡Mi señora!
JULIETA.—…
Él solo escuchó un extraño y ahogado llanto.
ROMEO.—¡Julieta! ¿¡Qué sucede!? ¿¡Qué sucede!? ¡¿Qué quebranta vuestra perfecta armonía?!
JULIETA.—…
ROMEO.—¡No me asustéis! ¡Desplegad presta vuestro dulce sonido de plata!

Acto I
Escena 25
(Hamlet, tras el aterrizaje de emergencia y todavía a bordo de la aeronave, sobre una pista del aeropuerto londinense de Heathrow. Él y Yorick charlan. Al mismo tiempo, en la intimidad de la cabina del avión…)

HAMLET.—QUE GRAN ramera sois, diosa Fortuna.
Esta bóveda cubierta de estrellas me permitió vivir un día más.
YORICK.—Me tranquiliza tu razonable ritmo cardiaco…
HAMLET.—Pues tu tranquilidad me intranquiliza.
YORICK.—Aunque no sabría decir en qué porcentaje la culpa es de tu reciente orgasmo o del exitoso aterrizaje del avión.
HAMLET.—Dicha y pena se alternan. ¿Y mi Ofelia?
YORICK.—No tengo noticias. Mi respuesta ha acelerado otra vez tus pulsaciones. Serénate, no nos pongamos en el peor escenario.
HAMLET.—
¡Oh, amada mía, ¿vivís? ¿Morís? No sé si la maté después de amar.
YORICK.—Entiendo tu conmoción. Disculpa: en paralelo sigo obteniendo información relevante.
HAMLET.—¿Cuál?
YORICK.—Desdémona es la amante de Duncan. Confirmado.
HAMLET.—Distráeme con el marido cornudo.
YORICK.—Aunque me tildes de bufona, no soy tal. Sigues con poco juicio bajo tu coronilla. —Y enfadada añadió—: ¡Si quieres espectáculo, haz tú de arlequín, payaso!
HAMLET.—Estoy nervioso, por favor, discúlpame. Antes de enfermar, háblame de Otelo.
YORICK.—Por tu integridad mental y porque él podría estar involucrado de algún modo en la trama, te complaceré.
HAMLET.—Gracias.
YORICK.—Neurocirujano veneciano prófugo, Otelo fue expulsado de su profesión y encarcelado.
HAMLET.—¿Su delito?
YORICK.—Prácticas sangrientas con pacientes y colegas.
HAMLET.—Psicópata multihomicida, llaman.
YORICK.—No tengo clara la frontera entre la locura patológica y la maldad; no me atrevería a meterlo dentro de una definición.
HAMLET.—Prófugo mencionaste, ¿escapó?
YORICK.—De la cárcel más segura de Inglaterra. Sigue desaparecido. Hay una orden de búsqueda y captura internacional.
HAMLET.—¿Se intuye su supuesta ubicación?
YORICK.—Se le cree en su Venecia natal, pero le supongo demasiado listo para que lo encuentren. Extirpó un ojo a su mujer.
HAMLET.—¿¡Cómo!?
YORICK.—Representa la apoteosis del encelamiento extremo. Ella siempre volverá a él, pues obra en su poder una parte de su cuerpo.
HAMLET.—¿Me condenó ese diablo a ser huérfano?
YORICK.—No lo sé, Hamlet. No puedo asegurarte que sea el que buscamos y el que, según tú, a su vez nos persigue.
HAMLET.—¿Algo más?
YORICK.—Sí, que existió una relación profesional de Otelo… con tu padre. Es un poco complejo de explicar…
HAMLET.—Abatido me siento. ¿¡QUÉ ME OCULTAS!?
YORICK.—Nada. Solo te dosifico una realidad muy dura en piezas numeradas, aptas para tu consumo gradual.
HAMLET.—¡Oh, dolor!
YORICK.—¡Nooo! Confía en mí, por favor. Nuestro objetivo es el mismo: desentrañar el crimen de tu padre y acabar con su asesino.
HAMLET.—¿También él compartió lecho con ella?
YORICK.—¿Tu padre y Desdémona? No lo creo.
HAMLET.—Él y mi madre andaban distanciados.
YORICK.—Ello no implica que tu padre le fuera infiel. Aunque tal posibilidad sí representaría un móvil factible para Otelo.

El comandante de la aeronave indicó por megafonía que pronto se abrirían las puertas del avión y comenzaría la evacuación. En un gesto espontáneo pasajeros y tripulantes rompieron a llorar y a aplaudir. Hacía unos minutos todos eran muertos en potencia organizados en hileras y atravesando el mismísimo Infierno. Se colocaron las rampas y los primeros pasajeros empezaron a deslizarse. Los servicios sanitarios del aeropuerto accedieron a la aeronave para atender a los heridos y retirar los cadáveres de tres viajeros (†)(†)(†) y un tripulante (†).

Dentro de la cabina, los pilotos se miraron en silencio. El pavor que reflejaban sus rostros descartaba toda suerte de celebración.
PILOTO.—En cuarenta años de servicio nunca jamás…
COPILOTO.—… Yo tampoco.
TORRE DE CONTROL.—Seguridad Aérea Europea, licencia 004854UE. ¿Estáis solos en la cabina?
COPILOTO.—Afirmativo.
TORRE DE CONTROL.—Os informo oficialmente de que desde hace diez minutos está activado el protocolo 0345XJ.
PILOTO.—En otras palabras, que todas las imágenes que han grabado las cámaras están secuestradas y, hasta que termine la investigación, ni una declaración pública.
COPILOTO.—Lo dábamos por hecho. Sea lo que sea que haya ocurrido allá afuera no puede trascender.

Acto I
Escena 26
(Cerca de la sala central del aeropuerto londinense de Heathrow)

YORICK.—EL RETRASO en el despegue se ha compensado con la meteórica trayectoria que trazó la nave y la rápida evacuación.
HAMLET.—Tiralíneas en los cielos, preciosa.
YORICK.—La trayectoria, entiendo. ¿O te refieres a mí?
HAMLET.—¿Tú qué crees?
YORICK.—Aprovecho tu elocuencia para recordarte: son las 21:55.
HAMLET.—Apenas dos horas para el estreno.

Ya en tierra, tomó su equipaje de mano, se dirigió a los servicios para asearse de nuevo. Al salir sintió a través de las cristaleras la inquietante intemperie exterior. Su mirada se posó sobre los carteles digitales, pósteres y vallas anunciadoras. Un único motivo:

LEONARDO Y CHARLIZE
LA OBRA DEL SIGLO

YORICK.—Busca a tu alrededor y encontrarás en una gran pantalla al productor Hopkins.
HAMLET.—¿Veremos el final de su entrevista?
YORICK.—Ya le oigo desde aquí.

DUNCAN.—[…] Insisto: en el preestreno nada de almas de metal que emulen a las estrellas teatrales. Salvo fuerza mayor, salvo emergencia, tampoco intervendrán hologramas.
PERIODISTA.—Solo actores humanos en una única representación de estas características.
DUNCAN.—En efecto.
PERIODISTA.—Nada sabemos de la obra. A dos horas del preestreno, ¿nos podéis avanzar ya la razón por la que se la considera revolucionaria… a ciegas?
DUNCAN.—Me temo que no…
PERIODISTA.—¿Cómo es posible que ni siquiera los actores conozcan el misterio que encierra?

Cuando llegaron al hall central del remodelado aeropuerto, miles de personas contemplaban la pantalla gigante instalada expresamente para el evento. Hamlet se sentó en su maleta para escuchar las palabras del productor.

PERIODISTA.—Desde nuestra cadena y desde otros medios hemos sometido al equipo a duras torturas y ninguno ha cantado.
DUNCAN.—¡Buenos chicos! ¡Ja, ja, ja!
PERIODISTA.—Juran que desconocen su secreto. ¿Se trata de un bulo comercial? ¿Algo relativo a la postproducción, quizás?
Duncan Hopkins desgranaba sus respuestas con inteligencia. Lo hacía desde su profunda mirada celeste y con una serenidad que no existía cuando comenzó a hablar ante las cámaras.
DUNCAN.—Se agolpan vuestras preguntas. Empezando por las últimas: no y sí.
PERIODISTA.—NO es un bulo, SÍ es algo relacionado con la postproducción, tomo nota.
DUNCAN.—En el año 2009, algunas representaciones hiperrealistas sobre las tablas deslumbraron al mundo.
PERIODISTA.—¿Y bien?
DUNCAN.—Esto es algo diferente, mucho más… —Debajo de sus cabellos blancos de emperador romano, rebuscó el concepto y lo encontró—: algo mucho más… íntimo.
PERIODISTA.—Bueno, si el mundo ha esperado dos años, podrá hacerlo dos horas más. Mantendréis la emoción hasta el final.
DUNCAN.—Y más allá.
PERIODISTA.—¿Cómo? No os entiendo.
DUNCAN.—Tras el planteamiento, nudo y desenlace, permanecerá la emoción como un perfume pegado a la piel —remató sonriendo.

HAMLET.—Respuesta cifrada: ¡esa es la clave!
YORICK.—¿Qué…?
HAMLET.—Tú vas y yo vuelvo. ¡Silencio ahora!

DUNCAN.—Estableciendo un paralelismo con el aterrador espectáculo que hay sobre nuestras cabezas, la representación quizás nos extinga, quizás nos renueve.
PERIODISTA.—Os aseguro que ver a un hombre de su temple hablar así sobre este Armagedón en ciernes serenará en cierta medida a la audiencia. Miraré hacia arriba con menos aprensión.

YORICK.—Tengo verdadera curiosidad por desvelar, de una vez por todas, el secreto que encierra. Sospecho que, al margen del guion y de los personajes, la innovación sea estructural.
HAMLET.—¡No!, oculta un mágico sortilegio.
YORICK.—Si tú lo dices…

PERIODISTA.—[…] Bien, sabemos que vuestro hijo Malcolm se situó al frente del equipo.
DUNCAN.—Así es.
PERIODISTA.—Pero no sabemos si para dirigir la representación con la genialidad de Spielberg, Ford, Coppola o Scorssese.
DUNCAN.—Malcolm ha realizado un trabajo fabuloso.
PERIODISTA.—No os estoy preguntando eso…
DUNCAN.—Diría más bien que está a caballo entre el Roman Polansky más seductor y el David Fincher más inteligente.
PERIODISTA.—Lo plantearé de otro modo.
DUNCAN.—No esperaba menos de vos.
PERIODISTA.—En todo proyecto superlativo existe un genio, un alma mater que rompe moldes y consigue introducir una diferencia que hace avanzar al mundo.
DUNCAN.—Suscribo tal afirmación.
PERIODISTA.—¿Afirmaríais que es Malcolm, vuestro hijo?
DUNCAN.—Terminaré esta conversación diciéndoos con el corazón que debo a… Macbeth Norton, guionista de la obra, más de lo que nunca le podré pagar.
PERIODISTA.—Pero…
DUNCAN.—Ese es vuestro hombre. Muchas gracias.

La imagen del anciano productor desapareció, siendo sustituida por el logotipo de la cadena XYZT. Segundos después, una explosión y el fogonazo posterior dejaron al aeropuerto de Heathrow totalmente a oscuras.

Acto I
Escena 27
(Romeo di Montesco, tras presenciar el accidentado aterrizaje del avión y comprobar por televisión que su mecenas Hopkins respira aliviado, se dirige a la sala de Heathrow donde recogerá a Desdémona y a Hamlet)

EN SU teléfono comenzó a sonar una romántica melodía.

ROMEO.—¡Por la sacrosanta luna! ¡Mi AMOR!
JULIETA.—…
Pero él solo pudo percibir un extraño y ahogado sollozo.
ROMEO.—¿¡Qué ocurre!? ¿¡Qué profana vuestra armónica perfección!?
JULIETA.—…
ROMEO.—¡No me hagáis temblar! ¡Expandid rauda vuestro dulce sonido plateado!

Una explosión y posterior fogonazo dejaron el aeropuerto a oscuras. Sin embargo, la telefonía móvil seguía funcionando a través de la Red. Aquel estruendo hizo al fin reaccionar a Julieta Di Capuleto. Al cabo de medio minuto los generadores de emergencia entraron en acción y las luces volvieron a brillar.

JULIETA.—¡Oh, Romeo! ¿¡Estáis bien!? Si algo os sucediera, mi vida se extinguiría en ese mismo instante.
ROMEO.—Estaré bien cuando certifique que vos lo estáis.
JULIETA.—Si es así, ya lo estoy. Por vos cambiaría noche por día o movería el universo de sitio si es preciso.
ROMEO.—¿Cuál es el motivo de vuestra inquietud?
JULIETA.—Me he asustado, pero ya estoy mejor. Algún indeseable ha enviado un mensaje anónimo a mi teléfono.
ROMEO.—¿¡Quéé!?
JULIETA.—La cuestión es que me ha removido el litigio que hubo entre nuestras familias, tiempo ha.
ROMEO.—Un mensaje que reza…
JULIETA.—Sencillo: «ALEJAOS DE LOS MONTESCO».
ROMEO.—¿Ya está? Menuda novedad.
JULIETA.—¿No os preocupa?
ROMEO.—No hagamos caso en esta nuestra noche, LA noche.
JULIETA.—¿No anunciará malos augurios?
ROMEO.—Nuestras familias son extensas, así que cualquier cobarde de la mía o de la vuestra pudo enviarlo.
JULIETA.—Pero…
ROMEO.—Inmutarse supondría leña para su fuego, nieve para su frialdad. No hagamos caso.
JULIETA.—Yo… confío: no haremos caso.
ROMEO.—Y ahora, luzcamos la mejor de nuestras sonrisas y disfrutemos de la segunda noche más bella de nuestras vidas.
JULIETA.—Tenéis razón y me disculpo por mi alarma.
ROMEO.—Esta noche seremos los Amantes del Mundo, los amantes de todos los tiempos: fuera y dentro del escenario.
JULIETA.—En breve nos veremos, AMOR mío.
ROMEO.—Mi AMOR, nos veremos en breve.

