Primeros Capítulos

Personajes principales
LEAR (†): Rey legendario. Sus gestas viven en el imaginario colectivo.
HAMLET O. GIBSON: Crítico teatral, pareja de Ofelia.
OFELIA HEPBURN: Noble danesa, pareja de Hamlet.
YORICK: Exajedrecista, secretaria de Hamlet Gibson.
SIR HAMLET OLIVIER (†): Informático, padre de Hamlet.
OTELO W. FISHBURNE: Neurocirujano, esposo de Desdémona.
DESDÉMONA JOHANSSON: Químico, esposa de Otelo.
RODRIGO TARANTINO: Taxista, enamorado de Desdémona.
ROMEO MONTESCO DICAPRIO: Actor, pareja de Julieta.
JULIETA CAPULETO THERON: Actriz, pareja de Romeo.
TEOBALDO CAPULETO DE NIRO: Policía, primo de Julieta.
MACBETH NORTON: Guionista teatral, protegido de Duncan.
DUNCAN HOPKINS: Productor teatral, padre de Malcolm.
MALCOLM H. LUDGREN: Director teatral, hijo de Duncan

Acto I Escena 1

(Siglo XXI, Madrid.  Noche del fin de los tiempos. Gloriosa fortaleza de Urk-Ubar)

EL TAXISTA volvió a tocar el claxon de su antiguo Volvo. Fuera, caía una manta de agua bajo la bóveda metálica madrileña.

Hamlet dejó atrás el cuerpo desnudo y ensangrentado de la chica. Por su bonita espalda se derramaban gotas color escarlata. Descendió nervioso con su maleta rebotando en los peldaños de granito del torreón. A grandes zancadas, recorrió el patio de armas acristalado. Aquella noche, ecos luminosos de la tormenta le llegaron a través de las vidrieras góticas del castillo.

Se refugió unos instantes en un aseo de la planta inferior. El espejo le de­volvió un rostro moreno, de rasgados ojos claros. Su reflejo estaba devastado por la angustia, superado por los acontecimientos, envuelto en un fulgor de destrucción. El crítico teatral, de viva voz:

-¡Atado estoy a una rueda de fuego! Mis lágrimas caen cual plomo fundido.

Con la toalla limpió la sangre que había salpica­do su mejilla. En la ventana, extrañas auroras boreales pintaban con luz de fuego formas inauditas sobre el lienzo de las nubes. La violencia perturbadora de los truenos amenazaba la integridad del glorioso castillo de Urk-Ubar como si este, en verdad, fuera de naipes.

Un pitido, un mensaje en su teléfono. La sensual voz de su secretaria, la señorita YORICK, lo distrajo:

¡Vamos, HAMLET GIBSON! El avión despegará pronto.

¡Basta!

Vas justo y Madrid está sometido a condiciones atmosféri­cas anómalas. Insólitas, diría yo.

Esta es la noche del fin de los tiempos.

Y si no es así, lo parece. Nos azota una borrasca mons­truosa. Además, la Tierra se ve hostigada por una tormenta solar de dimensio­nes nunca vistas.

Obvia narrarme los hilos del Fin. ¡No me interesan!

Estoy acostumbrada a tu falta de juicio, querido amo.

¡No me etiquetes «amo», so insolente! —rugió Hamlet dirigiéndose hacia la puerta.

Esto sí debería importarte, aammoo…

A reyes tal tratamiento, ¡bufona!

—… Recuerda anotar la contraseña antes de salir y, por si acaso, memorízala.

Ella susurraba implacable a través del piercing electrónico de su oreja. Él, obediente solo a medias, apuntó la clave alfanumérica que ella le dictó. Tomó su teléfono, activó la alarma, cerró el sólido portón y dejó atrás la fortaleza. Ya fuera, lo esperaba la noche más infernal que jamás contempló. Antes de abandonar el pórtico gótico hacia el automóvil que lo aguardaba, dudó pensando en su chica, en OFELIA HEPBURN…

¿Maté o no maté? Tal es la cuestión.

Levantó la cabeza y trazó con sus ojos vidriosos una trayectoria cóncava, siguiendo el enorme orbe celestial que se desmoronaba ante sí. De viva voz, con todas sus fuerzas:

—HOY LLEGÓ EL DÍA DEL JUICIO FINAL.

Bajo la cegadora fluorescencia de los relámpagos el crítico salió corriendo hacia el taxi.

Acto I Escena 2

(Paraje de Urk-Ubar. Mientras tanto, el taxista Rodrigo llegando al castillo de Hamlet por una vereda fantasmagórica. Minutos después, su cabeza, separada del resto de su cuerpo, albergaría un último pensamiento)

RODRIGO TARANTINO echó un trago y arrojó la botella al suelo del au­tomóvil. Aceleró y cubrió el perímetro de un cementerio donde jamás quisiera ser enterrado. El taxista pensó ofuscado y borracho:

¡Malditos bastardos ricos! No viviría aquí ni por todo el oro inglés. ¡Buff!, ¡los cielos escupen fuego! Todo será barrido.

El inquietante entorno le desconcertó. Rocas zoomorfas, enebros sin alma, cielos infernales. Usó la tracción eléctrica, para no despertar a los monstruos invisibles que habitaban ese paraje lúgubre. Al otro lado de la arboleda de ultratumba irrumpió el majestuoso Pantano Negro. Su neutra opacidad parecía traída de los umbrales más oscuros del universo.

Nada mella la textura de su superficie: ni luz, ni lluvia. En sus profundidades abisales moran inconcebibles criaturas.

Divisó luz. Manaba de las antorchas encastradas en los muros. Aparcó en la explanada, junto al portón principal del castillo. Cuando tocó el claxon por primera vez, desconocidas aves levantaron anfibias el vuelo rumbo al espejo del pantano, atravesando la cortina de agua.

—Pero… ¿¡qué diablos…!?

Nadie dio señales de vida. Repitió la operación y esperó. Al fin apareció en el zaguán un hombre de mediana estatura, robusto, moreno y barbado, quizás atractivo, que había visto un par de veces por televisión. Vio cómo se detenía y gritaba:

— HOY LLEGÓ EL DÍA DEL JUICIO FINAL.

Bajo la cegadora fluorescencia de los relámpagos el crítico teatral Hamlet, salió corriendo desde el portón de su castillo hacia el taxi.

 

 

Acto I Escena 3

(Hamlet, abandona su castillo madrileño y entra en el taxi bajo la lluvia torrencial)

—BUENAS, SOY Rodrigo Tarantino. Esta noche las horas parecen deslizarse perezosas.

Hamlet se acomodó en su asiento. Al entrar en su órbita lo detectó: apesta­ba a alcohol. Examinó los rasgos peculiares del tipo que regentaba el vehículo. Parecía que acabara de tomarse una cucharada sopera de wasabi, el fuerte condimento japonés. Encaramado en su prominente mandíbula parecía tan perplejo como otros que le precedieron. A través de su auricular bluetooth escuchó a su secretaria, la señorita Yorick:

—Hamlet: nadie es inmune a la poderosa emanación de irreali­dad que orla tu castillo.

Movido por una vieja costumbre, el crítico tendió al piloto su tarjeta a través de la rendija del cristal antibalas. Después se ató en su asiento y dijo:

—Buenas noches, buen señor: aeropuerto.

El taxista miró la cartulina, la introdujo en una funda metálica y la guardó en el bolsillo. A través del retrovisor captó otro detalle: lágrimas negras tatuadas en su mejilla. Hamlet pensó:

Pobre, otro reflejo de los cielos. Detenido en el tiempo su dolor.

—Tengo otro servicio pronto. —Los ojos del taxista brillaron. A continuación, añadió: —Esta noche despiadada en la que los vientos rugen, muchos quieren huir.

Arrancó veloz el modelo híbrido y pisó a fondo. Atravesaron la senda del pantano bajo un mar de fuego. En el exterior, la fuerza de los elementos, esa atmósfera irreal que poseía la intemperie endemoniada. Hamlet compartía asombro por el inaudito colorido de las auroras boreales desplegado sobre la vertical. Escuchó ca­rraspear a su secretaria. Él pensó:

¡Buff! Ni bajo las aguas se callará.

—Tranquilízate. —Dijo ella.

—¿Tranquilo? ¡No! Enfunda tus consejos. —El taxista pensó que hablaba por teléfono.

—Te dejaré hasta que me necesites, es decir, en breve in­tervalo, amo.

Su mirada exploró el interior del automóvil mientras tomaban la vía principal: alfombrillas sucias, comida, botellas por el suelo. Todo aliñado con el pestazo etílico, configurando la pocilga del habitáculo. Enfocó a los dígitos violáceos bajo el taxímetro:

17 Horas 49 minutos

Otro detalle llamó su atención, algo que no debería estar allí: una estampa que el individuo tenía pegada al parasol. Una joven rubia. Resplandecía. Pensó al respecto:

Una atractiva cliente, ¡de infarto! ¿Es ella la culpable de sus lágrimas?

La chica había sido fotografiada en el mismo asiento que él ocupaba. Como en un juego de muñecas rusas, a su vez la retratada ostentaba un detalle que  tampoco encajaba: un parche en su ojo izquierdo. Desenfocó la mirada de la fotografía y volvió a posarla en otros dígitos del salpicadero. Cifra y verti­ginosa sensación vital concordaban:

146 millas/hora)

Sin previo aviso le llegaron las recientes imágenes de pasión con Ofelia en el castillo. Emulando a pequeña escala las monstruosas descargas eléctricas de la tormenta exterior, sacudieron su cerebro.

Suave, brillante, su cuerpo desnudo. Mis dedos gobiernan de ella el placer. Mis falanges envolventes se acoplan, curvas divinas, etéreas también. En primer plano la daga danesa. Su doble hoja, los gritos, ¡pavor…!

 

Acto I Escena 4

(Media hora más tarde. En un portal de un barrio de Madrid una atractiva rubia, ¡de infarto!, con complemento pirata en el rostro, juega impaciente con su encendedor)

LA BIOQUÍMICA DESDÉMONA JOHANSSON, cobijada en el portal, intentó encender su cigarrillo. Rendido a la humedad su mechero infalible dejó de serlo. El clima continental de la ciudad, también. Dentro de su rubia cabeza…:

¡El Apocalipsis! ¡Monstruosa tormenta y auroras envenenadas que nos lanza nuestro sol!

De mediana estatura, la mujer lucía poderosas formas femeninas. Su indumentaria contrastaba con la inclemencia despiadada de ese ano­checer: pamela de ensueño, tacones fantasía de cinco pulgadas tapizados de leopardo. A juego, ropa interior y parche de su único ojo. Sobre su lencería, la seda del vestido le caía perfecta. Ella, siguió pensando…:

Repite conmigo: Te diriges rumbo a Londres, a una premier teatral; NO a las carreras hípicas, no a una competición de pamelas estratosféricas.

Encorsetó con la mano sus salvajes cabellos áureos dentro de la juris­dicción del sombrero. Después, por tercera vez, miró inquieta su reloj. Por tercera vez extrajo el teléfono del bolso y, por tercera vez, el resultado fue el mismo tras llamar a su taxista de cámara:

«NO DISPONIBLE, APAGADO O FUERA DE COBERTURA».

Al fin, de viva voz:

—Algo terrible le ha sucedido a Rodrigo Tarantino. Lo intuyo…, lo sé.

 

Acto I Escena 5

(Hamlet sale de su castillo. Ignora si su pareja, tras su encuentro amoroso, vive o muere. A bordo de un taxi veloz, regentado por un extraño individuo, viaja rumbo al aeropuerto. El taxista exhibe una foto de su amor platónico, una rubia atractiva, tuerta, cliente habitual que lo espera…con un mal presentimiento. Fogonazos y auroras a baja latitud de la tormenta solar, así como la ciclogénesis explosiva asolan la Tierra.

PODEROSAS DESCARGAS emocionales, le sacudieron. Recordaba lo recién vivido, emulando la tormenta. La mente del crítico teatral, recrea el violento éxtasis con Ofelia.

SU CUERPO aparece desguarnecido. Robustas mis manos ensamblan bien, en sus artísticos pechos perfectos. Doble hoja, pavorosos los gritos. En relieve, luz de acero danés, …

Sin embargo, sus convulsiones lo devolvieron al aquí y al ahora. Vomitó y se limpió. En sus ojos se reflejó rauda la insólita iluminación de los cielos. El taxi devoraba la carretera a velocidad vertiginosa. El crítico teatral, queriendo alejar lo recién sucedido en el castillo Urk-Ubar, decidió interrogar a través del auricular-micro a su invisible secretaria, Yorick:

—¿Encontraré a ese malvado demonio? ¿A él?

—¿Si coincidirás en Londres con el asesino de tu padre?

—Habla y hazlo rápido, ¿sí o no?

—Tus piruetas lingüísticas no funcionarán.

—Inténtalo.

—¿Cómo podría saber eso si ni siquiera conocemos la identidad del que perpetró el vil crimen? Lo siento, Hamlet.

El Volvo encaró la M-60 penetrando a través del espeso telón de agua y fuego. El pasajero quedó pensativo, intentando ubicarse:

Si es que escapamos, turbia nochecita. Si es perseguir, ¿a quién? ¿A qué? ¿A ÉL?

Un súbito fogonazo iluminó el oeste diez milésimas de segundo; al llegar, su indi­visible tsunami sónico hizo vibrar las ventanas hasta el exigente límite de su control de calidad sueco. Él volvió a escuchar la voz de Yorick en su oído:

—Apocalíptica noche para escapar de esta realidad.

—Descarta distraerme con el tiempo, es inútil.

—Ahora me soltarás paranoico que nos persiguen o delirio similar.

Hamlet, curioso, se volvió y confirmó:

—En la lluvia vislumbro faros cerca, brillan tras el taxi, brillan aquí.

—Pues será un Fórmula Uno; el vehículo casi vuela.

—¡Así es!

—Un efecto óptico alimentado por tus fantasmas.

—¡No!

—Nadie conoce los datos exactos de tu reserva del vuelo: telemá­tica, sin ninguna intervención humana.

—Entonces, ¿quién…?

El taxista gritó, movilizan­do todas y cada una de sus extrañas facciones:

—¡ESE HIDEPUTA NOS DARÁ POR DETRÁS!

Una bandada de alondras pasó fugaz por delante del parabrisas. Los peores presagios de Hamlet atravesarían el umbral de la realidad. Una cabeza humana, también. Tras el primer impacto, los violentos bandazos disolvieron sus pensamientos. Se estrellaban.

Acto I Escena 6

(Madrid, minutos después:  En un bar, frente a una ginebra, un inspector de policía llamado Teobaldo Capuleto de Niro, recibe un mensaje en su teléfono móvil)

GRAVE ACCIDENTE DE TRÁFICO CON RESULTADO DE MUERTE. LA TRIANGULACIÓN DE LA SEÑAL DE UN TELÉFONO MÓVIL APUNTA AL KM 93,2 DE LA M-60. SE TRATA DEL DISPOSITIVO RELACIONADO CON EL EXPEDIEN­TE 094859345B/2023 (CASO ABIERTO). ES PROPIEDAD DEL CRÍTICO TEATRAL HAMLET GIBSON. PERSONAOS.

TEOBALDO CAPULETO, de ascendencia italiana, baja estatura y hosco carácter, leyó el mensaje. Luego, pagó arrojando un billete arru­gado sobre la barra. Mientras se enfundaba la gabardina y calaba el sombrero esperó las vueltas. Llegaron a bordo de la sonriente camarera. Recogió hasta la última moneda y se largó sin despedirse.

En la calle descubrió los cielos inflamados de fuego. Subido sobre su mirada vacía tomó a su vez su vieja ranchera color café para dirigirse al lugar del accidente. Entonces pensó:

Entre los hierros encontraré el cadáver del hijo de SIR HAMLET OLIVIER. El padre, al que se vinculó con los servicios secretos británicos, murió in­toxicado de forma fortuita. Extraoficialmente… se trató de un asesinato en primer grado, aunque nunca se pudo demostrar. ¿Existe conexión con este accidente mortal?

Sus limpiaparabrisas no podían absorber el caudal de agua que se de­rramaba de los cielos. Al cabo de doce minutos divisó con dificultad las luces de los coches de policía, ambulancias y bomberos. Aminoró la ve­locidad en una autopista casi desierta y vio con más nitidez el dispositivo desplegado.

 

 

Acto I Escena 7

(Minutos antes. Hamlet, dentro del taxi, a toda velocidad por la M-60 madrileña. Los peores augurios se adentran en la realidad: bajo la espantosa precipitación, otro coche los golpea por detrás)

LOS VIOLENTOS vaivenes desintegraron los pensamientos del pasajero. El taxista…:

—¡¡Nooo… ggh!!

Mientras se estrellaban, los últimos pensamientos del conductor, justo antes de morir…:

()«¡MALDITO CANALLA! NO PUEDO CONTROLARLO. ¡¡CUIDADO CON ESA PLANCHA DE HORMIGÓN!!, GIRA, VENECIANO, ¡¡GIRA YA!! ATRAVESARÁ EL PARABRISAS, NO, NO,¡ES EL FIN!! OS QUIERO, MISEÑORA. DESDÉMONA, ¡¡NOOO…! GGH ¡OS QUIERO…!»

Negro.

(Lluvia repiqueteando sobre el metal)

El escalofriante alarido, el sabor salado de la sangre en sus labios y el humo hicieron emerger al crítico de su aturdimiento que pensó:

Aquí mismo oí un aullido quebrado. Un extraño desconcierto me invade.

Todo seguía oscuro. Apenas podía moverse entre los hierros. Notaba a su lado la calidez aterciopelada del airbag. El impacto había sido de gran calibre, sentía su cuerpo dolorido. Yorick, su secretaria habló sin distorsionar su dulce voz, pero ele­vándola por primera vez.

—¡Hamlet! He escuchado lo sucedido. Al igual que tú, tampoco puedo ver nada. ¿Estás bien? … ¿¡PUEDES OÍRME!? …en ese modelo de automóvil encontrarás un pequeño extintor bajo tu asiento. ¡Úsalo hacia la fuente de calor! … Existen llamas: lo sé porque oigo su crepitar. ¡RESPÓNDEME!

 

Acto I Escena 8

(Un rato después. En un portal madrileño, la atractiva bioquímica Desdémona, sigue resguardada esperando a su taxista habitual. Éste no responde a sus llamadas y ella intuye algo siniestro. Esa noche volará a la capital de Inglaterra, para asistir al estreno de la Obra Teatral del Siglo)

ENFURECIDA, GOLPEÓ su teléfono varias veces contra el marco metálico del portal. Luego, arrepentida, acarició el terminal en la zona de los impactos. Extrajo temblorosa del bolso un pastillero y tragó sin agua dos comprimidos.

Para no perder su vuelo, decidió llamar a otro taxi. Ya de camino se frotó la cuenca vacía a través del parche y recordó a su marido, Otelo: célebre neurocirujano, conservaba con auténtico mimo su ojo izquierdo en helio líquido. Ella pensó:

Sé que me confiscó mi órbita ocular… por puro AMOR. Amadodiado esposo: Vol­veremos a encontrarnos pronto… ¿En Londres? Otelo, ¿dónde estás? —se preguntó. El nuevo taxista aceleró— Quizás todavía llegue, pero solo si la espantosa tormenta ha provocado un retraso en los vuelos.

 

 

Acto I Escena 9

(Minutos antes. Volviendo al taxi recién accidentado, entre los hierros retorcidos. A través del auricular, la secretaria de Hamlet le indica que priorice y sofoque las llamas. Él, no responde…)

HAMLET RECOBRÓ la plena consciencia. Sintió un objeto viscoso y pesado que presionaba sus rodi­llas, empapando los pantalones. Mantuvo los párpados cerrados por el humo. Yorick, aliviada, le volvió a indicar dónde podría encontrarse el extintor del vehículo.

Extendió con dificultad el brazo derecho y palpó durante medio minuto: nada. Por fin halló un cilindro metálico en el lugar que su secretaria le había indicado. A ciegas descargó toda la espuma que contenía por el habitáculo. Empezó a toser. A través de una fisura de la puerta, descuader­nada por el impacto, el habitáculo se despejó poco a poco. Abrió lentamente los párpados y lo vio. Con la serenidad que le caracterizaba, ella dijo:

—Yo también puedo verlo a través de las lentillas de tus ojos. Mantente tran­quilo.

Hay escenas terroríficas que, desafiando los sutiles mecanismos del olvido, se instalan para siempre en tu cerebro: la cabeza sanguinolenta del conductor, todavía borboteante, le miraba apacible desde su regazo. Hamlet devolvió la mirada a esos ojos sin alma. Luego pensó:

Liberado del ardor del wasabi, es hora de que descanséis en paz. Del desamor quedáis ya liberado.

Los labios amoratados del taxista todavía dibujaban la última silaba que pronunciaron, ya lejos de su cuerpo: «¡… NOOOO…!». Su secretaria dijo:

—Al margen de esta terrible situación, ¿cómo te encuentras? Es obvio que no podemos hacer nada por el taxista. En otras circunstancias, el desfibrilador del teléfono podría…

El crítico atrapó las palabras de ella. Aún flotaban atrapadas en la densidad del humo.

—¡Cállate ya, Yorick! No, no estoy bien.

—Temo que la obsesión con la muerte de tu padre te enloquezca. Esa malvada persona…

—¡Detente ya! ¡No es de carne ni inspira! ¡No respira ni alberga un corazón!

—Ambos nos referimos al asesino, ¿verdad?

—Él no está hecho de vulgar materia. Mortal ni dios, nada lo detendrá.

—Sabes que no puedo suscribir tal teoría. Centrémonos ahora en conseguir alcanzar tu vuelo. El estreno teatral del siglo espera.

El cadáver carbonizado y decapitado del conductor presidía el vehículo. Nunca hubiera imaginado que, en unas horas, habría de profa­nar la tumba del jinete guillotinado. Su sórdida estampa, la espantosa negrura exterior, el dolor que a él le atenazaba terminaron por desatar sus nervios. Gritó, dirigiéndose al invisible asesino de su padre:

—ESPERO IMPACIENTE: ¡VEN A MATARME!

 

 

Acto I Escena 10

(El crítico Hamlet se dirige a Inglaterra a una premier teatral, excusa, en verdad, para desentrañar el asesinato de su padre, Sir Hamlet Olivier. Su taxi hacia el aeropuerto se estrella. El piloto muere decapitado. En paralelo, la esposa del celoso Otelo, Desdémona, cliente habitual de dicho taxista, toma otro vehículo para tomar también el vuelo rumbo a Londres. Mientras, en la autovía de circunvalación M-60…)

DESPUÉS DE impactar contra el taxi y sacarlo de la M-60, el Fiat Cassio derrapó, pero,  con asombrosa pericia consiguió recuperar el control y seguir su camino.

No hubo testigos.

Aquella noche infernal, la lluvia torrencial, el colosal aparato eléctrico y los cielos inflamados de color, originados por la tormenta solar, hacían que las carreteras estuvieran casi desiertas. El paracho­ques del vehículo se había desprendido y arrastraba por el asfalto. Dos millas después, el automóvil tomó la siguiente salida y se perdió por las vías secundarias.

 

 

Acto I Escena 11

(Arcén de la autovía, junto a ambulancias del servicio de Urgencias y a un camión de bomberos. Someten al crítico teatral a una compleja operación de excarcelación. Mientras, él retoma el hilo de sus pensamientos, justo antes del choque mortal, rememorando lo ocurrido con Ofelia en su castillo)

LA GOTA escarlata cae por su espalda, surca su dermis y alcanza el dragón sobre sus nalgas así tatuado. —Al salir del recuerdo se volvió a preguntar: —Maté o no maté, tal es la cuestión.

En una de las ambulancias restañaron sus heridas. Se aseó y cambió de ropa. Luego, habló con la Guardia Civil de Tráfico. Su asistente, Yorick, repitió lo que al crítico le habían dicho:

—Así que tienes que esperar a un inspector llamado Capuleto.

A pesar de las advertencias de sanitarios, policías y de su secretaria, Hamlet salió a llamar. Bajo un paraguas, los cielos se derramaron sobre él. Contactó con su madre —Gertrudis Close— para contarle lo ocurrido. Aseguró que estaba bien y manifestó sus sospechas: la muerte de su padre no había sido acci­dental. Incrédula, concluyó:

—¡Es una invención más de vuestro cerebro! — Hamlet, colgó a su madre furioso. De forma instantánea se restableció el contacto con Yorick. Esta le detalló:

—La valla contra la que chocasteis cortó el parabrisas, la cabeza del conductor y la mampara antibalas. Así llegó a ti la…

—… La peculiar cabeza del taxista.

—El extintor y la fortaleza elástica del coche te salvaron.

—¿Eso crees?

—Lo deduje todo antes de verlo a través de tus ojos: brusco crujido orgánico, suave fluctuación de tu voz al soltarle a tu madre…

—«… ando yo todavía de una pieza».

—Eso es. Además del obligado silencio del conductor.

Él soportó paciente la obscena exhibición de musculatura intelectual de su secretaria.

—Ganas de mandarte a un lugar viscoso. —Rematando hacia adentro: —Modula, sofoca, tan ruin pulsión. Ella ha salvado tu cuello, admítelo.

—Qué amable. Insisto: ¿te encuentras bien?

—Solo un rasguño decora mis labios.

Una desvencijada ranchera color café aparcó en el arcén. De ella descen­dió un tipo que parecía italo-americano, de pequeña estatura pero robusto, nariz grande y penetrantes ojos castaños. Calándose el sombrero y abrochando su gabardina se dirigió a grandes zancadas hacia Hamlet. A través de sus intralentillas, la etérea secretaria detectó:

—Ahí viene: el detective de policía Teobaldo Capuleto de Niro.

Cuando Hamlet lo tuvo más cerca intentó leer su alma en sus facciones y modos; pretendió adivinar lo que sentía o pensaba. Sin embargo, en esa ocasión no obtuvo resultados.

Un fuego que camina ya ha llegado. —El policía dijo:

—Inspector Capuleto: dirijo esta investiga­ción. ¡Identificaos!

Hamlet extrajo otra de sus tarjetas y se la entregó al policía. Este, sin mirarla, la guardó.

Hamlet Gibson

Crítico teatral

reydeunespacioinfinito@hamlet.com

—¿Enemigos? —preguntó a quemarropa—: ¿Alguien os qui­siera bajo tierra? ¡Hablad!

—¿Enemigos, adversarios, señor? ¿Qué sé yo?

—Probad.

—Que yo recuerde ninguno… No sé…

—¿Tenéis prisa?

—Una nave me espera, disculpad. Sin duda, él estudia mi reacción.  —La respuesta no debió de ser todo lo templada como para superar el detec­tor de mentiras que escondía su mirada.

—Me han dicho que si no usáis el extintor vuestros restos cabrían en un cenicero. ¿Cómo lo localizasteis tan raudo? —Yorick escuchaba por el auricular. Susurró a Hamlet:

—Aguanta el chaparrón callado. Bien…, respira… así… eso es.

—Fuisteis muy rápido…

—Sí.

—Bueno, da igual. Si vais a abandonar el reino exijo conocer destino y fecha de regreso.

En ese momento cayó un rayo en un campo cercano lindante a la M-60. Un enorme árbol centenario ardió. Hamlet dio un respingo. El inspector volvió la mirada un segundo para, posteriormente, permanecer impasible. Ella volvió a murmurar:

—Ni haz de protones, fenómeno extremo o señal apocalíptica le impedirán obtener respuesta. —Algunos bomberos empezaron a moverse, aunque la fuerte precipitación sofocaría el fuego en cinco minutos. Al fin el crítico respondió al detective.

—Viajo a Londres esta noche infernal. A la Obra del Siglo me invitaron. Algo jamás visto sucederá. —El policía torció la boca y escupió:

—No me gustáis. Tampoco vuestro padre cuando, a pos­teriori, conocí su trayectoria.

—¿Cómo…?

—Busco conexión entre todo esto y su muerte.

—Sigue sereno. —Sugirió su secretaria en voz baja.

—Es obvio que algo me ocultáis; eso me genera reflujo y el reflujo me sulfura.

El azufre interior os envenena. —Pensó Hamlet.

—Un simple accidente de tráfico con fuga y macabro desenlace no me haría mover ni un pelo de mi cabello. —Ella seguía monitorizando la conversación. Volvió a susurrar:

—Ya termina el interrogatorio. Has aguantado bien. —Capuleto, mientras, ordenó:

—Tenéis doce horas para regresar a Madrid. Mañana por la mañana volveremos a vernos.

Hamlet tendió la mano al policía. Él la miró indiferente, se dio media vuelta y marchó. Cuando vio que su coche tomaba de nuevo la autovía, alguien volvió a hablar. La señorita Yorick quiso rebajar tensión:

—¡Valiente cretino! Que no te afecte: no merece la pena.