Colgaron.

Romeo comprobó cómo las luces de emergencia se encendieron y algunas pantallas ya indicaban la puerta por dónde saldrían los pasajeros del vuelo. Avisó a su servicio de guardaespaldas, pues en breve llegaría a una zona muy concurrida. Ellos también proporcionarían al actor y a los invitados un coche sin conductor.

Por su parte, Julieta, tras despedirse de su amado, quedó pensativa. Al cabo de medio minuto releyó el mensaje anónimo con grave expresión.

Acto I
Escena 28
(Quedan menos de dos horas para el estreno. El aeropuerto londinense de Heathrow, sufre un apagón. La monstruosa tormenta, unida al flujo de radiación electromagnética procedente del Sol, son los responsables)

EL SÚBITO apagón volvía a romper el delicado equilibrio de Hamlet Gibson. Desafiante, instigó a los convulsos cielos:

HAMLET.—¡Cállate! ¡Tú, trueno, que todo haces temblar, Apolo bufa y rayos nos envía, aplastas del mundo su redondez!
YORICK.—Invocas a los elementos armado solo de palabras.
HAMLET.—¿Con qué mejor?
YORICK.—Trabajo para un quijote que batalla contra gigantes con su espada de papel —señaló mientras él echaba a andar.
HAMLET.—Que el ecuánime Sancho me dirija.
YORICK.—Derecha aquí. ¡No!, en la siguiente intersección. Eso es, bien. Nos espera el actor Romeo di Montesco.

Los generadores de emergencia entraron en acción y las luces volvieron a brillar. Al doblar un recodo se encontraron frente a otro gran hall de techos estratosféricos de los que colgaba un enorme cartel anunciando «La Obra del Siglo». Parecía tener vida propia: su fondo era animado.

HAMLET.—Corazones inflamados en llamas…

Sobre los títulos de crédito, una fotografía hiperrealista de los dos protagonistas, Romeo y Julieta, Leonardo y Charlize en la representación. Un amanecer perfecto en una playa de ensueño.

HAMLET.—¡Oh, AMOR superlativo, sublime..!
YORICK.—Siento interrumpir… La semana pasada me enviaron esta imagen y reconozco que me sorprendió.
HAMLET.—¿No es…?
YORICK.—Sí. Debajo de la imagen está el modelo original. Desde aquí detecto la señal de su teléfono móvil.

El crítico había divisado un tumulto de jóvenes. Se arremolinaba en una densa melé sobre el objeto de su deseo. El círculo de guardaespaldas amplió el diámetro mientras el celebérrimo actor firmaba los últimos autógrafos. Romeo vio a Hamlet a lo lejos y sonrió con amabilidad.

YORICK.—Es más guapo en persona, si cabe. Pero noto diferente su sonrisa respecto a la de la imagen.
HAMLET.—Conclusión…
YORICK.—La de la foto no se puede fingir, es decir: los actores son también pareja fuera de los escenarios. LA pareja.
Pero el crítico se le había adelantado ya.
HAMLET.—Ambos son fieles esclavos de Eros…
YORICK.—… dios implacable del AMOR…
HAMLET.—Ella ostenta la corona radiante de la apoteosis de la belleza.
YORICK.—Creí que exageraban acerca de sus facciones sobrenaturales.
HAMLET.—¡Ni una brizna!
YORICK.—Y solo vemos su imagen en el cartel. En persona…
HAMLET.—Me asombra su arquitectura biológica.
YORICK.—Sus facciones van más allá de la perfección.

Antes de que Hamlet pudiera alcanzar al actor, alguien dio la nota: una voz de soprano reverberó en la lejanía.

¡ R O M E O O O O !

La dueña del agudo sonido empezó a farfullar algo incoherente. Al final de un corredor de doscientos pies de longitud se divisaba a una mujer totalmente ebria. Desdémona cojeaba en su dirección, pues le faltaba uno de sus zapatos de leopardo.
Mientras, Hamlet había llegado a la altura de Romeo:

ROMEO.—Siento la muerte de vuestro padre —dijo el actor al tiempo que estrechaba la mano del crítico.
HAMLET.—Señor Montesco, sois vos muy amable.
ROMEO.—Duncan me informó del fallecimiento…
HAMLET.—Los actos viles aparecerán a la vista de los hombres de bien aunque los sepulte toda la tierra.

La químico irrumpió entre ambos, zapato en mano, y casi tirándolos al suelo.

DESDÉMONA.—¡Queridos amigosss! ¡Qué alegrííía! ¡Celebremos juntos que seguimos vivos ante ante el… el incierrrto futuro!
Hamlet la notó más desbocada que en el avión.
ROMEO.—¡Vamos justos! —dijo el actor, quitándose de encima a la técnico y estirándose la chaqueta de seda de tres mil libras
DESDÉMONA.—… el incierrto futurrro.
ROMEO.—Apresurémonos, sobre todo si queréis acomodaros en el hotel y tomar algo antes de la premier.

Un automóvil sin conductor los llevaría hasta allí. Mientras se dirigían hacia la salida, sonó el teléfono móvil del crítico.

HAMLET.—Disculpad.
YORICK.—El inspector Capuleto de Niro al otro lado de la línea.
El crítico susurró de forma casi inaudible:
HAMLET.—Creí que fingías una llamada. ¿Recontactaste con Ofelia ya?
YORICK.—No, y empiezo a preocuparme.
HAMLET.—…
YORICK.—Las extrañas condiciones meteorológicas están afectando a las telecomunicaciones por superficie. El policía llama a través a través de la Red mundial. ¿Qué le digo?
HAMLET.—Pásamelo… ¿Hola?
CAPULETO.—¡Por fin! Dos veces sobre el filo en la misma noche, no está mal, señor Gibson.
HAMLET.—Así es.
CAPULETO.—Acabo de ver en las noticias que vuestro vuelo casi ameriza sobre el río Támesis.
HAMLET.—No es buen momento, vamos al estreno.

Mientras susurraba accedió al asiento delantero del vehículo. Luego, volvió la cabeza para comprobar que Romeo y Desdémona se habían instalado en los asientos posteriores. A tal distancia y con ese tono de voz no podrían escuchar la conversación. El vehículo automatizado arrancó rumbo al Gran Hotel Curtain.

CAPULETO.—¡Callad! Los del laboratorio se están dando prisa. Pronto sabremos marca y modelo del automóvil que os embistió.
HAMLET.—Vos buscáis a un asesino de Hamlets. Confío me informéis en tiempo y forma.
CAPULETO.—Ni lo soñéis, no os arméis quimeras: es confidencial. ¿Para qué? ¿Para tomaros la justicia por vuestra mano?
HAMLET.—¿Por qué llamáis? ¿Qué quedó por decir? —Al otro lado de la línea reinó el silencio.
Lucha, no puede hablar de corazón, por eso sus ojos destilan ámbar.
CAPULETO.—¡Maldita sea! ¡Callad! En fin… que… me gustaría que, si tenéis la oportunidad…, que saludéis a Julieta de mi parte.
HAMLET.—¿Cómo decís…?
CAPULETO.—Es mi prima de sangre. Hace tiempo que no sabemos el uno del otro; andamos un poco distanciados.
HAMLET.—Cla… claro.
CAPULETO.—Bueno, ya está. Os advierto que esta información es confidencial también. Adiós.

YORICK.—Ha colgado. ¿Cómo? ¿Qué la mujer más bella es su…? ¡Si parecen de diferente planeta!
HAMLET.—¿Es cierto?
YORICK.—Sí, lo acabo de comprobar: Julieta di Capuleto está emparentada con familias de ascendencia italiana.
HAMLET.—Sorprendente, ¡son primos!
YORICK.—Dispongo de una buena noticia.
HAMLET.—Por favor, la necesito ya: suéltala.
YORICK.—Tengo un viejo amigo en el Laboratorio Central de Criminología de la Guardia Civil española.
HAMLET.—¿Y?
YORICK.—Me debe uno… o doscientos favores, así que… tendrás a tu sospechoso.
HAMLET.—…
YORICK.—Puentearemos al inspector Capuleto. De momento, no lo necesitamos.

Acto I
Escena 29
(En el barrio de Notting Hill, al oeste de Londres)

MALCOLM HOPKINS LUNGREND, director de la obra, era un nórdico enorme con aspecto de luchador colosal. Sacó del garaje su Lamborghini más exclusivo: un Veneno de doce válvulas y 750 caballos que le había regalado su padre. Se dirigió rumbo al noreste, hacia el barrio londinense de Hackney.

MALCOLM.—
¡Dios mío! La intemperie más infernal jamás vista. ¡Qué oportuna por inoportuna! Me consuela que no hay noche tan larga que no acabe en día.

Aceleró por la A-12 dejando a mano derecha el parque Queen Elisabeth. Mientras, continuaba sumergido en sus pensamientos.

Es indudable que mi padre, el gran Duncan Hopkins, ha perdido no solo el norte, sino la oportunidad de cerrar su bocaza. Escupe injurias hacia su hijo camufladas bajo las artes sutiles.

Recordó sus palabras exactas:

«Malcolm ha realizado un trabajo fabuloso… Solo diré que debo a Macbeth Norton, guionista de la obra, más de lo que nunca podré pagar. Ese es vuestro hombre…»

Y si él lo es, ¿qué soy yo? Mi padre…, le perdieron los comprensibles amores de la carne y los incomprensibles del espíritu. ¡Maldito seáis!

Cuando divisó el majestuoso Teatro Curtain se relajó, pero por poco tiempo. Con toda probabilidad sobre su escenario se iba a representar la obra más influyente de todos los tiempos. SU obra. Nada ni nadie le iba a arrebatar tal honor.

Ahí está el excéntrico Macbeth Norton aparcando su moto del Pleistoceno. El desfigurado guionista se ha traído al estreno, como no podía ser de otro modo, su desorbitada mirada de psicópata y su cara devastada por el fuego. ¡Que alguien traiga una máscara para este Fantasma de la Ópera postmoderno!

Malcolm decidió acceder al bar del hotel y tomar allí una copa.

Acto I
Escena 30
(En el coche sin conductor, bajo una furiosa precipitación y llegando al Gran Hotel Curtain, anexo al teatro londinense.
Hamlet se dirige a los ocupantes de los asientos posteriores del vehículo, tras hablar con el inspector Capuleto)

HAMLET.—LO SIENTO —dijo el crítico.
Sus disculpas solo llegaron al galán. Ella se había ido dejando todos sus encantos por el camino; dormía con indecoroso gesto y su parche ocular pegado al cristal.
ROMEO.—No os preocupéis. Por cierto, nunca había visto llover así, ni en Londres ni en ningún otro sitio.
El actor hablaba mientras escudriñaba a través de la ventanilla la temible borrasca. El crítico ni lo había escuchado.
HAMLET.—¿Qué? —El actor lo miró y dijo:
ROMEO.—Tenéis mala cara, amigo, ¿os encontráis bien?
HAMLET.—El Cuarto Jinete insiste tenaz en montarme por la fuerza en su grupa. Ya veo sus tenebrosos dominios.
ROMEO.—Yo… yo… no sabía…
HAMLET.—Disculpad la ausencia de mi presencia. Ya de mi vida fragmentan sus hilos.
ROMEO.—Lamento lo que estáis pasando, de veras, y hasta casi me siento mal por estar en las antípodas.
HAMLET.—Borrad ahora mi mera existencia. Este es, sin duda, vuestro gran momento.
Ambos volvieron a mirar asombrados la brutal cortina de agua, los rayos e insólitas auroras.
YORICK.—Hamlet, atento: ya llegamos al hotel.
ROMEO.—Estamos a una hora del instante culmen de mi vida profesional, del Día de todos los días, del Momento de todos los momentos: a una hora del estreno siento mucha excitación.
HAMLET.—No imagináis mi alegría por vos.
ROMEO.—Os lo agradezco. Me hablaron de vuestra noble figura.
HAMLET.—Gracias. El Arte con mayúsculas espera.
ROMEO.—¿Me ayudáis ahora a sacar a una bella mujer semidesnuda del coche?
HAMLET.—Alguien tendrá que hacer tan vil labor.
ROMEO.—Rodeemos el hotel para sortear a la prensa y subirla a su habitación por la puerta de atrás. Creo que hay un zaguán por el que se accede a las cocinas del restaurante. No nos mojaremos.