—¿Que Capuleto conoció a mi padre?

—Quizás solo por referencias, no creo que en persona. En estos momentos intento averiguar la conexión entre su asesinato y este supuesto accidente si la hubiera.

—Y…

—¡Bien! Ya he conseguido el número de expediente del caso: 094859345B/2023.

—¡Olvida las cifras, dame sus letras!

—Tendrás el nombre de su asesino, paciencia.

—La paciencia no se pide, ¡se forja!

—No seas estúpido y escucha: se trata del expe­diente policial de su caso. Por eso Capuleto conoció su figura, la de tu padre: fue el subinspector al mando de la investigación.

Uno de los agentes se ofreció a llevarle al aeropuerto. Quizás todavía pudiera llegar, pero solo si la espantosa tormenta hubiera originado un retraso en los vuelos. Cuando se metía en el automóvil, Hamlet volvió a cuestionar lo que le estaba ocurriendo:

¿Qué es lo que está sucediendo en verdad? ¿Soy el perseguidor o el perseguido? ¿Ambas circunstancias son excluyentes?

 

 

Acto I – Escena 12

(Hamlet aprieta el paso por la T4 del aeropuerto de Madrid.Camina inquieto, mira atrás…)

—TRANQUILO: NINGUNA persona te sigue. Lo acabo de comprobar. —Dijo Yorick

—¡Al oscuro diablo me refiero! ¡La entidad no es de carne, no respira!

Ambos acusaron un trueno explosivo. Su vibración sacudió los pilares del aeropuerto como ya hiciera con los de la fortaleza Urk-Ubar. Hubo gritos y ruido de cristales quebrados pero, tras el susto inicial, la vida en el aeropuerto continuó su curso.

—Sangre resbala lenta por mi mano. El rojo es de crítico o de taxista.

—…O de tu pareja, Ofelia… en vuestro castillo. ¿Está bien? —Sorprendió la secretaria.

Yorick es tan lista como insolente.

—¿Callas?

—Voy al aseo. A lo último no contestaré.

—Tienes un minuto para consumar los experimentos quí­micos ilegales… que maquinas.

Tras limpiarme ingeriré un fino cóctel: Valium, dos aspirinas y un gløgg nórdico.

—¿Vino especiado danés? Te conozco bien. Por eso también noto que sigues tenso.

—La tormenta del alma me atormenta.

—¿Más que el desgarro celeste exterior? —Entre la desazón y la ira remató:

—La atmósfera muerde furiosamente, pero el Cosmos hostil empieza en mí.

—Como nada podría superar eso, desconecto. Jefe: haré mi llamada rutinaria a la Central para informar del incidente y recabar más información: mi obligación es protegerte.

Hamlet salió de los aseos ya cargado y se dirigió directo al control de pasajeros. La aeronave estaba a punto de levantar el vuelo, con o sin él. Fue entonces cuando la divisó… por segunda vez: la rubia espectacular de salvaje belleza. Llevaba un aparatoso portasombreros y entró en escena nerviosa. Avanzó en su dirección sobre unos elevados tacones revestidos de piel de leopardo. Sin embargo, nada de lo descrito eclipsaba su rasgo más significativo y exótico: su parche en el ojo izquierdo.

 

 

Acto I Escena 13

(Una hora después, en un lujoso barrio londinense. De ascendencia italiana, el actor del momento: rasgados ojos claros, flequillo rebelde, aspecto de eterno adolescente y flaca figura de seis pies. El septuagenario productor de la obra teatral que se estrenará esa misma noche, le pide un favor a través de un mensaje)

ROMEO DI MONTESCO DiCaprio, un apuesto joven estadounidense, salió del garaje de su casa de Kensington. Bajo la lluvia vespertina pilotaba su Ferrari 458 Spider. Tomó primero Abingdon Vilas. Luego, dobló en Earls Court Road y finalmente encaró Cromwell hacia el oeste para enlazar con la M4.

Un rato antes había recibido un mensaje: su mentor le pedía que fuera al aeropuerto Heathrow a recoger a Desdémona Johansson, la química, y a Hamlet Gibson, el crítico.

Allí acudiré raudo. Estoy en deuda con mi querido productor, DUNCAN HOPKINS.

La obra que patrocinaba el mecenas y que se presentaba esa noche tenía todos los mimbres para alcanzar la categoría de revolucionaria. Sin duda catapultaría a ambos al estrellato: a él, a Romeo, y a su amadísima compañera de reparto, JULIETA DI CAPULETO. De forma unánime ella estaba considerada como la mujer más bella de la humanidad. El actor llevaba una buena temporada cautivo en Babia, bajo una tonta mueca dibujada en el rostro. Era víctima de la imbecilidad transitoria, fruto del enamoramiento más sublime.

A bordo de su automóvil, aceleró bajo la precipitación. Su protector quería que alguien relevante del equipo se presentase en el aeropuerto londinense. El motivo por el que Duncan quería ofrecer tal re­cibimiento a Desdémona era conocido por todos…, pero ¿y a Hamlet? Romeo no creía que tuviera ninguna motivación comercial. Al mecenas le im­portaba bien poco lo que dijeran los críticos. Solo le interesaba el gran público.

¡Ahora recuerdo! El productor Duncan y el malogrado padre del crítico, Sir Hamlet Olivier, no solo trabajaron juntos sino que fueron grandes amigos.

Un pitido informó al actor de que acababa de recibir otro mensaje del mismo remitente.

—Léelo de viva voz —ordenó al sistema informático de su flamante automóvil. La madura voz del productor teatral Duncan Hopkins, llenó el habitáculo:

SUPONGO QUE CASI ESTARÉIS LLEGANDO A HEATHROW. QUIERO INFORMAROS DE QUE LAS INSÓLITAS EYECCIONES SOLARES ESTÁN AFECTANDO AL PLANETA. ACABO DE SABER QUE EL VUELO DE DESDÉMONA Y DEL HIJO DE SIR HAMLET OLIVIER SUFRE SERIOS PROBLE­MAS. ESPEREMOS QUE TODO SALGA BIEN.

Mal presagio me invade, a pesar de que mi protector ejerce como tal. Veo dolor y muerte, pero diviso los límites de mi vaticinio con difusos bordes; más allá de qué, no podría precisar el quién ni cuándo.

Por cierto, ¡menuda tormenta! Nunca vi nada igual.

A pesar de esto, el joven, aceleró bajo la manta de agua, los rayos y los extraños cielos de color: llegaba tarde.

 

Acto I Escena 14

(Un rato antes. Desdémona, al no tener noticia de su conductor habitual –Rodrigo Tarantino–decide al fin tomar otro taxi rumbo al aeropuerto madrileño. Tanto ella como Hamlet, sin todavía coincidir, van ambos cargados de ansiolíticos y de alcohol…, peligrosa mezcla. Una vez allí…)

RECORRIÓ NERVIOSA la Terminal Cuatro. Alcanzó al fin la cola de pasajeros ante el control de Policía. Con el rabillo de su único ojo divisó al crítico teatral Hamlet Gibson.

Ya habrá tiempo para las presentaciones. Él también me ha identificado. —Ella avanzó montada en sus altos zapatos. Él, embelesado, fijó su mirada también en su calzado e indumentaria:

—… de felinas bestias bien tapizados. Lleva sedas que rayan lo ilegal. —Su estampa, deslumbrante; sus andares, felinos. Cuando la había identificado…:

¡Diosa Fortuna!, ¿qué urdes ahora? ¡Es ella, la bella cíclope añil! La que al taxista de AMOR mató en vida. ¡El ángel proyectado en el cartón! —Su secretaria exclamó:

—¡Sí! La chica de la foto que llevaba el taxista. ¡Qué casualidad! —Todavía inquieta, la bioquímica Desdémona se ubicó en la cola.

—¡Por Afrodita, por Apolo y Eros!

—¡Pues sí que te ha impresionado! —Observó Yorick— Es tu invocación divina más multitudinaria desde que trabajamos juntos.

—Deja que entren rayos en mi prisión.

—Si tu corazón no tuviera dueña, Ofelia, ¿la pondrías también en tu parasol? —Ignorando la pregunta, él formuló una propia:

—¿No rendías pleitesía a tus amos? —Dejando en la bandejita reglamentaria sus enseres.

—Sí, ya he hablado con la Central. Ya sabes… los que me enviaron para servirte.

El crítico superó los controles, a pesar del cargamento de ebooks como para derribar a un régimen. No así la viajera, de la que el taxista llamado Rodrigo un mal día se enamoró.

 

PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

—¿Lleváis algún objeto metálico encima? —preguntó un policía aduanero.

—No, inepto. ¿Dónde? ¿Queréis cachearme? —Respondió Desdémona.

Descalza como una diosa, estiró hacia arriba los tirantes de su vaporoso vestido rojo, elevando el bordado inferior hasta el ombligo. Esto terminó de desarmar a Hamlet:

¡Buff! ¡Demasiado para una sola tarde! Vestido más ligero que un botón. Ella más ligera que su vestido. Gravitan ella, vestido y botón.

Otro policía extrajo de su bolso un cilindro metálico de unas ocho por tres pulgadas.

—¡Ah sí, mi… psicólogo! —A ojos del crítico teatral, al entender, ella mutó de ángel a chica mala de las que van al Infierno. Primero pensó en todas las mujeres, luego concretó:

Fragmentos más dulces del universo. Aunque ella bien disimula tenaz. —Ella giró la cabeza hacia Hamlet y, ante la sorpresa mayúscula de este, le guiñó el ojo.

¿¡Que ella me asigna una identidad!? —Su secretaria invisible, siempre atenta, especuló:

—Debe conocerte por tu trabajo. — Mientras, uno de los funcionarios…:

—Aclarado lo del cilindro, ¿qué contienen estos frascos?

—Perfumes. Yo misma los elaboro.

—¿Cómo decís? —preguntó el otro, más incauto.

—Soy química y sintetizo sustancias.

—Tengo que hacer una consulta a mi superior.

—Pues raudo. Mi taxista me ha fallado, voy justa. Me perderé el estreno teatral del siglo.

¿¡Que ella también asistirá a la gala!? —Hamlet no daba crédito.

Los agentes permitieron subir al avión a su cilindro-terapeuta. Sin embargo, le incautaron el peculiar kit de perfumes. ¿Lo eran en realidad?

—Menudo espectáculo. La escena no ha sido espontánea. —Sentenció Yorick.

—¿Qué?

—Se ha empeñado en distraer la atención. Quería que todos se fijaran en lo que es.

—¿Y así distraernos de lo que hacía? ¿Y qué hacía?

—Mentir.

—¿Cómo?

—Te lo explico luego. Embarca antes: en cincuenta segundos ce­rrarán el acceso y los rezagados quedarán en tierra. ¡Corre!

 

 

Acto I Escena 15

(Un atormentado e iracundo Hamlet, reflejo de la tormenta, viaja a Londres para asistir a una premier teatral: encierra algo nunca visto. Desdémona, posible amante del anciano productor Duncan, también acudirá. Dicho mecenas trabajó con el padre de Hamlet antes de su rara muerte. El detective Capuleto retoma ese caso. Duncan pide al actor Romeo, que recoja a ambos, crítico y bioquímica en Heathrow)

SOBREVOLANDO EL Canal de la Mancha, Hamlet despierta asustado. Al abrir los ojos, ve cómo despunta la luna menguante. La nave surca la estrecha banda fronteriza entre la tormenta solar de protones y la ciclogénesis explosiva terrestre. Las oscuras nubes adoptan formas fantasmagóricas. Relámpagos aquí y allá.

 

—¡Oh, padre, os juro que os vengaré!

—Hablabas dormido. —Indicó Yorick, su secretaria, a través del auricular.

—¡He sido cautivo de un negro sueño! ¿Dónde…?

—A bordo de un Boing 797, sobrevolando una monstruosa tormenta, rumbo a Londres.

—¿Qué… tomé en Madrid? Estoy aturdido. ¿Alcohol..?

—… además de aspirinas y benzodiazepina. Topaste con la insin­cera Desdémona y asististe a su numerito en el control. Por cierto, creo que ella iba también cargadita…

—¿Insincera?

—Sí. Finalmente, subiste al avión y al llegar a tu butaca… caíste. ¿Un mal sueño?

—Con mi padre como protagonista.

—¿Quieres contármelo?

—El sepulcro donde yacía abierto… su espíritu emergía de la tierra… desde las almenas de mi castillo sentenció su vaporosa silueta:

—«En breves horas o desentrañáis vos mi ase­sinato o vendréis a esta ignorada región de cuyos confines jamás regresa viajero alguno».

—Serénate. A través de tu mirada veo libre tu asiento de ventanilla. Cambia y…relax.

—Así veré bien el Día del Juicio.

—El tuyo propio…

—¿Cómo?

—Que como el espectro de tu padre te advierte a través de sueños, afrontarás si no resuelves su asesinato esta misma noche.

—¡Oh! ¡Cállate!

—Tus entradas son las más caras del apocalíptico espectáculo.

—¡Insolente, deslenguada, irónica! ¡Alude a mi sueño!

—Tu pesadilla es de manual. El subconsciente saca a escena tus fantasmas.

—El crimen no resuelto de mi padre.

—Exacto. Si además un misterioso automóvil ha embestido tu taxi…, ¡ya tenemos en tu cerebro armada la intriga!

—Busca el asesino dos Hamlets muertos.

—Tan obvio que me enternecería si no fuera… lo que soy.

—¿Aseguras que todo está en mi mente? ¿De qué materia están hechos los sueños?

—Ignoro de todo punto el tipo de átomos que los componen. Tras la invitación de Duncan a la gala teatral investigaremos el crimen.

—Vamos a Londres por ese motivo.

—Así es. La Obra del Siglo suena bien pero solo es la coarta­da perfecta.

—«La insincera Desdémona», dijiste.

—Sin duda ella mintió a la policía del aeropuerto.

—¿Seguro?

—Su lenguaje no verbal le delató ante mis ojos, que son los tuyos.

—Mentirosa, pues.

—Como los buenos periodistas realicé hasta tres comprobacio­nes. En suma: miente.

—Mentiras de la mentirosa restan.

—Las desconozco. Intuyo que se trata de los perfumes incautados. Creo que no son tales.

—Vaya.

—Cuando le miraste embobado aproveché para rea­lizarle una nítida fotografía.

—¿Y…?

—Sí, se trata de Desdémona Johansson, ingeniero bioquímico y ad­ministradora única de la empresa Sagitario Molecular S. L. Está vinculada al proyecto patrocinado por Duncan.