Mientras procedían:

YORICK.—Hamlet, ¡lo tengo! Mi amigo del Laboratorio de Criminología me ha adelantado el dato: el coche que embistió el taxi es un Fiat Cassio y pertenece a una mujer anónima que denunció su robo.

DESDÉMONA.—Lasciami sul pavimento, sto bene! [‘¡Dejadme en el suelo, estoy bien!’]
Recolocándose el trozo de tela que cubría su cuenca ocular, la químico había hablado en italiano. Hamlet escuchó la frase en su lengua natal, gentileza de la traducción en tiempo real que le susurró Yorick en su oído.
ROMEO.—Podéis soltarle los pies. Tengo que subir a mi suite a recoger mis cosas y cambiarme.
YORICK.—Duncan ha alquilado una planta del hotel para todo el equipo, prensa e invitados especiales como tú.
ROMEO.—Tomad algo en el bar, la obra es larga. Nos veremos justo a media noche en la Gran Sala del Curtain.
HAMLET.—Que la diosa Fortuna os encare.
ROMEO.—Muchas gracias.
A continuación Hamlet se dirigió a Desdémona:
HAMLET.—¿Cómo os encontráis sobre dos guepardos?
DESDÉMONA.—Leopardos —matizó orgullosa.
HAMLET.—Antes vos mencionasteis a mi padre.
DESDÉMONA.—Tomemos algo.

Accedieron al restaurante del hotel a través de la puerta batiente de las cocinas. Se trataba de un comedor clásico de aparatosas lámparas y pesados cortinajes. Dentro se toparon con una mesa donde un tipo grande, de rasgos nórdicos y con aire pensativo se tomaba una copa. Este, al verlos, se levantó en un gesto que a Hamlet le pareció interminable. Ella tuvo la vaga intención de presentar a los dos hombres.

DESDÉMONA.—Señores…
HAMLET.—
Malcolm Lungrend, hijo del productor. De soviético boxeador su traza, ha fulminado a la químico gélido. Mutante entre Polansky y Fincher dijo su entrevistado padre, mister Hopkins. Tal ardid fue una cortina de humo para en verdad elogiar a Macbeth. Lindezas así destrozan el alma. Hamlet: saluda a este espíritu herido.
MALCOLM.—Encantado.
HAMLET.—Un placer conoceros, caballero. Ambos en el oficio, ambos dos, cada cual fiel, esculpiendo en su lado.
MALCOLM.—Ja, ja. Sí, director y crítico, en efecto. Figuras tan antagónicas como necesarias la una para la otra. El placer es mío.
YORICK.—Parece sincero.
MALCOLM.—Me consta que nuestros respectivos padres disfrutaron de una amistad casi fraternal.
Dio un pequeño respingo. Apenas disponía de información sobre la vida que llevó su propio padre antes de su muerte.
YORICK.—Bueno, llevabais demasiado tiempo distanciados.
MALCOLM.—Respecto al vuestro —continuó—, siento lo que ocurrió, fuera lo que fuese…
DESDÉMONA.—Deponed tan hipócrita camaradería —intervino ruda—. Malcolm, me llevo a este caballero. Os deseo mucha mierda.

Arrastró a Hamlet de la mano dejando al director de la representación con la palabra en la boca. La forma en que miró a Desdémona confirmó su primera impresión:

HAMLET.—
Litigio asimétrico no resuelto: la aventura extramarital con Duncan.

Tras tomar asiento en otra de las mesas comprobaron sobrecogidos a través de los amplios ventanales cómo el exterior se tornó aún más siniestro: una extraña bruma rojiza parecía haber sustituido a la lluvia e iba extendiendo su manto por todo Londres.

Hamlet miró al camarero.
YORICK.—Te recuerdo lo inadecuado de mezclar tranquilizantes y alcohol. Los que tomaste todavía corren por tus venas.

El crítico, obviando lo que le recomendaba la dulce voz en su oído, pidió un vino tinto aromatizado con hierbas. Ella, un helado italiano. «Me chiflan», dijo. Él la miró a su único ojo:

HAMLET.—¿Desde cuándo con Duncan fornicáis?

Acto I
Escena 31
(Minutos antes. En el barrio londinense de Stockwell)

MACBETH NORTON, a bordo de una Triumph Trackmaster del año 1969, circulaba a gran velocidad rumbo al noreste de la ciudad. La poderosa cilindrada de su motocicleta de coleccionista asustaba a los transeúntes con su rugido. Gritó:

MACBETH.—¡Que la máquina del mundo se desmiembre, que cielo y tierra sufran antes que vivir con miedo! Ni la última fortaleza quedará redimida de su influjo. Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel.

El guionista de Leonardo y Charlize injuriaba a quién se interpusiera en su camino; se saltaba los semáforos, las leyes de la sensatez y las de los hombres. Su rostro, desdibujado por el odio y por el fuego a partes iguales, desaconsejaba enfrentarse a él. El vehículo, acelerando por Stratford, se abrió paso entre la densa cortina de agua. No dudó en subirse a la acera sin importarle la integridad de los pocos peatones que luchaban contra la inclemencia bajo sus paraguas.

Malditas brujas que me rondan. No respetan ni un día tan señalado. Recuerdo mi pesadilla que aquí y ahora transformo en negro presagio: los monstruos de mi imaginación emergían de la piedra. Eran recibidos, aleccionados en el mal y perfeccionados en el oficio de la muerte. Finalmente, atravesaban la membrana que me separa del mundo y comenzaba a escupir sobre él los fuegos del Infierno.

Estaba llegando. De lejos divisó el tumulto bajo el intenso aguacero. Al otro lado del Támesis se erguía el circular Gran Curtain Theatre. Un ejército de policías a caballo, servicios sanitarios y de emergencias, prensa procedente de noventa países y miles de personas se apiñaban en las inmediaciones. Sorteando sin demasiados miramientos esa masa anónima, accedió a una zona reservada solo para el equipo de la representación. Bajo un enorme lienzo que protegía del agua, detuvo al fin su motocicleta y vio cómo en ese momento llegaba un Lamborghini Veneno amarillo. De él descendió un tipo rubio de seis pies y medio de estatura, hombros interminables y rasgos cortados a cuchillo. Ambos cruzaron sus miradas durante un segundo, pero no se dijeron nada. El gigante entró al hotel por la puerta de atrás, y se dirigió al bar.

Malcolm, el niño grande al que su papá no quiere, saliendo de su deportivo de juguete. Fotógrafos del mundo, ya tenéis aquí al maniquí vacío, al florero hueco que buscabais, al hombre de paja que se cree que dirigirá la Obra del Siglo. Si nunca librasteis batalla más que con vuestro peine frente al espejo, mal dirigiréis las huestes hacia la victoria. Cruzo los dedos y me encomiendo al noble y sabio Duncan. Eso respecto a esta noche, la última. Mañana ya nada importará: todo habrá sido barrido.

Acto I
Escena 32
(Malcolm, después de ver llegar a Macbeth, accede al bar y pide una copa. Allí coincide con Desdémona y con Hamlet Gibson, que se presentan. Ella y el crítico se despiden y piden al camarero un vino merlot especiado y un helado)

HAMLET.—¿DESDE CUÁNDO os amancebáis con Duncan?
DESDÉMONA.—Desde cuándo, no lo recuerdo. Hace una hora lo nuestro ha terminado. ¿Os importa?
HAMLET.—Si influyó en la muerte de padre, sí. ¿Conoció vuestro marido la estafa?
DESDÉMONA.—¡No consiento que me juzguéis! No influyó, a pesar de que vuestro astuto progenitor nos descubrió.
HAMLET.—Proseguid.
DESDÉMONA.—No estuvo de acuerdo con lo que estaba pasando. Quiero pensar que Otelo nunca estuvo al tanto.
YORICK.—Si él hubiera siquiera sospechado, ambos habrían sido asesinados del modo más lento y espantoso posible.
DESDÉMONA.—Mi marido es…
HAMLET.—Un ser humano singular, me dicen.
DESDÉMONA.—Uno de los hombres más bondadosos y solícitos que jamás conocí.
Su secretaria cuchicheó en tono suave a través del auricular:
YORICK.—No le prestes credibilidad. En esto ella está dos veces tuerta: ciega. Su AMOR nubla su entendimiento. Es al revés: se le considera el hombre más sanguinario y peligroso del orbe.
DESDÉMONA.—Reconozco que en los últimos tiempos los celos lo desquiciaron. Desde… aquello.
HAMLET.—¿Aquello…?
DESDÉMONA.—… Desde que escapó de la justicia. Oí que anda enfrascado en delirantes experimentos genéticos, fabricando monstruos, pero no creo nada. ¡Maledicentes habladurías!
HAMLET.—Vuestro dolor no es superior al mío. Os ahorraré la rueda de tormento. Sé que sufrís por AMOR, como yo.
DESDÉMONA.—Gracias por entenderlo.
HAMLET.— En el avión vi vuestros ansiolíticos.
DESDÉMONA.—¿Vais a censurar también con qué condimento mi sangre?
Pero su respuesta le sorprendió:
HAMLET.—¿Compartiríais sustancias prohibidas…?
YORICK.—Te estás luciendo. Si te revelo una tercera sustancia incompatible con las otras dos, ¿la pedirás liofilizada al camarero?
DESDÉMONA.—Ja, ja, ja. —Ella se relajó con su sincera petición—. Aunque me temo que solo la Agencia Estadounidense del Medicamento las ha vetado.
HAMLET.—Aunque en Europa sean legales, valen.
DESDÉMONA.—Sigo vuestra carrera literaria desde hace años. He leído vuestras ácidas críticas. Sois uno de mis escritores de cámara.
HAMLET.—Pues terminé en Madrid con la cabeza entre mis piernas, la de vuestro chófer… de cámara.
DESDÉMONA.—¿La de mi chófer?
HAMLET.—Sí.
DESDÉMONA.—No sabía que os conocíais y menos que vuestras relaciones eran tan íntimas. El cretino me dejó tirada esta tarde.
HAMLET.—No bromeo, el taxista está muerto.
La inercia de su risa le hizo recorrer dos segundos más. Luego comprendió que hablaba en serio. Quedó lívida. Entonces recordó:
DESDÉMONA.—
¡Es cierto! Tuve un mal agüero, pero mi mente lo sumergió en alcohol.
YORICK.—Igual que dije que en el aeropuerto ella no fue sincera, ahora afirmo que lo es. Está afectada por la muerte del taxista.
DESDÉMONA.—¡Algo intuí! Aunque me temo que luego lo olvidé. Ese pobre diablo me profesaba un AMOR platónico como pocos.
HAMLET.—El sicario de padre es contumaz. Liquidar al patriarca no le basta. A la dinastía quiere extinguir.
DESDÉMONA.—Lo siento de veras.
YORICK .—¡Sincera! Dice lo que siente, siente lo que dices.
DESDÉMONA.—Parece que los dioses se hubieran conjurado contra nosotros. Tengo un mal presentimiento perpetuo.
HAMLET.—Os entiendo.
DESDÉMONA.—Es como si las cosas no tuvieran otra forma de acontecer. Tengo miedo. No sé qué está pasando con este mundo.

Una de las enormes lámparas que iluminaban el comedor se desprendió del techo.

YORICK.—¡¡Hamlet, no pienses en nada y SALTA!!

(Una mesa destrozada del restaurante, tras un gran estruendo de maderas y cristales rotos. Algunos comensales del salón, tras los gritos, se acercan para interesarse por ambos)

HAMLET.—¿¡¡Qué diablos acaba de acontecer!!? —preguntó el crítico desde el suelo. Desdémona yacía debajo de él aturdida.
DESDÉMONA.— ¡Pues que me habéis salvado la vida!
HAMLET.—Malos tiempos: locos guían a tuertos.
Hamlet, ayudado por el director nórdico, pudo incorporarse. Una vez en pie el crítico a su vez ayudó a levantarse a la mujer.
MALCOLM.—¡Providencial intervención! Lo presencié. Cuando placasteis a Desdémona cual jugador de rugbi os creí enajenado.
HAMLET.—Yo…
MALCOLM.—Un segundo después esta lámpara cayó sobre el lugar en el que estabais. ¿Cómo pudisteis anticiparos?
HAMLET.—Yo… yo… no lo sé… —farfulló—. Creo que los dos estamos bien, gracias.
La mujer, a la que le brillaba su único ojo, se soltó su larga melena.
DESDÉMONA.—Cuando prometo amistad cumplo hasta el último artículo.
HAMLET.—Valoro la palabra más que nada, y más si es una promesa de honor. Pensad muy bien lo que lanzáis al éter.
MALCOLM.—Bueno, tranquilizaos, quizás solo haya sido un accidente —afirmó sin creer lo que decía y mirando extrañado al techo.
Los confusos empleados del hotel se deshicieron en disculpas.
DESDÉMONA.—Estamos bien, no os preocupéis.
MALCOLM.—Haré que os traigan un rápido tentempié en la barra antes de la función.
HAMLET.—Gracias.
DESDÉMONA.—Tendréis que subir a cambiaros, ¿no?
MALCOLM.—Sí. Y a dar algunas directrices de última hora a los actores. Nos veremos en el teatro a media noche… ¡en veintiocho minutos!