—Dime en qué medida está ella ligada.

—Aún no lo sé. El proyecto siempre se ha mantenido en secreto. Lo que ha sucedido entre bastidores ahí ha quedado.

—¿Vínculo profesional, personal?

—Ambos. Ella tiene un lío con alguien del equipo de la represen­tación. El afortunado tendría que estar muy preocupado. Sospecho abiertamente de Duncan, el productor teatral.

—¿?

—El esposo de Desdémona está considerado el hombre más peli­groso. Se trata del celoso y ahora prófugo de la justicia…

—… el neurocirujano Otelo Fishburne… Leyenda le creí, que no existía.

—No es leyenda. Como tú dirías, es de carne y hueso. Su inteli­gencia y valentía no tienen igual; sé de qué hablo.

—Lo haces así de alguien por vez primera.

—Y no será la última.

—Prosigue.

—Al parecer ha fabricado genéticamente a tres bestias invenci­bles. Dato no verificado.

—Suena extraño en la Era de Internet.

Una mujer tambaleante irrumpió en la conversación. La misma, dijo:

—Mi esposo Otelo habita en vuestros labios. ¿Puedo? —Preguntó la bioquímica, tras aparecer de la nada y señalar el asiento vacío.

 

Acto I Escena 16

(En el avión, llegando a Inglaterra, a través de una pesadilla el espíritu del padre de Hamlet le recuerda que sólo dispone de esa noche para resolver su asesinato. Desdémona es infiel a su marido, el prófugo neurocirujano Otelo. Y no es al único que miente: Yorick deduce que en el aeropuerto sorteó la verdad)

RENQUEANTE, DESDÉMONA llega hasta el asiento del crítico: Cabello revuelto, ojos desorbitados e inyectados en sangre. Borracha y descuidada, arrastra su bolso abierto. Adoptando una política de hechos consumados, conquistó el asiento libre con su redondo trasero. Al escuchar a Hamlet hablar con su secretaria a través de su auricular…:

—Podríais colgar a esa… —acercándose al micro— ¡…FURCIA!… con la que habláis, cuya voz aterciope­lada escucho hasta aquí. ¿Es vuestra novia? —A Hamlet le dio un vuelco el corazón. La aludida, Yorick, susurró una operación aritmética, advirtiéndole:

—Benzodiacepinas + alcohol = caos. Aunque qué te voy a contar a ti que no sepas.

—Luego te llamo. —Dijo Hamlet. Desdémona pareció arrepentirse de su hostilidad.

—Ando nerviosa. —Una azafata pasó con expresión tensa; ella se colgó de su brazo: —Guapa, sírveme en uno de esos ridículos vasos tres dedos de loquesea, algo muy fuerte.

—Lo siento, no servimos alcohol en el avión. —Respondió la azafata.

La bioquímica soltó desdeñosa de su brazo. Él la observaba en silencio. La huracanada atracción que sintió al conocerla transmutó en amables vientos de clemencia.

Furtiva lujuria, flor de un instante. Ahora ella es sombra de lo que fue. Mujer destruida por los celos de él.

—Os hablaré de Otelo, pero no aquí: charlemos en el bar del hotel antes de la premier.

—¡Precaución! —Advirtió Yorick, que seguía a la escucha. La etílica fémina agregó:

—El viejo Duncan nos ha reservado toda una planta del Gran Hotel Curtain…

—…anexo al teatro del mismo nombre. —Puntualizó el crítico.

—¡Sí! ¡Londres nos espera exótico y misterioso!

—¿Londres espera? Allí nos veremos.

—Así sea. Ahora, necesito otra copa antes de aterrizar.

Se levantó a duras penas, pero antes de marchar lanzó un misil directo a la línea de flotación emocional del crítico:

—Tengo que veros a solas, es importante.

—Explicaos.

—Conocí a vuestro padre. Entiendo el sentimiento de duelo y rabia que os envuelve.

—Pero…

Un pitido del mellado teléfono móvil de Desdémona anunció que, al menos parcialmente, las telecomunicaciones se habían restablecido. Primero se dirigió al crítico:

—¡Disculpad! ¡Luego nos vemos! —Y contestando la llamada—: Hola, cariño… Sí, todavía en vuelo; estamos llegando… Hablaba con el crítico teatral Hamlet Gibson.

La persona al otro lado del teléfono debió de manifestar algo que desa­gradó a Desdémona pues dobló el gesto. Luego, se perdió por el pasillo de la aeronave. Yorick elevó el tono:

—Pues sí que anda destruida esta mujer. Comunicaciones restablecidas, pero solo las locales. El con­tacto con Madrid sigue siendo imposible… lo siento, Hamlet. Lo conseguiré.

—Entonces, ¿con quién hablaba la químico? ¿Marido? ¿Amante?

—Amante. Ya con una probabilidad del 96,2%… ¡Duncan! No quiero asustarte, pero no me ha gustado nada lo que he interpretado leyendo la tensión contenida de la azafata.

—Nuestra interpretación fue casi idéntica. Algo en este avión no funciona bien.

 

Acto I Escena 17

(Instantes antes, en la Suite Real del Gran Hotel Curtain de Londres, anexo al Gran Teatro del mismo nombre. Allí, a medianoche, se estrenará la esperada obra teatral. Un hombre maduro, baja estatura, pelo cano y ojos celestes, sentado sobre la cama. Él, es el máximo responsable de la apodada la Obra del Siglo)

EL PRODUCTOR DUNCAN HOPKINS miraba en silencio su teléfono. Un minuto después efectuó una llamada que debiera haber realizado tiempo atrás. Quizás la más difícil de su vida. Su amante volaba de Madrid a Londres.

—¡Disculpad…! ¡Luego nos vemos! —Escuchó Duncan cuando contestaron su llamada, como si su interlocutor se despidiera de otra persona. Luego, con el micrófono del teléfono más cerca y dirigiéndose a él, escuchó la voz la bioquímica:

—Hola, cariño… Sí, todavía en vuelo; estamos llegando… Hablaba con Hamlet Gibson.

—Hola, Desdémona. Tenemos que hablar. Tiene que entenderlo. Tengo esposa e hijos: nuestra historia no podía acabar bien. Lamento no haber tomado la decisión antes. Además, el gran Sir Hamlet Olivier, antes de su asesinato, ya me lo había advertido reiteradamente.

El magnate, tras colgar, quedó pensativo sentado en la cama. Después, permaneció inmóvil en la oscuridad durante diez minutos. Finalmente, en­cendió la lámpara de la mesilla y miró la hora. Pronto llamarían a la puerta, pero aún tenía tiempo. El productor de la Obra de Teatro del Siglo se levantó, cogió de nuevo el teléfono. Tras cumplir un protocolo previo accedió a la secretaria de Hamlet Gibson. Tenía que organizar con ella la recepción de su invitado y posterior traslado al hotel desde el aeropuerto de Heathrow.

En su conversación telefónica, Yorick le trasladó su preocupación por la seguridad del vuelo. Parecía que en la maniobra de aproximación al aero­puerto el avión se había desestabilizado por la tormenta salvaje. Los instru­mentos electrónicos no respondían correctamente. Como prueba irrefutable, la comunicación se cortó bruscamente. La conversación duró poco y tuvo un desenlace inesperado.

¡Buff! Confío en que los extraños fenómenos celestes no originen una tra­gedia. En teoría, esta noche conoceré al hijo del que fuera mi amigo, Sir Hamlet; él no acudió al funeral de su padre tras su rara muerte.

Inquieto, dictó y mandó un segundo mensaje de texto; el primero, solicitaba al mismo destinatario que se acercara al aeropuerto de Heathrow a recoger a Desdémona y a Hamlet. Ambos mensajes iban destinados al actor Romeo di Montesco, uno de sus protegidos y protagonista masculino de la representa­ción. A la hora de elegir las palabras tuvo especial delicadeza, aunque sin hurtarle la verdad.

SUPONGO QUE CASI ESTARÉIS LLEGANDO A HEATHROW. QUIERO INFORMAROS DE QUE LAS INSÓLITAS EYECCIONES SOLARES ESTÁN AFECTANDO AL PLANETA. ACABO DE SABER QUE EL VUELO DE DESDÉMONA Y DEL HIJO DE SIR HAMLET OLIVIER SUFRE SERIOS PROBLE­MAS. ESPEREMOS QUE TODO SALGA BIEN.

Preocupado, volvió a sentarse en la enorme cama de la suite.

Que esto tenga un final feliz. Pobre crítico. Tras la muerte de su padre la vida no le da tregua. El peligro sigue gravitando en torno a él. Si sale de esta, debo advertirle…

Los golpes en la puerta disiparon sus inquietudes. Era la prensa. La cadena XYZT tenía la exclusiva de la primera entrevista que concedería a los medios. En el espejo del recibidor se ajustó el nudo de la corbata. Pomo ya en mano, le vino a la cabeza un pensamiento que le produjo una sen­sación ambigua.

Mi hijo, director de la obra, realizó una buena labor liderando los ensayos de la obra. Pero, sin el perfecto del guionista, su trabajo no hubiera pasado de discreto.

Abrió la puerta que lo separaba del mundo. Durante una hora «vendería» su representación escénica en directo a más de dos mil millones de espectadores.

—Buenas noches, señorita. Concededme unos instantes más, estoy algo mareado. Pronto realizaréis el trabajo periodístico más importante de vuestra carrera.

 

 

Acto I – Escena 18

(De nuevo, a bordo del Boing 797, alrededor del aeropuerto inglés. Hamlet charla con Desdémona quien le emplaza a continuar en el bar del hotel, quizás para aportarle algún dato de su difunto padre. Ella, se pierde por los pasillos de la nave hablando por teléfono con Duncan, portador de malas noticias para ella.)

HAMLET HABLABA con su secretaria, llegando ambos a la misma conclusión…

—Hamlet, no me ha gustado nada lo que he deducido de la expresión de la azafata.

— Lo mismo pensamos ambos los dos.

—Mantengamos la calma. Mientras hablamos puedo acceder virtualmente a la cabina.

—Eso es, a ver qué se cuece allí.

—¿Qué papel desempeña Desdémona? ¿Dispone información para resolver el asesinato?

—No me importan tus preguntas retóricas.

—Solo respuestas…, ya. Estamos ya en la vertical de Londres.

—El mundo se acaba y tú no lo sabes.

—Estaré mal informada. Sé que los extraños fenómenos que azotan Madrid se han extendido por toda Europa. Y, cual negro manto, poco a poco cubrirán el resto del mundo.

—El influjo de las esferas muerde.

—Sí, Tierra y Sol, esferas tales.

—¿Cómo dices?

—La ciclogénesis explosiva se genera y… mata en nuestro planeta. Por otro lado, la radiación mortal se origina en nuestra estrella, pero en veinticuatro horas nos alcanza.

—Racionalizas castigos divinos.

—Mitificas fenómenos científicos. —Otra azafata recorrió nerviosa el pasillo de la nave.

—Abre ahora el mensaje que entró en tu móvil esta tarde, antes de salir de tu castillo…

—…mientras limpiaba la sangre en el baño, envuelto en un halo de destrucción.

—Sí, justo en ese momento.

—Lee tú, «mi secretaria» te llaman. ¿Qué remitente quiso impor­tunar? ¡Lee ya!

—Remitente desconocido. Intenté sin éxito averiguar el origen. Es un mensaje sin texto.

—Si el mensaje no es tal, ¿para qué abrirlo?

—Yo no he dicho que no sea ni que esté vacío.

—¿Entonces? —Ella contestó desconcertada, actitud en ella fuera de lo común:

—No tiene texto en el cuerpo principal, pero lleva adjunta una imagen. Por favor, no te alarmes cuando la veas. Es muy… extraño. ¿Ofelia está bien? ¿Qué… pasó en el castillo?

Eso es lo que yo querría saber… Oh, Yorick: ¿Al fin flaquea tu racional ímpetu?

—Disculpa, me entra una llamada del productor Duncan Hopkins. Querrá organizar tu recibimiento en Londres. De paso le confirmo que este avión presenta… problemas.

—Un rato de soledad vendrá bien.

—Perfecto. Pero veas lo que veas mantente tranquilo… —Y acen­tuando la femineidad de su voz añadió—: Vuelvo enseguida.

Hamlet tomó su móvil y pulsó con cierta torpeza la pantalla táctil hasta situarse frente a la insólita instantánea. Alguien le había enviado esa fotografía justo antes de salir de Urk-Ubar y tomar el taxi hacia el aeropuerto. El teléfono cayó al suelo, Hamlet Gibson se sintió morir y vomitó de nuevo.

Con el cuerpo contraído y temblando, se armó de valor para recoger el teléfono y volver a mirar la imagen con mayor detenimiento. Se trataba de un espejo, el del aseo de la planta inferior de su castillo. En esta ocasión, la sangre en la instantánea formaba palabras. Alguien había escrito en el espejo unos versos que a Hamlet Gibson se le antojaron macabros:

Y BAJARON A SU TUMBA

ADORNÁNDOLA CON FLORES

HUMEDECIDAS CON LÁGRIMAS

DE SUS FIELES SEGUIDORES

Lo realmente extraño era que en la parte superior derecha de la imagen figuraba la fecha y la hora en la que fue tomada. Coincidían con el momento exacto en el que él mismo estaba allí, preparándose para salir, justo antes de tomar el taxi. Pero eso era imposible.

¿Fue Ofelia? El cuándo y cómo restan. ¿Pero cómo…?

Sin embargo, el crítico no tuvo tiempo de asimilar el misterioso mensaje. Yorick alertó:

—¡Hamlet! Acabo de perder la llamada con el produc­tor Duncan. ¡Los pilotos tienen serios problemas para mantenerla estable…!

—¿Han perdido el control de la aeronave?

—¡Van a realizar un aterrizaje de emergencia!

Todavía conmocionado, miró a su alrededor. Entre el pasaje vio reflejada en los rostros de algunas personas la inquietud generada por la tormenta exte­rior. Otros, sin embargo, charlaban festivamente ajenos a todo.

Esa escena solo duró un segundo.

Las luces se apagaron de repente y el gigantesco avión comenzó a caer en picado. La señorita Yorick siempre parecía ir por delante. Sin embargo, en esta ocasión no podría resolver el problema indicándole dónde estaban los extintores.