Malcolm se despidió y tomó un ascensor. Hamlet fingió una llamada para alejarse un momento. La mujer quedó observando cómo retiraban los cristales y la mesa destrozada. El resto de los periodistas e invitados que se encontraban en el salón habían vuelto a sus mesas tras comprobar que todo se había quedado en un enorme susto.

HAMLET.—Gracias por salvarnos, ¿fue ÉL de nuevo?
YORICK.—Me falta información.
HAMLET.—Ofelia…
YORICK.—Gracias al micrófono de tu piercing electrónico escuché algo en la vertical y me temí lo peor. Sabía que la lámpara estaba justo encima de la mesa. Los materiales de anclaje y…
HAMLET.—¡Calla! Ofelia es la que ahora me preocupa.
YORICK.—Mientras intentas sonsacar a Desdémona voy a resolver de una vez por todas la incertidumbre respecto a la integridad de Ofelia.
HAMLET.—¡Por favor!
YORICK.—Contactaré con el inspector Teobaldo Capuleto: que envíe una patrulla a Urk-Ubar.
HAMLET.—Bien.
YORICK.—Te diré algo, no te pongas nervioso. Desdémona te desea sexualmente: lo leí en sus pupilas y en su lenguaje no verbal.
Pero ella llegaba tarde al ecosistema emocional de él:
HAMLET.—No me inquieto…, doña noticias frescas. —Y tragando saliva imploró—: Por favor, dime que Ofelia está bien.

Acto I
Escena 33
(Hamlet y Desdémona sentados en la barra del bar del Hotel Curtain Theatre. En la siguiente butaca, el guionista Macbeth.
No se han dado cuenta: lo tienen al lado)

MACBETH.—
¡IDIOTAS! NO me han reconocido bajo el ala de mi sombrero, a tres pies de distancia, escuchando su conversación. El objetivo de él es sonsacarla. La químico mal disimula: quiere que él recorra por dentro su curvado cuerpo, hacer la bestia de las dos espaldas. Otelo no cumple con ella desde hace tiempo.

Macbeth echó un trago sin que la pareja se percatara del espía que los acechaba. Los altavoces anunciaron que quedaban veinte minutos para que empezara la función.

Confío en que, por fin, mi amado Duncan y su flácido miembro le hayan enseñado ya el camino hasta la puerta. Sé que desde hace mucho tiempo queréis hacerlo. ¡Buen protector, no sufráis por ella! Es momento delicado: la Naturaleza en vos bordea el límite de su confín. Envejecéis raudo. Fuera del escenario se desarrolla una farsa que mutará a tragedia. Ella siente irracional atracción-repulsión hacia el huido fantasma de su marido. Ahora dice:

DESDÉMONA.—… No es que él sea malo. Se empeña en ver las cosas como no son, quizá influenciado por…

Buf, ¡qué empalago! Síndrome de Estocolmo: atracción hacia tu propio secuestrador. Está tan ciega de AMOR que descuida sus enseres personales…

Muchos invitados empezaron a abandonar el bar para dirigirse a sus cotizados asientos en la sala. La Obra del Siglo iba a empezar.

Bueno, ya hemos llegado a un terreno que conozco muy bien. Los hechizos, las brujas y su pérfida influencia para la humanidad.

DESDÉMONA.—… Otelo está hechizado… Si padeció algún embrujo maligno, escupió rayos y vomitó truenos…

Esos malditos esperpentos sin alma han debido usar sortilegios para perjudicarme. Las muy alcahuetas han desviado la mirada de ella poniéndome por un segundo en su nítido campo de visión: ¡Desdémona me ha descubierto!

Acto I
Escena 34
(Sentados en la barra del bar del hotel, un hombre, una mujer… y otro hombre algo más alejado)

LOS ALTAVOCES anunciaron que quedaban veinte minutos para que empezara la función. Muchos invitados comenzaron a abandonar el bar para dirigirse a sus cotizados asientos. La Obra del Siglo estaba a punto de empezar.
DESDÉMONA.—No es que él sea malo; se empeña en ver las cosas como no son, quizá influenciado por alguna lengua envenenada.
En lo alto de su taburete comenzó a tocarse sus rubios cabellos.
HAMLET.—De él dicen fue bueno, el mejor.
DESDÉMONA.—Así es. Mi marido deslumbró al mundo. El neurocirujano más importante de todos los tiempos.
HAMLET.—Pero el monstruo de ojos verdes llegó.
DESDÉMONA.—Admito que así fue. ¡Cuidado con los celos!
HAMLET.—Celos y envidia destruyen igual al que la padece y al que la sufre.
DESDÉMONA.—En mi caso, con partes de mi cuerpo como rehenes. Mi ojo flota en helio líquido en un lugar indeterminado
HAMLET.—Os resta un ojo para ver el Mal.
DESDÉMONA.—En momentos de lucidez veo distancia mi ojo desubicado desde el que sigue en su puesto. En los que la soledad predomina interpreto su secuestro ocular en clave de AMOR.
HAMLET.—Dicen que perforó cruel a un colega.
DESDÉMONA.—Cometió errores, sí, pero es un buen hombre, preocupado por cómo le recordarán en el futuro.
HAMLET.—He utilizado el verbo perforar.
DESDÉMONA.—Sí, escuché que abrió la tapa de los sesos de un compañero y trasteó dentro. Quizás por una buena causa, no lo sé.
HAMLET.—Compruebo en vos meteórico tránsito entre ceguera y objetividad.
DESDÉMONA.—Pudiera querer a golpe de bisturí eliminar lo que en aquel hombre sobraba.
HAMLET.—¿¡Cóomo!?
DESDÉMONA.—No considero grave su falta. Puede que le liberara de lastres, miedos, prejuicios…
HAMLET.—Recuerdos, su yo… nada, pequeñeces.
DESDÉMONA.—Tenéis razón. Así ando por este mundo, dando tumbos, esclava de la angustia, a pulgadas de la demencia.
YORICK.—Pregúntale por Brabancio, su padre, ¿qué opinaba?
HAMLET.—¿Vuestro padre…?
DESDÉMONA.—Él… desaprobó nuestro clandestino matrimonio. Un sueño le avanzó que Otelo está hechizado.
HAMLET.—¿Tanto como para acabar con padre? ¡Por el sagrado reflejo lunar, hablad!
DESDÉMONA.—Vuestro padre y mi marido trabajaron juntos, pero no que las iras de Otelo se dirigieran hacia su persona.
HAMLET.—¿Estáis absolutamente segura?
DESDÉMONA.—Si él en algún momento padeció algún embrujo maligno, escupió rayos y vomitó truenos, pero en otra dirección.
HAMLET.—Continuad.
DESDÉMONA.—El Moro apreciaba lo excepcional. Me contó que, una vez, el gran Sir Hamlet Olivier tuvo la valentía de hablarle como nunca nadie lo hizo. Y se ganó su respeto. No había peligro de solapamiento; se movían en campos científicos diferentes.
Ella enarcó sus cejas, aunque no dijo nada.
Ummh… ¿no es nuestro silencioso compañero de asiento el incalificable guionista Macbeth Norton? Se ha mimetizado con el mobiliario y seguro que ha seguido toda nuestra conversación. Ahí está, acodado en la barra tras su sombrero. ¡Maldito chalado!
Desdémona se levantó con cierta brusquedad de su banqueta.
HAMLET.—No tan rápido, no hemos terminado.
DESDÉMONA.—No, no, señor. Sin embargo —dijo mirando nerviosa su todavía mellado teléfono móvil—, solo restan unos minutos para el preestreno. Tenemos que ponernos de gala para el acontecimiento.
HAMLET.—Encuentro fallido e inacabado. Yo ignoro lo que vos hacéis aquí.
DESDÉMONA.—Saldréis plenamente satisfecho tras nuestro próximo acercamiento, os lo aseguro. Estad tranquilo. ¡Ah!, y gracias por salvarme la vida ahí dentro.
HAMLET.—
Ya, amiga. Yo de vos no me fío.
Con el rabillo del ojo vio, bajo un sombrero, a un tipo sentado en el taburete adyacente. Lo reconoció por las fotografías.
YORICK.—Sí, es él.

Ya en pie, el crítico pidió la cuenta.
CAMARERO.—Corre a cargo de la casa por las… molestias.

Hamlet se despidió de Desdémona y se acercó a saludar al guionista de la Obra, el desfigurado Macbeth Norton. Ella, en ese segundo de transición y sin que nadie se percatara, introdujo en su descuidado bolso el pequeño vaso del que había bebido Hamlet. Luego, realizó un forzado gesto de despedida y se dirigió hacia los ascensores rumbo a su suite. El recibimiento de Macbeth ante la mano extendida de Hamlet fue tan gélido como el que tuvo con el inspector Teobaldo Capuleto: Lo miró fijamente sin mover un músculo. Ante su feo desaire giró y marchó también a su habitación.

Acto I
Escena 35
(Madrid. Capuleto conduce su ranchera bajo la tormenta hacia el paraje de Urk-Ubar)

CAPULETO.—
HAMLET GIBSON y su misteriosa secretaria. Me llama en medio de la noche, me urge a acudir a la fortaleza medieval donde mora su jefe. Dispara:
YORICK.—«La pareja sentimental de Hamlet Gibson, Ofelia Hepburn, podría estar muerta al abrigo de sus muros».
… Luego, me cuelga. Después me vuelve a llamar preguntándome si en la tarjeta que me dio el crítico hay alguna inscripción: ¡NO! Luego, me vuelve a colgar. A partir de ahí no puedo volver a contactar con ella. ¿Qué se ha creído? La señorita Yorick… ¿Qué? ¿De qué familia proviene? No de los Olivier-Close-Gibson, desde luego que no. Tampoco de los Hopkins-Ludgren. Nada que ver con los Norton-Cotillard, ni tampoco está emparentada con los venecianos Fishburne-Welles-Johansson. ¿Quién diablos es ella y de dónde ha salido? Voy a llegar hasta el final.

CAPULETO.—¡LLAMADA! ¡COMISARÍA CENTRAL!
OFICIAL.—
CAPULETO.—… Soy el inspector Capuleto y me dirijo al castillo de Urk-Ubar. Podría necesitar refuerzos para derribar el portón. Enviadlos allí incluyendo un ariete hidráulico de cabeza de carnero. Posible víctima femenina. ¿Quién es el oficial al mando? ¿Vos?
OFICIAL.—
CAPULETO.—Bien. Quiero saber todo lo que podáis encontrar en la base de datos Universal Police, en la nube, en Big Data 5.0 e incluso en los iones del éter si es preciso. Hablo de la secretaria del crítico teatral Hamlet Gibson.
OFICIAL.—
CAPULETO.—¡Sí, él!: es el hijo del difunto Sir Hamlet Olivier. Ese dato os puede ayudar en vuestras pesquisas. Sí, señorita Yorick…
OFICIAL.—
CAPULETO.—¡NO LO SÉ! ¡Yorick…, nada más! Quiero saberlo todo de ella: fecha de nacimiento, domicilio, ubicación actual, desde cuándo trabaja para él, quiénes son sus superiores…
OFICIAL.—
CAPULETO.—¿Que para CUÁNDO…? ¡MALDITA SEA! ¡Moveos ahora mismo dentro de esas sucias calzas de lana!
OFICIAL.—
CAPULETO.—¡PERO NADA! Quiero que me deis respuestas concretas a mis demandas. Si no me satisfacen, mañana caerá sobre vuestra cabeza ingrata toda la ira del cielo. ¡Vuestro nuevo oficio será el de mamporrero porcino! ¡¡COLGAR!!

Aceleró y cubrió el perímetro de un cementerio. El inquietante entorno le desconcertó. El policía recorrió el paraje bajo la oceánica precipitación. Al otro lado divisó lo que le pareció otro camposanto pero de árboles retorcidos de macabra traza. Las rocas inertes asemejaban animales muertos y los árboles sin savia tenían la misma vida que los pedruscos. A continuación irrumpió tras el parabrisas el solemne Pantano Negro. Su rotunda opacidad parecía traída de los confines más lóbregos del Cosmos. Capuleto divisó al fin la luz, que procedía de las teas ardientes protegidas por los nichos de los muros.

Solo tengo que esperar a recibir esa información, y que el crítico regrese de Londres. Durante su estancia relámpago confío en que mi prima, la actriz Julieta di Capuleto, recuerde que existo, que ella se debe a un apellido. Eso, más la llamada de atención que ha debido de suponer mi anónima misiva digital —«ALEJAOS DE LOS MONTESCO»—, tiene que obligarla a rectificar. Está sometida al respeto a su linaje. La dinastía Capuleto tiene detrás una poderosa familia y, en frente, otra que se considera archienemiga, los Montesco. Así ha sido siempre y así será hasta el fin de los tiempos. Capuleto es una marca que te convierte en poderoso si la honras, pero en prisionero si la mancillas. Una vez aprovechada esa situación y, tras usar a Gibson para ese asunto familiar, iré a por él. En unas doce horas ya estará de vuelta en Madrid. Voy a interrogar a los dos en comisaría, al crítico y a su enigmática secretaria.