 

Acto I Escena 19

(Minutos después. Aeropuerto londinense de Heathrow. Romeo, actor protagonista de la llamada Obra del Siglo que se estrena esa misma noche, aparca su automóvil. Su intención es recoger allí a Hamlet y a Desdémona. Sin embargo, Duncan, productor de la obra y benefactor de Romeo, le ha advertido con un segundo mensaje: el vuelo presenta serios problemas para aterrizar)

ROMEO SALIÓ inquieto del ascensor del parking. La estrella teatral, abrumada con la representación de la que era coprotagonista, se confundió de puerta.

—¿Pero qué…?

Apareció en una subterminal enorme, que se desplegó ante él com­pletamente vacía. Sin embargo, todas las pantallas del aeropuerto estaban encendidas y mostraban una amplia panorámica del Gran Hotel Curtain. El actor avanzó hasta detenerse por un instante delante de las imágenes de la cadena de televisión XYZT. En ese momento una periodista hablaba a la cámara. Sentado a su lado distinguió a su querido Duncan Hopkins. Parecía algo desmejorado y, a pesar de su característico temple, había un reflejo de inquietud en su mirada transparente.

¿Qué os pasa? —Se preguntó Romeo.

Os noto inquieto. —Observó la periodista.

— Se trata del avión con problemas sobre Londres. —Respondió Duncan.

—Todos estamos preocupados. Si os parece bien, intentemos avanzar, pero muy pendientes de lo que suceda en Heathrow.

Os agradezco mucho tan luminoso gesto en un día en el que la oscuridad sepulta el rostro de la Tierra. —Y tras mirar rápido un mail recién entrado en su teléfono móvil continuó—: Disculpad, creí que podría ser la buena noticia que esperamos.

—El correo electrónico es lo único que funciona.

—Eso parece, junto a la telefonía a través de la Red.

—La señal de TV, de momento, no está saliendo del área me­tropolitana de la ciudad. Me indican que van a habilitar una salida alter­nativa de dicha señal por cable.

—Es uno de mis colaboradores. Me informan de que en mi Escocia natal hasta mis dóciles caballos han roto los establos y han huido enloquecidos.

—Vaya… —Intentando relajar su mirada y disimular su nervio­sismo prosiguió—: Vivimos tiempos de grandes revueltas y sucesos confusos…

A través de las cristaleras situadas detrás de las pantallas, Romeo divisó algo. Le llamó la atención más que las palabras de su benefactor: fuera, en medio de la tormenta, pudo discernir… ¡una gran bola de fuego! El actor, se acercó atónito a los ventanales y pegó la nariz contra ellos. Aquella esfera incandescente descendía a una velocidad endiablada.

En ese instante sucedió algo todavía más extraño.

 

Acto I Escena 20

(Hamlet, emprende viaje para desentrañar la muerte de su padre. Su espíritu le advierte: solo dispondrá de esa noche para resolverla. El policía Capuleto lleva el caso. Al atormentado Príncipe de la Emociones le acompaña la enigmática señorita Yorick. Desdémona, esposa del huido Otelo y ya examante de Duncan, viaja también en un avión cuyos pilotos empiezan a perder el control. Romeo va a recoger a los pasajeros al aeropuerto, cuando divisa el avión envuelto en fuego. Ofelia, novia de Hamlet, ¿vive o muere en su castillo?

A LA brutal ciclogénesis explosiva que asolaba Europa, se le unió una tormenta solar de protones que atravesó el blindaje natural de la Tierra, su magnetosfera. Ello, interfirió en todos los dispositivos electrónicos del planeta. Si los pilotos del Boing 797 no enderezaban el aparato todos estarían muertos muy pronto. En medio del caos, caían a velocidad de vértigo. Las mascarillas de oxígeno colgaban de sus compartimentos. Todo se inundó de luces estroboscópicas y gritos pavorosos.

Pero Hamlet tenía sus propios planes para el descenso. Puesto que él no podía hacer nada para evitar que la nave se estrellara, tomó una decisión rápida e inquebrantable:

—¿Recuerdas que hoy amé a mi señora y al final te pedí que no grabaras?

—Sí, y obedecí. Os dejé amándoos en vuestro lecho del castillo de Urk-Ubar. Hamlet Gibson: ¿por qué ahora me…? ¿Algo se os fue de las manos a ti y a Ofelia?

—¡Calla y proyéctame lo registrado! Lanza imágenes hacia mis lentillas!

Inclinado en su asiento junto al avión, cerró los ojos y se abstrajo. Su se­cretaria obedeció y le envió las escenas grabadas hacía escasas horas. La sensación para Hamlet se acercaría a lo recién vivido en su fortaleza madrileña.

(YORICK)Ató sus muñecas al dosel de madera de la antigua cama. Ofelia sonreía con mansedumbre, ebria de alcohol y lujuria. Su daga rasgó las ropas de ella y dejó al descubierto su piel de nácar.

El avión descendía en un ángulo de más de cuarenta y cinco grados. Todo el pasaje lloraba, gritaba, rezaba. Algunos sufrían ataques epilépticos por el efecto de los fogonazos de luz. Yorick gritaba al oído del crítico para que protegiera su cuerpo. Este, ajeno a todo, ya estaba preparado para morir. Cum­pliendo la orden, su invisible secretaria sincronizó además las imágenes con el sonido que había grabado esa tarde en Madrid. Si él había de abandonar este mundo, lo haría recordando, sintiendo y amando a Ofelia.

Quedaba su lencería, pero quiso retrasar el momento de quitársela, lo que aumentó su deseo hasta cotas muy elevadas. Dentro de su pantalón se sintió dos y ella lo notó también. Ofelia comenzó a removerse impaciente prisionera de las ataduras. Él casi sintió la aterciopelada textura que se preparaba para recibirle.

Los pilotos emitían por megafonía estúpidos mensajes para infundir calma. Mientras, las azafatas y los pasajeros que no llevaban sus cinturones de segu­ridad, se precipitaban con violencia contra el techo de la aeronave.

Se arrancó sus propios ropajes sin pensarlo. Apartó de su erizada piel la prenda superior que todavía ella lucía. Acercó sus labios a infinitesimal distan­cia y consiguió el milagro de tocarla sin apenas rozarla. Ofelia, se estremeció sin poder defenderse más que frotando sus piernas y retorciendo sus panto­rrillas. Hamlet enarboló la daga danesa y cortó uno de los hilos de seda que armaban su prenda inferior.

En la aeronave, la dramática situación llegó a su cénit cuando un hombre cayó muerto () a los pies de un ausente Hamlet Gibson, cuya realidad había dejado de ser esa. A través de los ventanales algunos pasajeros divisaron el suelo londi­nense. El avión se acercaba a gran velocidad entre el caos, los gritos, sonidos del Apocalipsis.

No podía aguantar más, así que entró en ella con fino equilibrio entre dulzura y firmeza. La herramienta para conseguir la inmortalidad se abrió en su mitad complementaria. Ella gritó y bufó, mordió sus labios, y todo su cuerpo maniatado se convulsionó en una primera explosión de placer instan­táneo. Luego, extrajo lo que conectaba a ambos y los convertía en un único y fabuloso animal de dos mentes.

En efecto, en aquel momento él había ordenado a su secretaria desde el lecho de lujuria:

(HAMLET)—<<Yorick, deja ya presta de grabar>>.

Así que ella obedeció.

 

Acto I Escena 21

(El inspector de policía Capuleto, investiga el improbable accidente de tráfico del crítico Hamlet. Luego, se dirige a la Comandancia Central de Policía, en Madrid. Allí reabre el caso del homicidio de su padre, Sir Hamlet Olivier. Tal crimen, se produjo en extrañas circunstancias y, sigue sin resolverse)

CAPULETO, CAFÉ en mano, abrió de un puntapié la puerta de su despacho y encendió su viejo televisor.

—Es la hora.

Sin embargo, la entrevista se retrasaba del productor Duncan. Desde la butaca revolvió los cajones hasta encontrar otra botella de ginebra, segunda que blandía esa noche. Había dado buena cuenta de la anterior en la cafetería donde se enteró del presunto accidente de Hamlet. Enfrió el café con un generoso chorro del aguardiente inglés. Tomó el mando del televisor y, al comprobar que las pilas estaban gastadas, lo arrojó con violencia contra la pared. Después, se incor­poró enfurruñado para acercarse al aparato. Allí, manualmente, se detuvo en un canal que proyectaba noticias.

«[…] La torre de control de Heathrow ha perdido el contacto con el 797 procedente de Madrid. El Servicio Europeo de Meteorología informa que, desde tiempos del astrónomo Richard Carrington, en el siglo xix, jamás se había visto una tormenta solar de estas característi­cas. Aquella tumbó los telégrafos de Europa y Norteamérica.

[…] La llegada a la Tierra de la letal radiación solar se une a las bajas presiones que asolan ya el continente, en forma de terribles tormentas. Los familiares y amigos de los pasajeros disponen de un correo electrónico…»

Si ese es su vuelo como presiento, ¿de qué maldición es objeto el crítico Gibson? Muerto no me sirve, así que espero que al menos salga de esta.

De pie, junto a la pantalla, bebió de su mezcla y volvió a sintonizar el canal anterior. La cadena emitía un documental sobre la llamada Obra Teatral del Siglo. Se repasaba la trayectoria de los diferentes integrantes del equipo de la obra: actores, director, técnicos y equipo de producción. A pesar del secretismo que la envolvía, el productor, a quien estaban a punto de entrevis­tar, había autorizado la grabación de pequeños fragmentos de los ensayos. En ese momento, dos jóvenes interpretaban sobre las tablas. Ella era, nada más y nada menos, que la universalmente considerada mujer más bella de la hu­manidad. Millones de telespectadores quedaron petrificados ante la luminosa aparición de Julieta.

Capuleto albergaba sensaciones adicionales. Su dura mueca se ablandó y sus ojos se empañaron.

La última vez que coincidimos erais una niña. Vuestra metamorfosis ha sido mayor que la de una oruga que torna en mariposa. Que ella me proporcione la prueba de que él solo es vuestra pareja en la ficción.

Romeo, aun siendo uno de los galanes más apuestos del planeta, quedaba eclipsado por ella, que resplandecía. En la pantalla, se miraron… El policía cayó al suelo de rodillas.

—¡Noo! ¡Oh, Julieta! ¡Vuestra mirada! ¡El sentimiento es real! ¡Seguís amando al Montesco más allá de la ficción! ¡Malditos! Odio la palabra paz y a la estirpe rival como al mismísimo Infierno.

Tras esto, en la pantalla se vio una panorámica del Gran Hotel Curtain. A continuación apareció una periodista sentada al lado del famoso magnate, mecenas y productor teatral Duncan Hopkins. Parecía algo desmejorado. A pesar de su proverbial templanza, existía un destello de preocupación en su mirada azul. La periodista observó:

—Os noto inquieto.

—Se trata del avión con problemas sobre Londres.

—Todos estamos preocupados. Si os parece bien, avancemos, pero pendientes de lo que suceda en Heathrow.

—Os agradezco mucho tan luminoso gesto en un día en el que la oscuridad sepulta el rostro de la Tierra.

Sin embargo, el inspector ya no miraba la televisión. Desde hacía un momento la entrevista no le importaba en absoluto.

El mundo no lo sé, pero yo os he descubierto. ¡Maldita sea! Julieta… mi prima pequeña…

 

Acto I Escena 22

(Un avión cae en barrena hacia el centro de Londres. En él viajan Desdémona y Hamlet. Él abandona y decide que su secretaria, Yorick, recree el idilio con Ofelia de esa misma tarde en su castillo de Madrid. Y lo hace a través de una grabación que es proyectada a sus intralentillas, a modo de pantalla. El comienzo de la escena amorosa había sido registrada por su asistente desde la perspectiva de Hamlet. Una vez termina la grabación, pero no la escena en sí, él la seguirá recreando con su imaginación)

AQUELLA TARDE, en la fortaleza Urk-Ubar, hubo un momento en el que decidió que ese mágico instante les perteneciera solo a ellos dos. Desde el lecho de lujuria había ordenado a su secretaria que dejara de grabar.

Hamlet, volvió a la espantosa realidad de la que pretendía huir: aquel Boing 797. Se escuchó una explosión, quizás de uno de los motores. Una formidable bola de fuego envolvió al aparato. Pero él no estaba dispuesto a terminar ahí la recrea­ción de lo sucedido. Cerró los ojos y, lo que hasta ese momento había con­seguido la tecnología, lo continuó reproduciendo gracias a su imaginación.

(HAMLET)Suave, brillante, su cuerpo desnudo. Tal dispuestas gobiernan el placer, en­volventes mis falanges se acoplan a sus redondos senos rededor. Afuera rayos y truenos trascienden; adentro penetran, ¡tormenta soy! Señora: os amaré por tierra y cielo, hasta el Día del Fin y después también.

El 797 se convirtió en un meteoro imparable. Caía en vertical a través de un océano de rayos y truenos. Gritos, pavor, calor insoportable, frenesí. Del cielo a la tierra todos asumieron el Día del Fin. Iluminados por las poderosas llamas exteriores los pasajeros se presentaban a noventa grados, atados a sus asientos, algunos cubiertos de sangre por los golpes. Comenzó a escucharse el ululante sonido de la alarma de proximidad del avión al suelo; en ese momento ya era una esfera incandescente.

(HAMLET)En primer plano la daga danesa. Furtiva lascivia, ahora ya es. Mis dedos tocan a Ofelia, ¡amad! ¿Son de AMOR los ecos que ella propaga? La doble hoja, sus gritos, pavor. ¿Son de dolor los gritos que proyecta? Ardor insoportable, ¡frenesí! Gotas escarlata caen por su espalda.

 

Acto I Escena 23

(El actor Romeo ha llegado al aeropuerto para recoger a unos pasajeros especiales. En una terminal desierta, ve en las pantallas a su benefactor, Duncan, siendo entrevistado. A través de los ventanales divisa una enorme bola de fuego. Su presentimiento es siniestro: ¿Es esa esfera en llamas el avión al que espera?)

SE ACERCÓ estupefacto a las vidrieras que daban a las pistas de aterrizaje. Aquella esfera incandescente descendía a velocidad endiablada. Sucedió algo verdaderamente inesperado: a trescientos pies de la pista, algo más rápido todavía, como un rayo, interceptó la esfera en llamas y modificó su trayectoria.

¿¡Qué…!? ¿Un efecto óptico? ¿Un reflejo? ¿Qué he visto? Estoy aturdido, en medio de la rara noche.

El bólido había dejado de caer en picado; se desplazaba con un ángulo de unos cuatro grados respecto del suelo. Las llamas que lo envolvían habían desaparecido. De la niebla emergió el fuselaje oxidado de una enorme aero­nave, asemejando a un ave fabulosa. Mudo de asombro, contempló cómo el aparato se posaba sobre el colchón de espuma que los servicios de rescate habían esparcido por la pista. Sin poder articular palabra, el Montesco regresó frente al televisor y se sentó pálido en uno de los sillones. La periodista volvía hablar:

—Dicen de vos que habéis sido humilde y justo al gobernar todas las corporaciones de vuestro imperio empresarial.

—No creáis todo lo que se dice por ahí. —Respondió Duncan en la pantalla.

—Se han escuchado voces dis­cordantes con las murallas con las que blindasteis el proyecto.

—Acepto tal crítica. La obsesión por mantenerlo en secreto fue tan cierta como necesaria.

En ese momento, la periodista se llevó la mano al auricular y sonrió. De fondo se escuchó una ovación procedente del audio de otra cadena de televisión.

—Señor Hopkins: os comunico a vos y a toda la audiencia que el avión ha tocado tierra… ¡De forma convencional!

—¡Buff, menudo alivio! Como alguien de mi entorno dijo, quizás este lugar era demasiado frío para ser el Infierno —afirmó mientras su cara ya dibujaba una sonrisa amplia.

Su gesto se transmitió a la velocidad de la luz. Al ver a Duncan, Romeo sintió cómo se deshacía el nudo que se le había formado. Por fin, él también sonrió, como si confiara más en su protector que en lo que sus ojos acababan de presenciar.

Mis funestos presagios a otro momento refieren… ¿pero a cuáles?

Ya más tranquilo, el productor siguió respondiendo a las preguntas de la periodista:

—[…] No, no… En este preestreno no intervendrán actores artificiales.

—Supongo que, hasta el momento, la ambiciosa y divina empresa de conferir alma a la materia inerte no ha dado fruto.

—Exacto. Preciso que hasta el último personaje secundario o figurante transmita su espíritu al espectador.

—Claro, y para ello los actores deben estar dotados de uno, ja, ja, como las primeras representaciones en color sepia, en la que todos los personajes eran humanos.

Romeo volvió a levantarse y, sin esperar a que acabara la transmisión, echó a andar rumbo a una de las salas de llegada de los pasajeros. Según informaban las pantallas, la evacuación iba a ser muy rápida. Sin embargo, disponía de un margen de tiempo para hablar con su AMOR. Ella se adelantó. Su teléfono comenzó a emitir una romántica melodía. ¡Julieta!

—¡Por la sagrada luna! ¡Mi señora!

… (snif…)—Él solo escuchó un extraño y ahogado llanto.

—¡Julieta! ¿¡Qué sucede!? ¿¡Qué sucede!? ¡¿Qué quebranta vuestra perfecta armonía?!

—…(snif…)

—¡No me asustéis! ¡Desplegad presta vuestro dulce sonido de plata!

Acto I Escena 24

(Tras el aterrizaje de emergencia y todavía a bordo de la aeronave, sobre una pista del aeropuerto. Él y Yorick charlan. Poco después, los pilotos no dan crédito de lo sucedido: algo de origen desconocido y a una velocidad sobrenatural, rectificó el rumbo de la nave y le salvó de estrellarse contra el asfalto. Hamlet…)

—¡QUE GRAN ramera sois, diosa Fortuna! Esta bóveda cubierta de estrellas me permitió vivir un día más.

—Me tranquiliza tu razonable ritmo cardiaco…—Apuntó su secretaria por el auricular.

—Pues tu tranquilidad me intranquiliza.

—No sabría decir si es por tu reciente orgasmo o por el exitoso aterrizaje del avión.

—Dicha y pena se alternan. ¿Y mi Ofelia? —Preguntó angustiado.

—No tengo noticias. Al citarla se te ha acelerado otra vez tus pul­saciones. Serénate.

¡Oh, amada mía, ¿vivís? ¿Morís? No sé si la maté después de amar.

—Entiendo tu conmoción. Disculpa: en paralelo sigo obteniendo información relevante.

—¿Cuál?

—Desdémona es la amante de Duncan. Confirmado al ciento por ciento.

—Distráeme con el marido cornudo.

—Aunque me tildes de bufona, ¡no soy tal! Sigues con poco juicio bajo tu coronilla. —Y enfadada añadió perdiendo los estribos—: ¡Si quieres espectáculo, haz tú de arlequín, payaso!

—Estoy nervioso, por favor, discúlpame. Antes de enfermar, háblame de Otelo.

—Por tu integridad mental y porque él podría estar involucrado de algún modo en la trama, te complaceré.

—Gracias.

—Neurocirujano veneciano prófugo, Otelo fue expulsado de su profesión y encarcelado.

¿Su delito?

—Prácticas sangrientas con pacientes y colegas.

—Psicópata multihomicida, llaman.

—No tengo clara la frontera entre la locura patológica y la maldad; no me atrevería a meterlo dentro de una definición.

—Prófugo mencionaste, ¿escapó?

—De la cárcel más segura de Inglaterra. Sigue desaparecido. Pesa sobre él una orden de búsqueda y captura internacional.

—¿Se intuye su supuesta ubicación?

—Se le cree en su Venecia natal, pero le supongo demasiado listo para que lo encuentren. Extirpó un ojo a su mujer.

—¿¡Cómo!? ¿Su…?

—…Sí. Representa el encelamiento extremo. Ella siempre volverá a él: obra en su poder una parte de su cuerpo.

—¿Me condenó ese diablo a ser huérfano?

—No sé si mató a tu padre, Hamlet. No puedo asegurarte que sea el que busca­mos y el que, según tú, a su vez nos persigue.

—¿Algo más?

—Sí: existió una relación profesional de Otelo… con tu padre. Es un poco complejo de…

—¿¡QUÉ ME OCULTAS!? Abatido me siento.

—Solo te dosifico la dura realidad en piezas nu­meradas, aptas para tu consumo gradual.

—¡Oh, dolor!

—¡Nooo! Confía en mí, por favor. Nuestro objetivo es el mismo: desentrañar el crimen de tu padre y acabar con su asesino.

—¿También él compartió lecho con ella?

—¿Tu padre y Desdémona? No lo creo.

—Él y mi madre andaban distanciados.

—Ello no implica que tu padre le fuera infiel. Yo descartaría tal vía.

El comandante de la aeronave indicó por megafonía que pronto se abrirían las puertas del avión y comenzaría la evacuación. En un gesto espontáneo pasajeros y tripulantes rompieron a llorar y a aplaudir. Hacía unos minutos todos eran muertos en potencia organizados en hileras y atravesando el mis­mísimo Infierno. Se colocaron las rampas y los primeros pasajeros empezaron a deslizarse. Los servicios sanitarios del aeropuerto accedieron a la aeronave para atender a los heridos y retirar los cadáveres de tres viajeros ()()()y un tripulante ().

Dentro de la cabina, los pilotos se miraron en silencio. El pavor que refle­jaban sus rostros descartaba toda suerte de celebración. El piloto de la nave comenzó…

—En cuarenta años de servicio nunca jamás…

—… Yo tampoco. —Corroboró uno de los copilotos. En ese momento hablaron por radio desde la Torre de Control. Al parecer, en ese momento se habían reestablecido parcialmente las telecomunicaciones.

—Seguridad Aérea Europea, licencia 004854UE. ¿Estáis solos en la cabina?

—Afirmativo. —Confirmó el comandante.

—Os informo: Oficialmente, hace diez minutos está activado el protocolo 0345XJ.

—En otras palabras, que todas las imágenes que han grabado las cámaras están secuestradas y, hasta que termine la investigación, ni una de­claración pública.

—Lo dábamos por hecho. —Comenzó el copiloto— Sea lo que sea… lo que haya ocurrido allá afuera no puede trascender.

 

Acto I Escena 25

(Hamlet, en la noche más terrible, deja atrás su castillo, Urk-Ubar. También a Ofelia, sin saber si la ha matado o no en el fragor de la pasión entre ambos. Su padre, Sir Hamlet Olivier, amigo del mecenas y productor Duncan, fue probablemente asesinado. Hamlet, llega a Londres para asistir presuntamente a la Obra del Siglo, que encierra algo inédito. En verdad, y ayudado de su invisible secretaria, Yorick, investigarán el crimen. Romeo, protagonista de la Obra, les recogerá a él y a la bioquímico Desdémona).

 

HAMLET, CRÍTICO teatral y apodado como el Príncipe de las Emociones, caminaba rápido por la terminal del aeropuerto londinense de Heathrow. Mientras, su asistente, sigue al otro lado del auricular y le indica:

—EL RETRASO en el despegue se ha compensado con la meteó­rica trayectoria que trazó la nave y la rápida evacuación. —Apunto Yorick, refiriéndose al terrible aterrizaje de su avión.

—Tiralíneas en los cielos, preciosa. —Ironizó Hamlet

—La trayectoria, entiendo. ¿O te refieres a mí?

—¿Tú qué crees?

—Aprovecho tu elocuencia para recordarte: son las 22:03.

—Apenas dos horas para el estreno.

Tomó su equipaje de mano, se dirigió a los servicios. Allí se asearía tras su orgasmo, al emular en el vuelo su aquelarre pasional con Ofelia, allá en su fortaleza madrileña. Al salir sintió a través de las cristaleras la inquietante in­temperie exterior. Su mirada se posó sobre los carteles digitales, pósteres y vallas anunciadoras. Un único motivo:

LEONARDO Y CHARLIZE

LA OBRA DEL SIGLO

—Busca a tu alrededor y encontrarás en una gran pantalla al pro­ductor.

—¿Veremos el final de su entrevista? —Preguntó el crítico. La voz del magnate comenzaba a escucharse:

—[…] Insisto: en el preestreno nada de almas de metal que emulen a las estrellas teatrales. Salvo fuerza mayor, salvo emergencia, tampoco intervendrán hologramas.

—Solo actores humanos en todas las representaciones. —Resumió la periodista:

—En efecto.

—Nada sabemos de la obra. A menos de dos horas del preestreno, ¿nos podéis avanzar ya la razón por la que se la considera revolucionaria… a ciegas?

—Me temo que no…

—¿Cómo es posible que ni siquiera los actores conozcan el misterio que encierra?

Cuando llegaron al hall central del remodelado aeropuerto, miles de perso­nas contemplaban la pantalla gigante instalada expresamente para el evento. Hamlet se sentó en su maleta para escuchar las palabras del productor teatral Duncan Hopkins.

—Desde nuestra cadena hemos some­tido al equipo a duras torturas y ninguno ha cantado.

¡Buenos chicos! ¡Ja, ja, ja! —Rio Duncan tras la ocurrencia de la periodista.

—Juran que desconocen su secreto. ¿Se trata de un bulo co­mercial? ¿Algo relativo a la postproducción, quizás? —Duncan desgranaba sus respuestas con inteligencia. Lo hacía desde su profunda mirada celeste y con una serenidad que no existía cuando comenzó a hablar ante las cámaras.

—Se agolpan vuestras preguntas. Empezando por las últimas: no y sí.

—NO es un bulo, SÍ es algo relacionado con la postproduc­ción, tomo nota.

—En el año 2009, algunas representaciones hiperrealistas sobre las tablas deslumbraron al mundo.

—¿Y bien?

—Esto es algo diferente, mucho más… Debajo de sus cabe­llos blancos de emperador romano, rebuscó el concepto y lo encontró—: algo mucho más… íntimo.

—Si el mundo ha esperado dos años, ¿qué son dos horas más? La emoción durará hasta el final.

—Y más allá.

—¿Cómo? No os entiendo.  El septuagenario productor explicó sonriendo:

—Tras el planteamiento, nudo y desenlace, la emoción permanecerá como un perfume pegado a la piel.

—Respuesta cifrada: ¡esa es la clave! —Exclamó Hamlet.

—¿Qué…?—Comenzó a preguntar su secretaria.

—Tú vas y yo vuelvo. ¡Silencio ahora! —Duncan seguía hablando en las pantallas:

—Estableciendo un paralelismo con el aterrador espectáculo celeste que se cierne sobre nuestras cabezas, la representación quizás nos extinga, quizás nos renueve.

—Os aseguro que ver a un hombre de su temple hablar así sobre este Armagedón en ciernes serenará en cierta medida a la audiencia. Miraré hacia arriba con menos aprensión.

—Tengo verdadera curiosidad por desvelar, de una vez por todas, el secreto que encierra. Sospecho que, al margen del guion y de los persona­jes, la innovación sea estructural.

—¡No!, oculta un mágico sortilegio. —Indicó Hamlet.

—Si tú lo dices… —La periodista citó al hijo de Duncan, director de la obra.

—[…] Bien, sabemos que vuestro hijo Malcolm se situó al frente del equipo.

—Así es.

—Ignoramos si para dirigir la Obra con la genialidad de Spielberg, Ford, Coppola o Scorssese.

Malcolm ha realizado un trabajo fabuloso.

No os estoy preguntando eso…

Diría que está a caballo entre el Roman Polansky más seductor y el David Fincher más inteligente.

—Lo plantearé de otro modo.

—No esperaba menos de vos.

—En todo proyecto superlativo existe un genio, un alma mater que rompe moldes y consigue introducir una diferencia que hace avanzar al mundo.

—Suscribo tal afirmación.

—¿Afirmaríais que es Malcolm, vuestro hijo?

—Terminaré esta conversación diciéndoos con el corazón que debo a… Macbeth Norton, guionista de la obra, más de lo que nunca le podré pagar.

—Pero…

—Ese es vuestro hombre. Muchas gracias.

La imagen del anciano productor desapareció, siendo sustituida por el lo­gotipo de la cadena XYZT. Segundos después, una explosión y el fogonazo posterior dejaron al aeropuerto de Heathrow totalmente a oscuras.

 

Acto I Escena 26

(Poco antes. Romeo di Montesco, actor del momento, el aeropuerto presencia el extraño descenso y aterrizaje del avión. Por televisión ve que su mecenas, Duncan, respira aliviado. Se dirige a la sala del aeropuerto donde recogerá a los pasajeros invitados a la obra. Antes del encuentro recibe una llamada de su AMOR.)

EN EL teléfono de Romeo comenzó a sonar una romántica melodía. Ella, se trata de mujer más bella de la humanidad, además de la protagonista femenina de la representación.

—¡Por la sacrosanta luna! ¡Mi AMOR!

—… (Snif…) —Pero él solo pudo percibir un extraño y ahogado sollozo.

—¿¡Qué ocurre!? ¿¡Qué profana vuestra armónica perfección!?

—… (Snif…)

—¡No me hagáis temblar! ¡Expandid rauda vuestro dulce sonido plateado!