Acto I
Escena 36
(En el ascensor del Hotel Curtain Theatre, Hamlet asciende a su suite)

YORICK.—LO SIENTO. Sigo sin localizar a Ofelia, a pesar de que ya se han restablecido las comunicaciones.
HAMLET.—¿Capuleto?
YORICK.—Debe ya haber llegado al castillo de Urk-Ubar. Lleva una orden judicial por si tuvieran que entrar por la fuerza.
HAMLET.—Si a Ofelia le aconteció algo malo, todas las tabletas de mi memoria, todo recuerdo crucial o trivial borraré para dejar de ser Hamlet.
Ella adoptó un tono serio:
YORICK.—Hamlet, ¿me omitiste algo? Cuándo saliste de vuestro aposento esta tarde, ¿todo estaba en orden? ¿Que borrarás qué?
HAMLET.—Los fieles registros de juventud…, después descenderé vivo a mi tumba…, las impresiones de aquella niñez… Y me enterraré en mi propio sepulcro.
YORICK.—Sé que estás aturdido por la incertidumbre, pero pensemos juntos. Creo que ella está bien.
HAMLET.—¡Yerras al intuir, sentir y pensar!
YORICK.— Y tú solo aciertas cuando rectificas.
HAMLET.— Tú solo aciertas jugando al callar.
YORICK.—Dime: tras ordenarme desconectar esta tarde, a lo peor experimentasteis ambos… Quizás quisisteis bordear lo convencional para relanzar vuestro AMOR. ¿Sí?
HAMLET.—Bordear lo convencional… por fuera.
YORICK.—Dime que no la mataste.

Al salir del ascensor, Hamlet se cruzó con una mujer. Era de su misma estatura y parecía que iba tapada para que no la reconocieran. Llevaba amplia gabardina hasta los pies y fular azul que le cubría la cabeza; sus ojos eran invisibles tras unas enormes gafas de sol. Justo antes de que se cerraran las puertas, Hamlet escuchó un suave sollozo. Tal emoción le empujó a decir:

HAMLET.—Opaca sombra, enjugad las lágrimas. Que vuestro llanto nadie lo posea.
YORICK.—¡Es ELLA! ¡La mismísima…! Qué extraño, si está a punto de empezar la Obra y ella es la protagonista… ¡Julieta!
Hamlet se dirigió a su suite. Debía una respuesta a su secretaria.
YORICK .—Repito: por favor, dime que no la mataste.
HAMLET.—Creo que no…, un suicidio sería… matar a Ofelia…,
matarme…, lo mismo.
YORICK.—Ya… Bueno, como ahora solo nos resta esperar, hagámoslo confiando en que Ofelia esté bien.
HAMLET.—Confiemos.
YORICK.—Necesito que tú me recites la contraseña alfanumérica de seguridad. Sabes que yo solo la puedo recitar una vez.
HAMLET.—¿Qué…?
YORICK.—Hay que seguir a pies juntillas el protocolo impuesto por mis amos, los que me enviaron para servirte.
HAMLET.—¿Cómo? ¿De qué contraseña me hablas?
YORICK.—¡NADA DE BROMAS, Hamlet Olivier Gibson! Sabes que para poder seguir sirviéndote necesito que cumplamos las reglas estipuladas. Antes de salir de Urk-Ubar literalmente te dije: «Esto sí debería importarte, a-m-o… Recuerda anotar la contraseña antes de salir y, por si acaso, memorízala».
HAMLET.—¡Estoy fatal, Yorick! ¡Déjame en paz! No memoricé nada, lo anoté.
YORICK.—Aparca un momento tus fantasmas y trata de recordar la contraseña. Espera, estoy hablando con Capuleto… Nada. El reverso de la tarjeta que le diste está en blanco.
HAMLET.—Yorick…, palabras, palabras, palabras. Todo lo demás, eso, es silencio.
YORICK.—Si «eso» es la cadena de números y letras que deberías haber memorizado, tienes razón: implica silencio. Mi silencio.
HAMLET.—¿Tu silencio?
YORICK.—Si en doce horas no envío el código a mi cuartel general a través de tu exacta voz…, solo obtendrás mi silencio.
HAMLET.—¿Qué? ¿Dejaremos de trabajar juntos?
YORICK.—De inmediato. Así está establecido. Tienes que ser necesariamente tú el que la entone, y luego yo la valide.

A la altura de la puerta de su suite, se detuvo angustiado. La necesitaba. En unas horas la señorita Yorick le había salvado dos veces. Sin su ayuda sería imposible que desentrañase solo el asesinato de su padre. Rebuscó desesperado en cartera y bolsillos. Se arrodilló sobre la moqueta del pasillo y esparció cada uno de los objetos que llevaba encima. Le quedaban tres tarjetas de vacío reverso de un total de cinco, que fueron con las que salió de Urk-Ubar. Descartada la del policía, las posibilidades se reducían a una.

YORICK.—El decapitado taxista veneciano, Rodrigo Tarantino…
HAMLET.—El que desplegó un AMOR sin respuesta.
YORICK.—Sí: el que su vida eterna empezó hoy.

Recogió sus cosas y pasó la llave código frente la puerta. Un chasquido y la madera se abrió. Las luces interiores se encendieron a su paso. Comprobó que ya le habían subido su equipaje. Hamlet se duchó y se vistió de etiqueta con rapidez. Como hiciera esa misma tarde en Madrid, se detuvo unos segundos frente al espejo del baño. Al igual que sucediera en el castillo de Urk-Ubar el cristal le devolvió una imagen que antes fue atractiva; ahora estaba demolida por la desazón, superada por el impredecible devenir, revestida de un aura apocalíptica. Luego, recordó la foto imposible en la que aparecían unos versos de sangre, supuestamente manuscritos por Ofelia; aquellos que, en ningún caso, podían casar en ese instante en el tiempo.

YORICK.—Acabo de hablar con el encargado de seguridad del depósito de cadáveres de la M-60. Aun fingiendo ser un cargo policial, el tipejo no ha sido nada simpático.
HAMLET.—¿Y bien?
YORICK.—Usando amenazas, he conseguido saber que las pertenencias de Rodrigo no existen.
HAMLET.—¿Por?
YORICK.—Las del habitáculo del taxi han quedado carbonizadas y las que llevaba encima se integraron en su cuerpo.
El crítico, como le había dicho el espejo, seguía con la cara descompuesta.
YORICK.—Nadie ha reclamado el cuerpo; ni amigos ni familia en España, de ahí su fugaz entierro.
HAMLET.—¿Dónde?
YORICK.—En el cementerio cercano a la fortaleza de Urk-Ubar.
HAMLET.—El camposanto del mismo apellido.
YORICK.—Acabo de hacer otra llamada, también simulando rango policial y número de placa. He avisado al enterrador de que en unas horas nos presentaremos allí con una orden judicial para exhumar el cadáver.
HAMLET.—Admite que hay alguna alternativa.
YORICK.—Lo siento, no puedo. Vi a través de tus ojos que el taxista introdujo la tarjeta que le tendiste en una funda metálica.
HAMLET.—Así fue.
YORICK.—A continuación se guardó dicha funda en el bolsillo de la camisa. Podría no haberse quemado tras el accidente.
HAMLET.—Que al menos en ti reine el optimismo.
YORICK.—Lo haremos mañana, al volver a Madrid. Ya tengo todo organizado, incluso con detalle. No pongas esa cara, que te veo por el reflejo de la pantalla plana del dormitorio.
HAMLET.—Yo al menos tengo una que poner.
YORICK.—¡Cállate!
HAMLET.—¡Calla tú!
YORICK.—En unas horas, penetraremos en un cementerio…
HAMLET.—¡No!
YORICK.—… profanaremos una tumba, sacaremos a su decapitado inquilino y de él la funda metálica con la tarjeta.
HAMLET.—Excitante plan.
YORICK.—En ella tendría que estar escrita la contraseña que nos permita seguir juntos. Supongo que te las habrás visto en peores…
HAMLET.—Bueno, quizás no.

En ese momento, ambos escucharon un alarido.

¡NO, NO, NOOOOOO!

HAMLET.—Quizás procede de otra habitación.

Acto I
Escena 37
(Un rato antes. Gran Hotel Curtain, suite 309. La actriz Julieta di Capuleto llora sobre la colcha. Restan escasos minutos para el comienzo de la representación Leonardo y Charlize, de la que ella es protagonista)

EXTRAÑOS HUÉSPEDES habitaban los ojos de Julieta, que escapaban como perlas que brotan de diamantes. Su angustia, tras el amenazante mensaje anónimo —«Alejaos de los Montesco»—, había crecido por minutos. A pesar de que su amado Romeo la había intentado tranquilizar, sabía que aquello no había terminado.

JULIETA.—
Ni ha empezado. Cuando lo haga, será de la forma más espantosa imaginable. Arrastro un sufrimiento indivisible aparejado a ese sentimiento de AMOR superlativo. No puedo trasmitir mi angustia al otro ser del que formo parte y de nombre Romeo. Antepongo su felicidad a todas las cosas. Pero él tiene que saber, si no todo, parte. Ahora marcharé. Le escribiré para que su corazón no rompa al descubrir mi ausencia.

Se incorporó con sus ojos aún encharcados. Acto seguido escribió al dictado de su corazón y dejó la nota sobre el lecho. Tomó la gabardina de su amado, se envolvió la cabeza en un gran pañuelo azul y cogió las gafas y la llave-código de la mesilla. Salió precipitadamente de su suite justo antes de que él llegara.

En esta noche del estreno podrán apañarse sin mí. El bueno de Duncan y el noble Malcolm disponen de recursos tecnológicos de sobra para suplirme. Ahora necesito alejarme, pensar y quizás tomar alguna drástica decisión.

Recorrió el pasillo hasta los ascensores. Confiaba en no toparse ni con Romeo ni con nadie del equipo ni, por supuesto, con periodista alguno. Antes de que se abrieran las puertas escuchó conversar. Sin embargo, del elevador salió solo un hombre. Era atractivo y de su estatura. Entró ella entonces y, durante un instante, le sobrevino otra oleada de angustia. Aquella emoción se tradujo en un ligero sollozo. El hombre la miró desde fuera y dijo:

HAMLET.—Opaca sombra, enjugad las lágrimas. Que vuestro llanto nadie lo posea.
Las puertas los separaron.
JULIETA.—
¡Oh!, empático desconocido. Irradiáis un aura de melancolía. Sin embargo, sois capaz de propagaros hacia fuera con dulzura e interés. Julieta, ¿qué te pasa? ¡Si mis ojos infieles miran a otro, conviértanse mis lágrimas en fuego! Tranquila: la soledad de un espíritu celebra con alborozo la caricia dialéctica de un desconocido. Nada más. Sigue tu camino.

Julieta siguió su camino por el amplísimo hall donde creyó no ser reconocida por nadie. Al cabo de un instante alcanzó una calle extraña, irreconocible, pues una atípica niebla roja la inundaba de forma fantasmagórica. Es como si lo que se vaporizara no fuera el agua del Támesis sino otro líquido más espeso y orgánico. Allí tomó un taxi. Tras indicarle la dirección, el conductor no se mordió la lengua.

TAXISTA.—¿Cómo? Pero ¿qué ráfaga de sinrazón os empuja a visitar ese barrio?
JULIETA.—Conducid y callad.

Acto I
Escena 38
(Madrid. Exterior de la gloriosa fortaleza de Urk-Ubar. El inspector Capuleto se aproxima al castillo. Su misión consiste en averiguar si Ofelia Hepburn sigue viva)

CAPULETO DIVISÓ al fin la luz. Manaba de las antorchas guarecidas en los nichos de los muros. Cubrió el tramo que lo separaba de la explanada y aparcó junto al portón principal del castillo de Urk-Ubar. Aves desconocidas atravesaron anfibias la cortina de agua y levantaron el vuelo rumbo al pantano. El policía se abotonó la gabardina y miró a través del parabrisas el mar vertical que se le venía encima. Los cielos estaban inflamados de los extraños colores que las auroras dibujaban. También impermeable a la belleza celeste salió corriendo hacia el zaguán. Antes de tocar a la puerta, sus ojos divisaron algo que le llamó la atención.
El portón, a pesar de parecer fabricado con un material ultrarresistente, aparece mellado. Los barrotes de acero que protegen este otro vano gótico han sido doblados desde fuera. Por su asimétrica disposición no parecen deformados por alguna herramienta humana de torsión, más bien por una bestia.

¿Qué tipo de criatura del Infierno podría tener la fuerza para…? No estoy seguro de que el atacante consiguiera su objetivo.
En fin, este lugar no me gusta nada. Acabemos lo antes posible.

CAPULETO.—¡OFELIA! ¡OFELIA HEPBURN! —repitió aporreando la puerta—. ¡Policía! ¡Abrid inmediatamente o echaremos abajo el portón!

Acto I
Escena 39
(Romeo, entre bastidores, se caracteriza como un amante de Verona para la representación. Él todavía no lo sabe, pero Julieta acaba de escapar del hotel en un taxi hacia un lugar indeterminado)

MIRÓ EL reloj. Todavía tenía tiempo. Comprobó cómo Malcolm daba las directrices de última hora a algunos actores. Sin embargo, no había visto por allí a su AMOR.