Una explosión y posterior fogonazo dejaron el aeropuerto a oscuras. Sin embargo, la telefonía móvil seguía funcionando a través de la Red. Aquel estruendo hizo al fin reaccionar a Julieta Di Capuleto. Al cabo de medio minuto los generadores de emergencia entraron en acción y las luces volvie­ron a brillar. La bella al fin habló:

—¡Oh, Romeo! ¿¡Estáis bien!? Si algo os sucediera, mi vida se extinguiría intantáneamente.

—Estaré bien cuando certifique que vos lo estáis.

—Si es así, ya lo estoy. Por vos cambiaría noche por día o movería el universo de sitio.

—¿Cuál es el motivo de vuestra inquietud?

—Me asusté, pero ya estoy mejor. Algún indeseable mandó un mensaje anónimo a mi móvil.

—¿¡Quéé!?

—Me ha removido el litigio que hubo entre nuestras familias, tiempo ha.

—Un mensaje que reza…

—Sencillo: «ALEJAOS DE LOS MONTESCO».

—¿Ya está? Menuda novedad.

—¿No os preocupa?

—No hagamos caso en esta nuestra noche, LA noche.

—¿No anunciará malos augurios?

—Nuestras familias son amplias: cualquier cobarde de la mía o de la vuestra pudo enviarlo.

—Pero…

—Inmutarse supondría leña para su fuego, nieve para su frialdad. No hagamos caso.

—Yo… confío: no haremos caso.

—Luzcamos la mejor de nuestras sonrisas y emulemos la noche más bella de nuestras vidas.

—Tenéis razón y me disculpo por mi alarma. —Y aludiendo que se representarían a sí mismos…:

—Esta noche seremos los Amantes del Mundo, los amantes de todos los tiempos.

—¡Sí! ¡Dentro y fuera del escenario! En breve nos veremos, AMOR mío.

—Mi AMOR, nos veremos en breve.

Colgaron.

Romeo comprobó cómo las luces de emergencia se encendieron y algunas pantallas ya indicaban la puerta por dónde saldrían los pasajeros del vuelo. Avisó a su servicio de guardaespaldas, pues en breve llegaría a una zona muy concurrida. Ellos también proporcionarían al actor y a los invitados un coche sin conductor.

Por su parte, Julieta, tras despedirse de su amado, quedó pensativa. Al cabo de medio minuto releyó el mensaje anónimo con grave expresión.

 

 

Acto I Escena 27

(Quedan menos de dos horas para el estreno teatral. El aeropuerto inglés, sufre un apagón. La monstruosa tormenta, unida al flujo de radiación procedente del Sol, son los responsables. Hamlet, se dirige al encuentro de Romeo, que acaba de saber que Julieta ha recibido un mensaje anónimo inquietante)

EL SÚBITO apagón volvía a romper el delicado equilibrio emocional de Hamlet Gibson. Desafiante, instigó a los convulsos cielos:

—¡Cállate! ¡Tú, trueno, que todo haces temblar, Apolo bufa y rayos nos envía, aplastas del mundo su redondez! —Su incorpórea asistente respondió a través del auricular bluetooth:

—Invocas a los elementos armado solo de palabras.

—¿Con qué mejor?

—Trabajo para un quijote que batalla contra gigantes con su espada de papel —señaló mientras él echaba a andar.

—Que el ecuánime Sancho me dirija.

—Derecha aquí. ¡No!, en la siguiente intersección. Eso es, bien. El actor Romeo di Montesco espera.

Los generadores de emergencia entraron en acción y las luces volvieron a brillar. Al doblar un recodo se encontraron frente a otro gran hall de techos estratosféricos de los que colgaba un enorme cartel anunciando «La Obra del Siglo». Parecía tener vida propia: su fondo era animado. Sobre los títulos de crédito, una fotografía hiperrealista de los dos protago­nistas, Romeo y Julieta, Leonardo y Charlize en la representación. Un amane­cer perfecto en una playa de ensueño. Tal imagen tocó la fibra sensible del crítico, a todo él:

—Corazones inflamados en llamas… ¡Oh, AMOR superlativo, sublime..!

—Siento interrumpir… Ayer me enviaron esta imagen y reconozco que me sorprendió.

—¿No es…?

—Sí, es él: el bueno de Romeo di Montesco. Debajo de la imagen está el modelo original, el de carne y hueso. Desde aquí detecto la señal de su teléfono móvil.

El crítico había divisado un tumulto de jóvenes. Se arremolinaba en una densa melé sobre el objeto de su deseo. El círculo de guardaespaldas amplió el diámetro mientras el celebérrimo actor firmaba los últimos autógrafos. Romeo vio a Hamlet a lo lejos y sonrió con amabilidad. Su secretaria pudo comprobar, a través de los ojos de él:

—Es más guapo en persona. Pero noto diferente su sonrisa respecto a la de la imagen.

—Conclusión…

—La de la foto no se puede fingir, es decir: los actores son también pareja fuera de los escenarios. LA pareja.

—Ambos son fieles esclavos de Eros…

—… dios implacable del AMOR

—Ella ostenta la corona radiante de la apoteosis de la belleza.

—Creí que exageraban acerca de sus facciones sobrenaturales.

—¡Ni una brizna!

—Y solo vemos su imagen en el cartel. En persona…

—Me asombra su arquitectura biológica.

—Sus facciones van más allá de la perfección.

Antes de que Hamlet pudiera alcanzar al actor, alguien dio la nota: una voz femenina reverberó en la lejanía.

¡ R O M E O O O O !

La dueña del sonido empezó a farfullar algo incoherente. Al final de un corredor de doscientos pies de longitud se divisaba a una mujer totalmente ebria. Desdémona cojeaba en su dirección, pues le faltaba uno de sus zapatos de leopardo. Mientras, Hamlet había llegado a la altura de Romeo.

—Siento la muerte de vuestro padre —dijo el actor mientras estrechaban sus manos.

—Señor Montesco, sois vos muy amable.

—Duncan me informó del fallecimiento…

—Los actos viles aparecerán… a la vista de los hombres de bien… aunque los sepulte toda la tierra. —La químico irrumpió entre ambos, zapato en mano, y casi tirándo­los al suelo.

—¡Queridos amigosss! ¡Qué alegrííía! ¡Celebremos juntos que seguimos vivos ante ante el… el incierrrto futuro! —Hamlet la notó más desbocada que en el avión.

—¡Vamos justos! —Apremió el actor, quitándose de encima a la bioquímico y estirándose la chaqueta de seda de tres mil libras

—… el incierrto futurrro.

—Apresurémonos, sobre todo si queréis cambiaros en el hotel y tomar algo antes de la premier.

Un automóvil sin conductor los llevaría hasta allí. Mientras se dirigían hacia la salida, sonó el teléfono móvil del crítico.

—Disculpad. —La voz de Yorick indicó:

—Hamlet: tienes al inspector Capuleto al otro lado de la línea. —El crítico susurró de forma casi inaudible:

—Creí que fingías una llamada. ¿Recontactaste con Ofelia ya?

—No, y empiezo a preocuparme.

—…

—Las extrañas condiciones meteorológicas están afectando a las telecomunicaciones por superficie. El policía llama a través a través de la Red mundial. ¿Qué le digo?

—Pásamelo… ¿Hola? —Hamlet escuchó la voz del policía:

—¡Por fin! Dos veces sobre el filo en la misma noche, no está mal, señor Gibson.

—Así es.

—Acabo de ver en las noticias que vuestro vuelo casi ameriza sobre el río Támesis.

—No es buen momento, vamos al estreno.

Mientras susurraba accedió al asiento delantero del vehículo. Luego, volvió la cabeza para comprobar que Romeo y Desdémona se habían instala­do en los asientos posteriores. A tal distancia y con ese tono de voz no podrían escuchar la conversación. El vehículo automatizado arrancó rumbo al Gran Hotel Curtain. El teniente de policía rugió:

—¡Callad! Los del laboratorio van prestos. Pronto sa­bremos marca y modelo del automóvil que os embistió en Madrid.

—Vos buscáis a un asesino de Hamlets. Confío me informéis en tiempo y forma.

—Ni lo soñéis, no os arméis quimeras: es confidencial. ¿Para qué? ¿Para tomaros la justicia por vuestra mano?

. ¿Por qué llamáis? ¿Qué quedó por decir? —Al otro lado de la línea reinó el silencio. —Lucha, no puede hablar de corazón, por eso sus ojos destilan ámbar.

—¡Maldita sea! ¡Callad! En fin… que… me gustaría que, si tenéis la oportunidad…, que saludéis a Julieta de mi parte.

—¿Cómo decís…?

—Es mi prima de sangre. Hace tiempo que andamos un poco distanciados.

—Cla… claro.

—Bueno, ya está. Os advierto que esta información es confi­dencial también. Adiós.

—Ha colgado. —Informó Yorick— ¿Cómo? ¿Qué la mujer más bella es su…?

—¡Si son de distinto planeta! ¿No? ¿Es cierto? —Ella, rapidísima, confirmó:

—Sí, lo acabo de verificar: Julieta está emparenta­da con familias de ascendencia italiana.

—Sorprendente, ¡son primos!

—Dispongo de una buena noticia.

—Por favor, la necesito ya: suéltala.

—Tengo un viejo amigo en el Laboratorio Central de Criminolo­gía de la policía española.

—¿Y?

—Me debe uno… o doscientos favores, así que… tendrás a tu sospechoso.

—Mmmh…

—Puentearemos al inspector Capuleto. De momento, no lo necesitamos.

 

Acto I Escena 28

( En el barrio de Notting Hill, al oeste de Londres, un hombre rubio, atlético y de gran estatura se dirige en su deportivo hacia el Teatro Curtain. Está herido psicológicamente por las palabras de su padre)

MALCOLM HOPKINS Lungrend, director de la obra, era un nórdico enorme con aspecto de luchador colosal. Sacó del garaje su Lamborghini más exclusivo: un Veneno de doce válvulas y 750 caballos que le había regalado su padre. Se dirigió rumbo al noreste, hacia el barrio londinense de Hackney.

¡Dios mío! La intemperie más infernal jamás vista. ¡Qué oportuna por in­oportuna! Me consuela que no hay noche tan larga que no acabe en día.

Aceleró por la A-12 dejando a mano derecha el parque Queen Elisabeth. Mientras, continuaba sumergido en sus pensamientos. Como medio planeta, había visto la entrevista.

Es indudable que mi padre, el gran Duncan Hopkins, ha perdido no solo el norte, sino la oportunidad de cerrar su bocaza. ¡Escupe injurias hacia su hijo… camufladas bajo las artes sutiles!

Recordó sus palabras exactas:

«Malcolm ha realizado un trabajo fabuloso… Solo diré que debo a Macbeth Norton, guionista de la obra, más de lo que nunca podré pagar. Ese es vuestro hombre…»

Y si él maldito guionista amargado lo es, ¿qué soy yo? Mi padre…, le perdieron los comprensibles amores de la carne y los incomprensibles del espíritu. ¡Maldito seáis!

Cuando divisó el majestuoso Teatro Curtain se relajó, pero por poco tiempo. Con toda probabilidad sobre su escenario se iba a representar la obra más influyente de todos los tiempos. SU obra. Nada ni nadie le iba a arrebatar tal honor.

Precisamente, ahí está el excéntrico Macbeth Norton aparcando su moto del Pleistoceno. El desfigurado guionista se ha traído al estreno, como no podía ser de otro modo, su desorbitada mirada de psicópata y su cara devastada por el fuego. ¡Que alguien traiga una máscara para este Fantasma de la Ópera postmoderno!

Malcolm decidió acceder al bar del hotel y tomar allí una copa.

 

Acto I Escena 29

(En el coche sin conductor, bajo una furibunda precipitación y llegando al Gran Hotel Curtain. Tras hablar con el inspector Capuleto, Hamlet se dirige a los ocupantes del vehículo, Desdémona y Romeo)

—LO SIENTO —Se excusó Hamlet, tras colgar la llamada con el policía.

Sus disculpas solo llegaron al galán. Ella, se había ido dejando todos sus encantos por el camino; dormía etílica, con indecoroso gesto y su parche ocular pegado al cristal.

—No os preocupéis. —Comenzó Romeo— Por cierto, nunca había visto llover así, ni en Londres ni en ningún otro sitio. —El actor hablaba mientras escudriñaba a través de la ventanilla la temible borrasca. El crítico ni lo había escuchado.

—¿Qué? —El actor lo miró y dijo:

—Tenéis mala cara, amigo, ¿os encontráis bien?

—El Cuarto Jinete insiste tenaz… en montarme por la fuerza en su grupa. Ya veo sus tenebrosos dominios.

—Yo… yo… no sabía…

—Disculpad la ausencia de mi presencia. Ya de mi vida fragmen­tan sus hilos.

—Lamento lo que estáis pasando, de veras. Casi me siento mal por estar en las antípodas.

—Borrad ahora mi mera existencia. Este es, sin duda, vuestro gran momento.

Ambos volvieron a mirar asombrados la brutal cortina de agua, los rayos e insólitas auroras. La secretaria, Yorick, escuchaba la conversación y susurró:

—Hamlet, ya llegamos al hotel. Estoy a punto de confirmar algo…—Romeo hablo:

—Estamos a una hora del instante culmen de mi vida profesional, del Día de todos los días, del Momento de todos los momentos: a una hora del estreno siento mucha excitación.

—No imagináis mi alegría por vos. —Dijo el crítico con sinceridad.

—Os lo agradezco. Me hablaron de vuestra noble figura.

—Gracias. El Arte con mayúsculas espera.

—¿Me ayudáis ahora a sacar a una bella mujer semidesnuda del coche?

—Alguien tendrá que hacer tan vil labor.

—Rodeemos el hotel para sortear a la prensa y subirla a su habi­tación por la puerta de atrás. Hay un zaguán por el que se accede a las cocinas del restaurante. No nos mojaremos.

Mientras procedían, su asistente volvió a musitar en al oído de Hamlet:

—¡Lo tengo! Mi amigo del Laboratorio de Criminología me ha adelantado el dato: el coche que embistió el taxi es un Fiat Cassio y pertenece a una mujer anónima que denunció su robo.

Lasciami sul pavimento, sto bene! [‘¡Dejadme en el suelo, estoy bien!’]Recién despertada, recolocándose el trozo de tela que cubría su cuenca ocular, Desdémona había hablado en italiano. Hamlet escuchó la frase en su lengua natal, genti­leza de la traducción en tiempo real que le susurró Yorick en su oído. Romeo estaba inquieto por el estreno teatral:

—Soltadle los pies. Tengo que subir raudo a mi suite a recoger mis cosas y cambiarme.