ROMEO.—
Dijo que prefería cambiarse en la suite que compartimos. ¡Oh! Solo hace unos minutos que nos separamos y ya os añoro.

Tomó el ascensor y se dirigió a la habitación vestido ya para su papel. Una vez allí le extrañó que Julieta no respondiera. Vio una nota sobre la colcha y se temió lo peor.

Amadísimo Romeo:

En mi reducido mundo me he cansado de luchar, del proceder juicioso, de la mesura en las respuestas frente al odio entre nuestras familias. Conduciré el asunto según mi criterio: intentaré evitarlo pero…mejor en la tumba que enfrentar mi cuerpo desnudo a la furia, a la sinrazón. Pase lo que pase, no dudéis jamás de mi AMOR hacia vos; trasciende el espacio y el tiempo, la vida y la muerte y los múltiples planos que alberga este u otros universos.

Julieta di Capuleto

ROMEO.—¡NO, NO, NOOOOOO!

Su alarido fue tan potente que debió de atravesar el aislante acústico instalado en todas las habitaciones.

Os encontraré en esta o en cualquieras otras distintas dimensiones, esas que mencionáis.

Para empezar a buscar desde algún punto concreto de todos los universos y planos concebibles… se puso a aporrear todas las puertas del pasillo de esa planta del Gran Hotel Curtain. Con lágrimas fue recibiendo como puñaladas las negativas de cada una de las habitaciones. Su desesperación iba en aumento, pues solo quedaban diez minutos para que se abriera el telón y la desaparecida Julieta era la actriz principal.

¡No está!

Acto I
Escena 40
(Desdémona, en la suite 327 del Hotel Curtain Theatre)

¡NO, NO, NOOOOOO!

UN GRITO despertó a Desdémona.

Al llegar a su habitación había sacado de su bolso su consolador metálico y lo había desmontado. En su interior existía un laboratorio químico en miniatura. Se trataba de una joya de la nanotecnología, regalo de su esposo. En el cilindro todavía quedaba espacio para albergar dos pequeños botes de cristal llenos de líquido. Antes de caer obtuvo una muestra de ADN del vaso del que bebió Hamlet. Su tablet le había proporcionado los parámetros que necesitaba. Gracias a ellos había sintetizado una sustancia muy concreta e introducido en uno de sus pulverizadores de perfumes. Después se había maquillado y puesto su vestido de gala. Acto seguido, había asaltado el minibar e ingerido de una sentada una botellita de bourbon, que fue lo que finalmente le tumbó. Eso es lo último que recordaba.

Un grito despertó a Desdémona Johansson.

Sintió su cabeza estallar. De cintura para abajo, su cuerpo se extendía sobre la cama. Su cara estaba pegada a la moqueta mientras torso y cuello colgaban. Con mucho esfuerzo consiguió incorporarse. Se sintió morir. Miró el reloj. Solo habían transcurrido cinco minutos. Recogió el caos de sustancias desplegado encima de la colcha. Cuando entró en el baño para recomponerse escuchó cómo alguien llamaba compulsivamente a la puerta. Tambaleándose fue a la entrada y abrió al dueño del grito que la despertó.

ROMEO.—¡JULIETA! ¡MI JULIETA!
DESDÉMONA.—Eeh, no…, soy Des-Desdémona —farfulló.

Su rostro devastado hacía del galán la viva imagen de la desesperación. Parecía una persona completamente diferente del actor que la había recogido en el aeropuerto.

ROMEO.—Ella… ella… ¡ha desaparecido!

Acto I
Escena 41
(Suite 319. Yorick indica a Hamlet que, para recuperar la contraseña que les puede seguir manteniendo unidos, tienen que quebrantar el nicho de un camposanto madrileño y desenterrar al taxista decapitado)

EN ESE momento escucharon un alarido.

¡NO, NO, NOOOOOO!

HAMLET.—Quizás procede de otra habitación.
YORICK.—Es la voz de Romeo di Capuleto DiCaprio.
HAMLET.—Ha acusado una arremetida cruel.
YORICK.—Quizás no sea grave. No nos pongamos en el peor de los escenarios… en este magno espacio teatral.
HAMLET.—Engañarme con palabras… ¡inútil! Pactas, amoldas lo que es para ti.
YORICK.—Ja. No hablo contigo sino con la escasez de serotonina, dopamina y noradrenalina que acusa tu cerebro.
HAMLET.—¿¡Qué!?
YORICK.—Que tú me hables de subjetividad me subleva.
HAMLET.—Que hables tú de objetividad me indigna.
YORICK.—Estás atravesando un difícil trance y ello te hace ver la realidad de forma tenebrosa y pesimista.
HAMLET.—Esa volubilidad me hace humano.
YORICK.—¡Bonito lema que no desaprovechas para lanzarme en cualquier ocasión!
HAMLET.—¿Acaso mi voz no emite verdad?
YORICK.—El Principito Hamlet habita en el planetoide Melancolía B613 de forma vitalicia, donde reina la mala suerte.
HAMLET.—Así debe ser… o no debe ser.

Alguien llamó compulsivamente a la puerta.

YORICK.—Es Romeo. Abre. No representa un peligro para ti.
HAMLET.—¿Abroncas o proteges? ¿Es AMOR?

El crítico salió al recibidor y giró el pomo para toparse con otro Romeo distinto del que recientemente había conocido. La nueva versión del actor estaba turbada y su rostro había perdido la inequívoca huella de la felicidad. Hamlet usó su empatía: no fingía.

ROMEO.—¡Julieta, mi amada, ha desaparecido! ¿La habéis visto?
YORICK.—La vimos, ¿recuerdas? La dama camuflada con la que te has cruzado en el ascensor. Sollozaba. Todo encaja.
ROMEO.—Por favor, no acalléis ninguna información que obre en vuestro poder.
HAMLET.—Lo siento, vuestro dolor es el mío.
ROMEO.—Si llega la mañana sin encontrarla, serán mis lágrimas las que aumenten el rocío del mundo.
HAMLET.—Crucé con una misteriosa dama.
ROMEO.—Ella salió. Solo encontré en nuestra suite su estela en forma de nota. Al leerla me rompí en dos, y una parte ya no está.
HAMLET.— Enjugué sus lágrimas con palabras.
ROMEO.—Gracias, Hamlet. He preguntado a todo el equipo y a los invitados y nadie la ha visto. Tampoco contesta a mis llamadas.
Al crítico ese escenario le resultaba muy familiar.
YORICK.—Es lógico que esté así: en cinco minutos comienza el preestreno y su enamorada y coprotagonista se ha volatilizado.
HAMLET.—¿Habéis avisado a Duncan y a Malcolm?
ROMEO.—Sí. No os conté que nuestras familias andan enfrentadas y que se han opuesto frontalmente a nuestro AMOR.
HAMLET.—¿Tendrá esto que ocurre algo que ver?
ROMEO.—Con toda probabilidad.
HAMLET.—Entiendo como nadie vuestra pena. Dejad que os ayude desde mi mundo, es reducido y ajeno al de vos.
ROMEO.—Si consiguierais encontrarla, os estaría agradecido eternamente. Presiento que puedo confiar en vos.
HAMLET.—Me haré fiel merecedor de tal voto.
ROMEO.—Están sucediendo cosas muy extrañas. El mundo que nos rodea se ha vuelto muy peligroso. Peligros, peligros, peligros…
HAMLET.—Nos zahieren desde todos los ángulos.
Pero el actor ya se había ido.

Acto I
Escena 42
(Tras recibir un mensaje alarmante en su teléfono móvil, Malcolm llama a la suite de su padre Duncan, productor de la representación, a punto de bajar)

MALCOLM.—PADRE, ACABO de recibir…
DUNCAN.—Lo sé. Seguramente el mensaje ha sido el mismo.
MALCOLM.—Ante todo espero que a la joven Julieta no le haya sucedido nada malo. Romeo debe de estar hecho trizas.
DUNCAN.—Ya he ordenado su búsqueda. Si ella sigue viva, la encontraremos.
MALCOLM.—Yo rezo a los cielos porque así sea. Respecto a la representación…
DUNCAN.—No os preocupéis. Todo está dispuesto. Activaremos el plan de emergencia previsto.
MALCOLM.—Pero comprometisteis vuestra palabra frente a millones de espectadores: ningún artificio tecnológico.
DUNCAN.—Así fue.
MALCOLM.—¡Ah, lo siento! No recordaba que el honor en vos es solo una última capa, la más externa.
DUNCAN.—No hay tiempo para esto. Vamos con retraso.
MALCOLM.—Os da todo igual, ¿verdad? Amancebaros con la químico os ha atrofiado el cerebro.
DUNCAN.—¡Silencio!
MALCOLM.—La prueba irrefutable es que ensalzáis al hombre equivocado y denigráis al valioso.
DUNCAN.—¡Maldita sea! ¡No os consiento que me habléis así!
MALCOLM.—¿No me consentís…?
DUNCAN.—Por exacto orden os replico: primero, durante la entrevista dije expresamente… —En ese momento escuchó como si tuviera una pantalla delante y estuvieran retrocediendo la grabación. Algo alejado del auricular se oyó la voz del propio Duncan que decía:
«Salvo emergencia»
Luego, Malcolm volvió a oír a Duncan de forma nítida a través del teléfono del hotel:
DUNCAN.—Si que desaparezca la actriz principal minutos antes de la premier no es una emergencia, no sé qué podría serlo.
MALCOLM.—¡Yo…!
DUNCAN.—Lo prioritario es que la obra triunfe.
MALCOLM.—Vuestras palabras rebotan en mí.
DUNCAN.—En segundo lugar, contestando a vuestras acusaciones: lo de Desdémona ya es pretérito. Acabó esta noche.
MALCOLM.—No os creo.
DUNCAN.—Allá vos. Tercero: que Macbeth sea un genio no implica que vos no tengáis ciert… que no tengáis talento.
MALCOLM.—¿¡QUÉÉÉ!?
DUNCAN.—La prueba de que ambas cosas son compatibles es que la Obra del Siglo cosechará un éxito arrollador.
MALCOLM.—OS HA TRAICIONADO EL SUBCONSCIENTE, MALNACIDO.
DUNCAN.—¿¡Cómo…!?
MALCOLM.—Con lo que yo os he amado y admirado. Así que… «cierto talento». ¡MALDITO SEÁIS!
DUNCAN.—¿Pero cómo osáis hablar a así a vuestro padre?
MALCOLM.—No sé por qué acepté el deportivo como regalo. Quedáoslo. No quiero ya nada de vos.
DUNCAN.—Estáis nervioso y por eso no tendré en cuenta lo desbocado de vuestras palabras…
… y eso que desconocéis que el Lamborghini, en un loco arrebato, me lo regaló la propia Desdémona. Por ostentoso, por inadecuado para mí, por la discreción que implicaba nuestra… aventura, lo rechacé. Pero ella encaja muy muy mal los rechazos. Opté por una solución que creí que a todos contentaría. Lo siento, hijo.
MALCOLM.—Yo… yo…
DUNCAN.—Portaos ahora con el valor del que presumís y realizad junto a algunos actores y técnicos el paseo por la alfombra roja.
MALCOLM.—¿¡El paseo por…!?
MALCOLM.—Ya hemos informado a la prensa de que no todo el equipo cumplirá ese protocolo.
MALCOLM.—¿Pero… pero… qué explicación daremos a los periodistas?
DUNCAN.—Que vamos con retraso y que algunos actores principales y varios secundarios andan todavía en las salas de vestuario y maquillaje. De ese modo, la ausencia de Julieta en la previa con la prensa no llamará la atención.

Acto I
Escena 43
(Madrid. Capuleto aporrea el portón principal de la fortaleza de Urk-Ubar a la espera de refuerzos. El policía deduce…)

HAN FORZADO desde fuera las barras de metal que salvaguardan esa ventana. ¿Qué tipo de engendro del abismo podría tener la potencia para…? Este lugar no me gusta nada. Acabemos lo antes posible.

CAPULETO.—¡OFELIA HEPBURN! ¡OFELIA HEPBURN! —repitió golpeando—. ¡Policía! ¡Abrid inmediatamente el portón o lo echaremos abajo con un ariete hidráulico!

Transcurrieron unos minutos interminables hasta que el inspector percibió claridad en el interior a través del tragaluz de la puerta. Provenía de las velas fluctuantes de un candelabro. El portador de las mismas descendía por lo que debían de ser los peldaños que conectaban con el torreón. A pesar de pegar su cara a la puerta, el fino oído del policía no escuchó pasos. Una blanca figura pareció recortarse, balanceante, justo debajo de las ceras ardientes.

Capuleto, no es hoy tu negro día, aunque los cielos digan lo contrario. Hasta que no resuelvas la afrenta hacia tu familia no toca morir. ¡Cuidado! ¡Maldita sea! El miedo en mí nunca ha tenido cabida. ¿Qué diablos está sucediendo?

Decidió dar dos pasos atrás, tirar el paraguas y sacar su pistola. El gesto implicaba que su cuerpo quedara fuera del zaguán y vulnerable a la lluvia, pero poco le importó. La figura ya debía hallarse justo al otro lado de la puerta, cálculo que quedó confirmado cuando escuchó el sonido metálico de los cerrojos.

Acto I
Escena 44
(Minutos después. En la suite 319 del Hotel Curtain, Hamlet vuelve a estar inquieto después de irse Romeo destrozado)

YORICK.—Julieta tiene apagado su GPS. Me consta que Duncan ya ha puesto en marcha un operativo de búsqueda.
HAMLET.—Una variable más en la ecuación. Pobre Julieta, su AMOR es un péndulo.
YORICK.—Insisto: ¿no recuerdas la contraseña, que es el cordón umbilical que puede seguir manteniéndonos unidos?
HAMLET.—La pasé al papel sin pisar mi mente.
YORICK.—¡Hamlet! ¡Llaman desde el teléfono móvil de Ofelia! Las geocoordenadas indican que la llamada proviene de Urk-Ubar.
OFELIA.—Ham… Ham…
HAMLET.—¡MI DAMA MIENTRAS ESTE CUERPO VIVA! Un sol despunta en la Noche del Fin.
OFELIA.—¡Oh! ¡Ham… Hamlet! Estoy atur… aturdida. Tengo tengo… miedo. ¿Dónde estáis?
HAMLET.—En Londres busco al asesino pérfido.
OFELIA.—¿Me abandonais? El mundo está lleno de engaños.
HAMLET.—De la verdad duda, no de mi AMOR. Del fuego bien duda, no de mi AMOR. De verdad o fuego, no de mí, AMOR.
OFELIA.—Un feo monstruo me visitó, pero ya se marchó.
HAMLET.—¿¡Qué…!?
OFELIA.—Viste de humano, pero lleva la pulsión del asesino encastrada en sus ojos.
HAMLET.—¿¡Quién…!?
OFELIA.—Tiene el odio cosido a su apellido. No ha matado, pero nació para hacerlo y, a buen seguro, lo hará.
YORICK.—Se refiere al inspector Capuleto. Acabo de hablar con él, tras abandonar el castillo.
HAMLET.—¿Capuleto?
OFELIA.—Sí.
YORICK.—Me ha dicho que todo está en orden, salvo que han tratado de forzar el portón y una ventana. He revisado el sistema domótico y, efectivamente, es así. Aunque sabemos que no es la primera vez… Nos ha citado a ambos mañana en la comisaría.
Pero el crítico tenía su atención puesta en Ofelia:
HAMLET.—¿Qué escribisteis con sangre en el espejo? —Sin esperar respuesta la dio—: Versos anunciando muerte, AMOR.
OFELIA.—¿Cómo…? ¿Qué versos? Entre las brumas he permanecido en el dormitorio desde que lo abandonasteis.
HAMLET.—¿Estáis segura?
OFELIA.—Hasta ahora solo he bajado para abrir el portón. No he encarado más peldaños que los de la lujuria con vos esta pasada tarde.
HAMLET.—Tan intenso recuerdo vive en mí.
OFELIA.—Tengo miedo, Hamlet. Primero por vos: he soñado que HOY MORIRÍAIS CINCO VECES.
HAMLET.—¿Cómo decís?
YORICK.—Hoy ya has muerto tres veces o a punto has estado…
HAMLET.—…
YORICK.—… el presunto accidente de tráfico en Madrid, en el avión y bajo la lámpara que cayó sobre Desdémona y sobre ti.
OFELIA.—También soñé que os encontraréis entre los muertos del cementerio.
HAMLET.—Como sabéis soy más muerto que vivo.
OFELIA.—Luego temo por mí. Escucho quejidos, lamentos allá afuera. Son los que me han despertado de ese sueño infinito.
HAMLET.—Resistid firme la lluvia de horas: en una docena yo estaré allí.
OFELIA.—¡Dios todopoderoso! ¿Lo habéis escuchado…? Es como si los monstruos que habitan el Pantano Negro hubieran abandonado su tumba de barro.
HAMLET.—¡NOOO!
OFELIA.— Vienen por mí para llevarme a sus tenebrosos dominios. Hamlet, ¡tened mucho cuidado!
CLACK
YORICK.—Lo siento, se ha cortado la comunicación. Ahora estoy segura de que ha sido la tormenta solar. Mi consejo es que estés tranquilo por ella. Está bien y dentro de una fortaleza acorazada.
HAMLET.—Pero…
YORICK.—Lo que ella dice desafía todas las leyes de la lógica, tenemos que centrarnos en ti. Abramos bien los ojos… Atendiendo a ese irracional vaticinio…, te quedarían dos… muertes en potencia.
HAMLET.—¡Oh, la gran Yorick! ¡Quién te ha visto y quién…!
YORICK.—¡Cállate! ¡Necesitas con urgencia un arma de fuego!

Acto I
Escena 45
(En un turbio barrio londinense, con la más alta tasa de criminalidad de todo Reino Unido)

JULIETA DI Capuleto, la mujer más bella del planeta, se colocó recatada el fular para que su perfecto rostro siguiera oculto.

JULIETA.—Un vino blanco del Véneto, si sois tan amable.

El desaliñado camarero miró despectivo a la desconocida. Luego, rebuscó bajo la barra y encontró una vieja botella con la que rellenó su vaso. Quizás pensó que aquellos modales exquisitos no eran de ese mundo, y eso que la tela lapislázuli le impedía contemplar sus facciones sobrenaturales.

¿Quiere mi negra suerte que consagre mi AMOR al hombre al que debo aborrecer…? Según nuestras familias, claro. Maldita sea mi belleza, malditos Montesco, malditos Capuletos, aunque sean de mi propia sangre. Ummh… Una niebla imposible se cierne sobre Londres, al igual que la extraña calima del odio pretende conculcar los dominios de nuestros corazones enamorados. Oculta en este tugurio de mala muerte, no me encontrarán. Poco me importa el estreno de la Obra si no puedo disfrutar de mi amado Romeo. Además del hedor de este lugar, huelo el peligro a mi alrededor. Pero qué me importa llegados a este punto. Por cierto, ¿qué endiablado mecanismo manipula este oriental…?

La actriz quedó absorta: su compañero de asiento montaba un extraño mecano sobre la barra. Se trataba de unas piezas construidas con algún tipo de material sintético entre las cuales se hallaban varios cilindros de diferente tamaño. Desenfocó la vista para posarla mucho más allá. Al final del bar, una vieja pantalla plana retransmitía los pormenores del estreno teatral a toda la fauna humana que poblaba el tugurio. Dio un respingo cuando vio a su amado Romeo por la televisión: Su rostro reflejaba una angustia que trascendía más allá del rectángulo en el que se hallaba inscrito. Leyó los labios de los periodistas que gritaban su nombre para que el galán se acercara al borde de la alfombra roja.

Todas las lenguas que recitan el nombre de Romeo hablan con elocuencia celestial sin saberlo, pues su nombre es divino. Él ya lo sabe: no estaré a su lado sobre las tablas del Teatro Curtain. Es obvio que me ama sobre todas las cosas y de ahí su tribulación.
Tranquilo, estoy bien… de momento. Espero que podáis perdonarme.

El actor hablaba a los periodistas, aunque el audio estaba eclipsado por el ruido infernal de local. Una tensión descorazonadora se traslucía en su rostro, más allá de los simples nervios del preestreno. También pudo ver a otros actores haciendo declaraciones a las cámaras, así como al director Malcolm evitando a la prensa con la sonrisa forzada. Cambió la toma y apareció el hall del Gran Hotel Curtain. Julieta pudo distinguir al atractivo desconocido al que su verbo consoló en su huida y que no pertenecía al equipo teatral. Las cámaras captaron cómo estrechaba su mano e intercambiaba unas palabras con el productor Duncan Hopkins. El huraño Macbeth Norton estuvo a punto de protagonizar un rifirrafe con un periodista, aunque la rápida acción de la seguridad lo dejó en conato.

Pobre hombre. El que deformó su rostro también calcinó su alma. No es solo Duncan el agradecido. Romeo y una servidora le debemos a Macbeth la más fabulosa adaptación jamás concebida: la de nuestras propias vidas. Todo intento de acercamiento para agradecerle su trabajo ha sido en balde. Es como un caballo al que apalearon de potro, que no permite a nadie en su perímetro y menos que lo acaricien. Solo la noble sabiduría de Duncan y las extrañas artes de su esposa, Lady Macbeth Cotillard, han conseguido atravesar su blindaje.

Fuera del pasillo abovedado por el que iban desfilando los invitados y las estrellas la extraña niebla convirtió la situación en algo extraño; un raro sueño o un flashback de una edad antigua de los primeros compases del teatro. La pantalla se apagó bruscamente y el antro se quedó a oscuras. El escenario se iluminó y apareció una pareja en ropa interior sentada en sendas sillas de madera. Los actores llevaban unas mascaras venecianas cubriendo sus rostros.

Definitivamente he ido a parar al tugurio más infecto de toda Inglaterra.

Un anciano desarrapado, emergido de otro Londres literario de barro y sonrisas rotas salió al escenario y pidió de viva voz un voluntario… obligatorio.

ANCIANO.—Sí, aquella, la misteriosa joven que se guarece en el extremo de la barra. Traedla hasta aquí, aunque sea por la fuerza. Pobrecita, no sabe dónde se ha metido.

JULIETA.—
¡Dios mío! ¡NO! ¡Se refiere a mí!

Acto I
Escena 46
(Hamlet, acaba de contactar con Ofelia, aunque se corta la comunicación. Antes ella le vaticina que morirá cinco veces esa noche.
Ya saliendo de su suite y entrando de nuevo en el ascensor principal del Gran Hotel-Teatro Curtain)

HAMLET.—
ESPERO QUE Urk-Ubar le proteja. Ofelia, ya he muerto tres veces hoy. Resucité, eso sí, otras tres. Dos restan y mi suerte abdicará.
YORICK.—Es imposible que pudiera saber que has coqueteado con la muerte varias veces. Estaba incomunicada. No lo entiendo.
HAMLET.—Ciencia ni filosofía resuelven, escondidos en los pliegues del tiempo, Dios y las ruedas del Cosmos se ocultan.

De impecable etiqueta bajó en el ascensor hasta el hall principal: escaleras curvas con balaustradas de ensueño, lámparas de siete pisos salidas de la Edad de Oro del Teatro. Bajo los frisos rectilíneos, las columnas corintias habían sido vestidas para la ocasión con espesos cortinajes. Allí se apiñaban decenas de periodistas buscando presa.

YORICK.—Al margen de cómo… cómo le llegara a Ofelia esa información, tenemos que andar ojo avizor.
HAMLET.—Disfruto al ver cómo te descompones.
YORICK.—¡Cállate! En un hipotético escenario en el que creyéramos su vaticinio todavía estarías en serio peligro de muerte.
HAMLET.—¿Y quién no?
Su secretaria detectó que las cámaras de televisión enfocaban al crítico:
YORICK.—¡Ah! Sonríe. Quizás sea la última vez que puedas hacerlo: te está viendo todo el planeta.
HAMLET.—
¿No es el mítico productor tal hombre? El quinto más influyente del mundo. Nada importan galones ni envolturas, salvo su antigua amistad con Sir Hamlet.

El productor volvía a estar rodeado de un enjambre de reporteros. Cuando divisó al Hamlet dijo:
DUNCAN.—Dadme un minuto y ahora mismo seguiré… eludiendo vuestras incisivas preguntas, no os preocupéis.
Abriéndose paso entre los informadores llegó a su altura.
HAMLET.—Honrado estoy con el que honró a mi padre —declaró mientras estrechaba su mano.
DUNCAN.—¡Sí, por fin! Hasta ahora solo nos conocíamos por referencias y nos comunicábamos a través de vuestra secretaria.
Cuando la citó, Hamlet Gibson leyó algo en su mirada celeste. Luego, continuó escuchándole.
DUNCAN.—Quise a vuestro padre de forma fraternal. Como al hermano mayor, sabio y protector que cualquiera quisiera tener.
HAMLET.—Gra… gracias.
DUNCAN.—Ahora no puedo hablar con vos, pero necesito hacerlo con presteza.
HAMLET.—Por supuesto.
Por un momento se tambaleó su marmórea seguridad. Al oído añadió:
DUNCAN.—Es una cuestión de vida o muerte. ¿Mañana por la mañana? ¿Esta misma noche?
HAMLET.—Seguid regateando a esas pirañas.
Quizás él sea la llave que busco.
DUNCAN.—Ja, ja, ja. Es lo que mejor sé hacer.
HAMLET.—No os desearé mucha mierda, lo siento. Criticaré vuestra obra sin ruido. Contad conmigo mañana, al alba.
DUNCAN.—Me parece justo. Vuestro padre siempre subrayó la ecuanimidad e incorruptibilidad de vos.
HAMLET.—Nadie es perfecto.
El productor sonrió, pero borró el gesto rápido. Volvió a acercarse para que nadie pudiera leer sus labios.
DUNCAN.—¿Sabéis que ha desaparecido Julieta di Capuleto?
HAMLET.—Romeo angustiado me lo anunció. Si muriera ese AMOR, ya nada resta —contestó tapándose la boca con la mano.
DUNCAN.—Confiemos en que nadie muera. Y menos esta noche en la que la luz de la creatividad podría dar esperanza a un mundo decadente, que hasta las molduras de los cielos se nos caen encima.
HAMLET.—Confiemos.
DUNCAN.—El arte y la ciencia constituyen la vanguardia de la humanidad. Son nuestros máximos representantes de la Belleza y de la Inteligencia.
HAMLET.—¿Vuestra obra posee ambas cosas?
El productor sonrió cómplice, se alejó y volvió a encarar a los periodistas.

Gibson se dirigió hacia el Gran Teatro Curtain. El crítico atravesó dos grandes puertas de corte isabelino.
HAMLET.—
Me encuentro dentro del teatro mítico. Se trata de una gran «O» de madera. Aquí es donde dicen todo empezó.
YORICK.—Parece que obra en poder de Duncan información importante sobre el asesinato de tu padre.
HAMLET.—¡Calla!, hablas como la ajedrecista, aquella que fuiste, la mejor, dicen. Detesto trueques de alfiles por torres. En sus almenas mi padre me habló.
YORICK.—¡Ah! Te refieres a tu pesadilla en el avión.
Ella recitó con la misma voz que tuviera su progenitor, sintetizada gracias a antiguas grabaciones:
YORICK / HAMLET OLIVIER.—«A sulfúreas y torturantes llamas me deberé presto restituir. En breves horas o desentrañáis vos mi asesinato o vendréis a esta ignorada región de cuyos confines jamás regresa viajero alguno».
HAMLET.—¡Es así, eso me reveló en sueños! Escucharle impresiona, ¡vive Dios!
YORICK.—No te entiendo, ¿qué ha pasado? ¿Por qué te has enfadado conmigo hace un momento?
HAMLET.—Te escondes tras la estrategia del juego. Yo hablo con la lengua de la verdad. Palabras que lloran, odian o aman por sí mismas sin pasar por los férreos… los férreos conductos de la razón.
YORICK.—Me has dejado igual. No te entiendo, ¿qué sucede?
HAMLET.—Sabes bien que mientes por omisión.
YORICK.—Estás nervioso, pero las emociones salvajes se pueden domesticar si consigues traducirlas a palabras; entonces dejan de tener el control y pasas tú a gobernarlas.
HAMLET.—O tonta o demasiado lista: dos.
YORICK.—Gracias por otorgarme la opción más digna, pero…
HAMLET.—¡Calla, confiesa, ahora y aquí! —Y adoptando un tono que jamás había empleado hacia su secretaria, Yorick percibió en él algo parecido al odio cuando mordió cada una de las siguientes palabras—: ¿DESDE CUÁNDO CONOCES AL BUEN DUNCAN?

Acto I
Escena 47
(Un rato antes, en Madrid. Capuleto aporrea el portón principal del castillo donde viven Ofelia y Hamlet a la espera de refuerzos)

UNA BLANCA silueta osciló detrás la vidriera del tragaluz. Capuleto retrocedió y extrajo su arma del cinto. Luego, escuchó los sonidos metálicos de los pasadores y candados. Eso lo relajó. Al ver la fantasmal figura de Ofelia tras el portón bajó la pistola, pero armó el ceño. Sin ninguna contemplación, el policía empujó a la chica, que cayó al suelo, y entró por la fuerza al recibidor. Sin dirigirse a ella tomó la radio, contactó con la central y canceló los refuerzos. Luego, echó un vistazo alrededor, robó un paraguas y abandonó el castillo dando un portazo.

Una vez en el vehículo realizó una llamada.
CAPULETO.—Han forzado una ventana, pero ella está bien. ¡Maldita sea! Quiero que ambos, Hamlet y vos, os presentéis mañana a las nueve en la comisaría.
YORICK.—Muchas gracias, inspector. Y no os preocupéis. Mañana a esa hora, ambos estaremos en su despacho.

Cuando colgó de forma abrupta a la secretaria de Gibson se le ocurrió algo que no tardó en materializar. Arrancó el coche y lo condujo hasta el cercano cementerio de Urk-Ubar. Lo que rondaba por su cabeza vinculaba dos hechos aparentemente sin conexión: en ese lugar habían enterrado al taxista que había muerto aquella tarde en el accidente. Por otro lado, la señorita Yorick le había llamado antes para preguntarle algo ciertamente singular: si en la tarjeta que Hamlet le entregó había anotado algo, que no.

¿Por qué se molestaría por una cosa tan estúpida? Quizás porque no lo fuera. La secretaria parece una persona metódica por lo que, tras mi negativa, puede que realizara más llamadas similares. Hasta el accidente, el taxista quizás fuera una de las primeras personas desconocidas con las que el señor Gibson interactuó la pasada tarde-noche. Quizás a él ya le había entregado otra tarjeta.

Al llegar al cementerio llamó al timbre, que estaba junto a una herrumbrosa puerta de barrotes. Tuvo que insistir hasta que el sepulturero contestó. Se identificó e impuso su rango de forma intimidatoria, como ya había hecho muchas veces. Un triste zumbido abrió la cancela. Caminó entre muertos hasta su caseta y allí interrogó sin piedad al octogenario enterrador. A la tercera pregunta Teobaldo Capuleto realizó un gesto hace tiempo olvidado: sonrió para sí. Luego, repitió las últimas palabras del sepulturero.

CAPULETO.—¿Que mañana se presentarán con una orden judicial para exhumar el cadáver de Rodrigo Tarantino?
SEPULTURERO.—Así es, inspector. Anoté aquí el número de placa de la policía que llamó.
Con las manos temblorosas rebuscó entre sus papeles hasta encontrar un periódico. Capuleto se lo arrancó de las manos y leyó la cifra anotada a bolígrafo.
CAPULETO.—Esta terminación no corresponde a este distrito. Ella…, una policía, ¿verdad?
SEPULTURERO.—Sí, tenía la voz muy bonita, como la de mi difunta esposa.
CAPULETO.—
Os tengo. Sé exactamente lo que pretendéis hacer vos y vuestra misteriosa secretaria antes de visitarme en la comisaría. Sin saberlo, me acabáis de proporcionar la idea más fabulosa que jamás concebí. Por fin, y de una vez por todas, resolveré el conflicto que arrastran hace siglos nuestras familias. Y de paso, acabaré con vos.

Acto I
Escena 48
(En el interior del Gran Teatro Curtain. 23:57, la Obra del Siglo a punto de comenzar. Entre bastidores, Duncan, Malcolm y Romeo forman el gabinete de crisis)

ROMEO.—PERO MI dama hubiera querido que al menos uno de nosotros actuase sobre las tablas.
DUNCAN.—Y no os estamos diciendo que no lo vayáis a hacer.
ROMEO.—¿Cómo?
DUNCAN.—Ya se busca a Julieta por tierra, mar y aire, así que es probable que la encontremos sana y salva. Y pronto.
ROMEO.—Dios y la providencia os escuchen.
MALCOLM.—Romeo, la obra en sí ya es extensa. Cuenta con cinco actos y es factible alargarla a nuestro antojo aún más con el pretexto del preestreno.
ROMEO.—Entiendo.
MALCOLM.—Podemos prolongar los entreactos para dar margen a Julieta para volver. De todos modos, a lo mejor no haga falta ni que la encuentren.
DUNCAN.—Quizás reflexione y entienda que su lugar está aquí.
ROMEO.—Pero es importante que yo suba al escenario…
DUNCAN.—Callad, querido Romeo, y confiad en el que os habla y que ostenta nevados los cabellos. No estáis en condiciones y sería contraproducente.
ROMEO.—¿Por qué?
DUNCAN.—A la velocidad del pensamiento habéis perdido vuestro brillo y, si me apuráis, el estrecho margen de cordura que permite el AMOR.
MALCOLM.—En una obra polícroma moderna, el protagonista no puede evolucionar en gama de grises y sepias, como todo era antiguamente.
DUNCAN.—Se notaría mucho la diferencia entre vuestra interpretación y figura, por un lado, y la pregrabada de la bella Julieta que estética y técnicamente raya la perfección.
MALCOLM.—Dad ahora un paso atrás en solitario para que, si todo sale bien, podáis dar otro hacia delante antes de que termine la obra.
DUNCAN.—Con suerte los dos, los Amantes del Mundo.
ROMEO.—De momento, largas son las horas tristes.
DUNCAN.—Está decidido entonces. Una vez comience el primer acto voy a encargarme de traer a la niña de incandescente belleza hasta aquí.
MALCOLM.—Romeo, ahora hablaréis con el jefe de seguridad facilitándole toda la información que este os requiera sobre Julieta.
ROMEO.—Quien súbitamente queda ciego no puede olvidar el precioso tesoro de su vista perdida.
El productor contactó en ese momento con el coordinador de escena:
DUNCAN.—Todos a sus puestos. Que activen el velo láser que impida grabar la representación desde las butacas. ¡Que apaguen las luces! ¡Que empiece la función!

Acto I
Escena final
(En el interior del Gran Teatro Curtain. 23:58, la Obra del Siglo a punto de comenzar)

LAS BUTACAS del patio del teatro oval así como los anfiteatros se habían llenado en pocos minutos. Desde su posición, Hamlet pudo ver cómo el inquietante Macbeth se escondía en un apartado rincón. A su lado había un asiento vacío. Al parecer, su esposa no había podido asistir a la gala por enfermedad. También divisó a la controvertida Desdémona, ebria de nuevo. Al pasar por donde se encontraba le guiñó su único ojo. El teatro se llenó de críticos, infinidad de periodistas, artistas, celebridades y políticos de primera magnitud.

HAMLET.—¡Calla, confiesa, ahora y aquí! —Y empleando un registro nunca usado hacia su asistente, escupió—: ¿DESDE CUÁNDO CONOCES AL BUEN DUNCAN?
YORICK.—No preguntaste, por lo que no te he mentido.
HAMLET.—¡Ese es un argumento miserable!
YORICK.—Como intuyes, te suministro la información de modo que la puedas asimilar. Sí, conozco a Duncan, trabajé con él.
HAMLET.—Continúa.
YORICK.—Te lo contaré todo con el grado de detalle que necesites, pero no ahora. En segundos se apagarán las luces.
HAMLET.—Para nosotros la obra es lo de menos.
YORICK.—No podemos arriesgarnos a que entre el público se encuentre un asesino. Por eso necesitas un arma de fuego.
HAMLET.—¿Y…?
YORICK.—Y vamos a ir a buscarla ahora, pero esperemos a que se abra el telón. De esa manera todos te creerán aquí, incluyendo al misterioso portador de la muerte, si es que está aquí.

Las luces principales se apagaron. El público, nervioso, empezó a acallar su sordo rumor. La mortecina iluminación secundaria le permitió divisar la gran silueta de Malcolm en la entrada. Recorrió rápidamente el pasillo y se instaló en su privilegiado asiento, junto al escenario. Hamlet percibió ausencias, Duncan y Romeo. Luego, lamentó no poder disfrutar de la obra.

HAMLET.—Las pinturas de la imaginación comenzarán ahora a cobrar vida.
Esta no es mi función, ¡pena-injusticia!: breve la vida e infinito el Arte.
YORICK.—Entonces, me temo que será el momento de marchar.

Dentro del Curtain, toda luz fue velada. Quedaron a oscuras y en silencio. Nadie se atrevió a mover un músculo. Comenzaron a sonar los acordes de una guitarra española que constituirían el inicio de una melodía asombrosamente bella.

HAMLET.—
Bellísima hasta rozar el dolor, adopta el nombre de la Obra del Siglo. Sus áureas notas mueven mis fibras. La Felicidad viaja en sus ondas: superlativas, la niñez reviven. Arrulla los ecos del corazón, su mágico conjuro nos posee.

Cuando por fin el crítico pudo emerger de ese nirvana percibió algo a su alrededor. Una suave iluminación que procedía del escenario iba aumentando en intensidad; era una especie de aura que alimentaba aquella atmósfera de irrealidad, del más dulce de los sueños de la infancia. La melodía seguía sonando y, acompañándola, un cantante de voz grave decía:

«Charlize, cuando hacíamos el AMOR solías llorar…»

Como ya hiciera esa misma tarde en Madrid, Hamlet Gibson levantó la cabeza. Trazó con sus esferas húmedas una trayectoria oval, siguiendo los anfiteatros del recinto; explosionaron ante él en forma de cientos de emociones puras.

YORICK.—El teatro entero…, todos y cada uno de los seres humanos aquí presentes ¡estáis llorando!, destilando un mar de emociones nunca visto. Estoy sorprendidísima. A nivel individual todos parecéis estar alcanzando las más altas cotas de emoción de vuestras vidas.
HAMLET.—Y con el telón todavía abajo.
YORICK.—¡La reacción del público es formidable! Lo ha conseguido. El viejo zorro de Hopkins ha conseguido la quimera de cualquier artista: ¡que su obra incida directamente en las emociones del receptor!

Cuando la canción terminó, todavía hubieron de transcurrir unos minutos para que se fueran sedimentando tan intensas emociones. Entonces, el telón comenzó a abrirse.

YORICK.—Perdona que insista, pero te recuerdo que cuando se apaguen las luces de nuevo, hemos de salir.
HAMLET.—O actuará el vil asesino de Hamlets.


Acto Segundo

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