—Duncan ha alquilado una planta del hotel para todo el equipo, prensa e invitados especiales como tú. Indicó su secretaria. El actor sugirió:

—Tomad algo en el bar, la obra es larga. Nos veremos a media noche en la Gran Sala del Curtain. Hamlet deseó suerte al actor del momento, al marchar:

—Que la diosa Fortuna os encare. —A continuación se dirigió a Desdémona:

—¿Cómo os encontráis sobre dos guepardos?

—Leopardos —matizó orgullosa.

—Antes vos mencionasteis a mi padre.

—Tomemos algo.

Accedieron al restaurante del hotel a través de la puerta batiente de las cocinas. Se trataba de un comedor clásico de aparatosas lámparas y pesados cortinajes. Dentro se toparon con una mesa donde un tipo grande, de rasgos nórdicos y con aire pensativo se tomaba una copa. Este, al verlos, se levantó en un gesto que a Hamlet le pareció interminable. Ella tuvo la vaga intención de presentar a los dos hombres.

Señores… —Mientras, Hamlet elucubró para sus adentros:

Malcolm Lungrend, hijo del productor. De soviético boxeador su traza, ha fulminado a la químico gélido. Mutante sí, entre Polansky y Fincher… dijo su en­trevistado padre, Duncan. Tal ardid fue una cortina de humo… para en verdad elogiar a Macbeth. Lindezas así destrozan el alma. Hamlet: saluda a este espíritu herido.

—Encantado. —Dijo el estratosférico director de la obra. Levantando la mirada:

—Un placer conoceros, caballero. Ambos en el oficio, ambos dos, cada cual fiel, esculpiendo en su lado.

—Ja, ja. Sí, director y crítico, en efecto. Figuras tan antagóni­cas como necesarias la una para la otra. El placer es mío.

—Parece sincero. —Opinó Yorick en el auricular de Hamlet. El hijo de Duncan habló:

—Me consta que nuestros respectivos padres disfrutaron de una amistad casi fraternal. —El crítico un pequeño respingo. Apenas disponía de información sobre la vida que llevó su propio padre, Sir Hamlet Olivier, antes de su asesinato.

—Tranquilo, llevabais demasiado tiempo distanciados. —Apuntó la secretaria.

—Respecto al vuestro —continuó—, siento lo que ocurrió, fuera lo que fuese…

—Deponed tan hipócrita camaradería —intervino ruda Desdémona, zanjando la conversación—. Malcolm, me llevo a este caballero. Os deseo mucha mierda.

Y arrastró a Hamlet de la mano dejando al rubio director de la representación con la palabra en la boca. La forma en que miró a Desdémona confirmó su primera impresión:

Litigio asimétrico no resuelto: la aventura extramarital con Duncan.

Ambos tomaron asiento en torno a una pequeña mesa que quedaba libre, uno al lado del otro. A través de los amplios ventanales comprobaron sobrecogidos cómo el exterior se tornó aún más siniestro: una extraña bruma rojiza parecía haber sustituido a la lluvia e iba extendiendo su manto por todo Londres. Hamlet miró al camarero. Su asistente le advirtió antes de que abriera la boca:

—Te recuerdo lo inadecuado que es mezclar tranquilizantes y alcohol. Los que tomaste todavía corren por tus venas.

Él, obviando lo que le recomendaba la dulce voz en su oído, pidió vino tinto aromatizado con hierbas. Desdémona, un helado italiano que, al parecer…

—Me chiflan. — Él la miró a su único ojo para luego lanzar sin piedad:

—¿Desde cuándo con Duncan fornicáis?

 

Acto I Escena 30

(En el corazón de un Londres siniestro, un crítico teatral esclavo de sus emociones-Hamlet-, busca al asesino de su padre. Un famoso productor-Duncan-realiza una entrevista hablando de la representación revolucionaria, a punto de estrenarse. Una bioquímico-Desdémona-destruida por los celos de su marido-Otelo-, el actor del momento-Romeo-y el enorme director nórdico-Malcolm-coinciden en el Hotel-Teatro Curtain. La mujer más bella de la humanidad-Julieta-, pareja del actor, recibe un anónimo amenazante)

 

(Minutos antes. En el barrio londinense de Stockwell. Un hombre huraño, de rostro desfigurado por las llamas y el rencor, cual Fantasma de la Ópera postmoderno, se monta en su vehículo retro)

MACBETH NORTON, a bordo de una Triumph Trackmaster del año 1969, circulaba a gran velocidad rumbo al noreste de la ciudad. La poderosa cilin­drada de su motocicleta de coleccionista asustaba a los transeúntes con su rugido. Él también rugió:

—¡Que la máquina del mundo se desmiembre! ¡Que cielo y tierra sufran antes que vivir con miedo! Ni la última fortaleza quedará ajena a su influjo. Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel.

El guionista de la representación teatral, Leonardo y Charlize, injuriaba a quién se interponía en su camino; se saltaba los semáforos, las leyes de la sensatez y las de los hombres. Su rostro, desdibujado por el odio y por el fuego a partes iguales, desacon­sejaba enfrentarse a él. El vehículo, acelerando por Stratford, se abrió paso entre la densa cortina de agua. No dudó en subirse a la acera sin importarle la integridad de los pocos peatones que luchaban contra la inclemencia bajo sus paraguas.

Malditas brujas que me rondan. No respetan ni un día tan señalado. Re­cuerdo mi pesadilla que aquí y ahora transformo en negro presagio: los mons­truos de mi imaginación emergían de la piedra. Eran recibidos, aleccionados en el mal y perfeccionados en el oficio de la muerte. Finalmente, atravesaban la membrana que me separa del mundo y comenzaba a escupir sobre él los fuegos del Infierno.

Estaba llegando. De lejos divisó el tumulto bajo el intenso aguacero. Al otro lado del Támesis se erguía el circular Gran Curtain Theatre. Un ejército de policías a caballo, servicios sanitarios y de emergencias, prensa procedente de noventa países y decenas de miles de personas se apiñaban en las inmediaciones.

Sorteando sin demasiados miramientos esa masa anónima, accedió a una zona reservada solo para el equipo de la representación. Bajo un enorme lienzo que protegía del agua, detuvo al fin su motocicleta y vio cómo en ese momento llegaba un Lamborghini Veneno amarillo. De él descendió un tipo rubio enorme, de seis pies y medio de estatura, hombros interminables y rasgos cortados a cuchillo. Ambos cruzaron sus miradas durante un segundo, pero no se dijeron nada. El gigante entró al hotel por la puerta de atrás, y se dirigió al bar.

Malcolm, el niño grande al que su papá no quiere, saliendo de su deportivo de juguete. Fotógrafos del mundo, ya tenéis aquí al maniquí vacío, al florero hueco que buscabais, al hombre de paja que se cree que dirigirá la Obra del Siglo. Si nunca librasteis batalla más que con vuestro peine frente al espejo, mal dirigiréis las huestes hacia la victoria. Cruzo los dedos y me encomiendo al noble y sabio Duncan, su padre. Eso respecto a esta noche, la última. Mañana ya nada importará: todo habrá sido barrido.

 

 

Acto I Escena 31

(Minutos después. Hotel-Teatro Curtain. Desdémona y Hamlet, coinciden con Malcolm, director de la representación. Se presentan crítico y director. Ella y Hamlet se despiden y charlan en otra mesa)

—¿DESDE CUÁNDO os amancebáis con Duncan? —Lanzó Hamlet sin rodeos.

—Desde cuándo, no lo recuerdo. Hace una hora lo nuestro ha terminado. ¿Os importa?

—Si influyó en la muerte de padre, sí. ¿Conoció vuestro marido la estafa?

—¡No consiento que me juzguéis! —Clamó Desdémona—No influyó, a pesar de que vuestro astuto progenitor, Sir Hamlet, nos descubrió.

—Proseguid.

—No estuvo de acuerdo con lo que estaba pasando. Quiero pensar que Otelo nunca estuvo al tanto. —Omnipresente, la secretaria musitó en el auricular inalámbrico de Hamlet:

—Si él hubiera siquiera sospechado, ambos habrían sido ase­sinados del modo más lento y espantoso posible. —La bioquímico siguió hablando:

—Mi marido es…

—…Un ser humano singular, me dicen.

—…uno de los hombres más bondadosos y solícitos que jamás conocí. —Yorick dijo:

—¡No le prestes credibilidad! En esto ella está dos veces tuerta: ciega. Su AMOR nubla su entendimiento. Es al revés: se le considera el hombre más sanguinario y peligroso del orbe.

—Reconozco que en los últimos tiempos los celos lo des­quiciaron. —Y removiéndose en su taburete la bioquímica añadió: —Desde… aquello.

—¿Aquello…?

—… Desde que escapó de la justicia. Escuché que anda enfras­cado en delirantes experimentos genéticos, fabricando monstruos, no creo nada. ¡Maledicentes habladurías!

—Vuestro dolor no es superior al mío. Sé que sufrís por AMOR, como yo.

—Gracias por entenderlo.

— En el avión vi vuestros ansiolíticos.

—¿Vais a censurar también con qué condimento mi sangre? —Su respuesta le sorprendió:

—¿Compartiríais sustancias prohibidas…?—Su ayudante replicó enfadada en voz baja:

—¿¡Qué!? Te estás luciendo. — La mujer rio, relajándose con su sincera petición:

—Ja, ja, ja.  Me temo que solo la Agencia Estadounidense del Medicamento las ha vetado.

—Aunque en Europa sean legales, valen. —Desdémona se giró hacia Hamlet.

—He leído vuestras ácidas críticas. Sois uno de mis escritores de cámara.

—Pues terminé en Madrid con la cabeza… entre mis piernas, la de vuestro chófer… de cámara.

—¿La de mi chófer? El muy cretino me dejó tirada esta tarde. ¿Rodrigo Tarantino?

—Sí.

—No sabía que os conocíais y, menos, que vuestras relacio­nes eran tan íntimas.

—No bromeo, el taxista está muerto.

La inercia de su risa le hizo recorrer dos segundos más. Luego comprendió que hablaba en serio. Quedó lívida. Entonces recordó:

¡Es cierto! Tuve un mal agüero, pero mi mente lo sumergió en alcohol.

—Igual que dije que en el aeropuerto ella no fue sincera, ahora afirmo que sí lo es. Está afectada por la muerte del taxista. —Apuntó la secretaria.

—¡Algo intuí! Ese pobre diablo me profesaba un AMOR platónico como pocos.

—El sicario de padre es contumaz. Liquidar al patriarca no le basta. A la dinastía quiere extinguir.

—Lo siento de veras. —Él escuchó en su oído una confirmación:

—¡Sincera! Dice lo que siente, siente lo que dices. —Desdémona quebró el gesto:

—Los dioses se han conjurado contra no­sotros. Tengo un mal presentimiento perpetuo.

—Os entiendo.

—Es como si las cosas no tuvieran otra forma de acontecer. Tengo miedo. ¿Qué sucede?

Una de las enormes lámparas que iluminaban el comedor se desprendió del techo.

—¡¡Hamlet, no pienses y SALTA ATRÁS!! —Alertó su asistente. Hamlet desobedeció.

(Una pequeña mesa destrozada del restaurante, tras un gran estruendo de maderas y cristales rotos. Algunos comensales del salón, tras los gritos, se acercan para interesarse por ambos)

—¿¡¡Qué diablos acaba de acontecer!!? —preguntó el crítico desde el suelo. Desdémona yacía debajo de él aturdida. Hamlet había obviado el adverbio indicado por su asistente, saltando lateralmente sobre la bioquímico, para protegerla. Ella respondió:

—¡Pues que me habéis salvado la vida!

—Malos tiempos: locos guían a tuertos.

Hamlet, ayudado por el director nórdico, pudo incorporarse. Una vez en pie el crítico, a su vez, ayudó a levantarse a la mujer. Malcolm no daba crédito:

—¡Providencial intervención! Lo presencié desde mi mesa. Cuando placas­teis a Desdémona os creí enajenado. Me recordasteis cuando jugaba al rugbi en la universidad.

—Yo…yo… —Balbuceó el crítico.

—Un segundo después esta lámpara cayó sobre el lugar en el que estabais. —El director de la obra a punto de estrenarse quería entender. —¿Cómo pudisteis anticiparos? Mmmhh.

—Yo… yo… no lo sé… —farfulló—. Creo que los dos estamos bien, gracias. —La mujer, a la que le brillaba su único ojo, se soltó su larga melena y dictó mirando a Hamlet:

—Cuando prometo amistad cumplo hasta el último artículo.

—Valoro la palabra más que nada, y más si es una promesa de honor. —Hamlet aludía, precisamente, a su arma más afilada— Pensad muy bien lo que lanzáis al éter.

—Bueno, tranquilizaos, quizás solo haya sido… un accidente —Intervino Malcolm, sin creer lo que decía y mirando extrañado al techo. Los confusos empleados del hotel se deshicieron en disculpas. Desdémona confirmó:

—Estamos bien, no os preocupéis.

—Haré que os traigan un tentempié en la barra antes de la función. —Dijo Malcolm.—Ahora tengo que subir a cambiarme, y a dar algunas directrices de última hora a los actores. Nos veremos en el teatro a media noche… ¡en veintiocho minutos!

El director teatral se despidió y tomó un ascensor. Hamlet fingió una llamada para alejarse un momento. La mujer quedó observando cómo retiraban los cristales y la mesa destrozada. El resto de los periodistas e invitados que se encontra­ban en el salón habían vuelto a sus mesas tras comprobar que todo se había quedado en un enorme susto.

—Gracias por salvarnos. —Dijo a Yorick— ¿Fue ÉL de nuevo?

—Hamlet, me falta información. Ni idea si lo de la lámpara ha sido o no accidental.

—Ofelia…—Recordó angustiado…

—Gracias al micrófono de tu piercing electrónico escuché algo en la vertical y me temí lo peor. Sabía que la lámpara estaba justo encima de la mesa. Los materiales de anclaje y…

—¡Calla! Ofelia es la que ahora me preocupa.

—Mientras intentas sonsacar a Desdémona voy a resolver de una vez por todas la incertidumbre respecto a la integridad de Ofelia.

—¡Por favor!

—Contactaré con el inspector Capuleto: que envíe una patrulla a tu castillo, Urk-Ubar.

—Bien.

—Te diré algo, no te pongas nervioso. Desdémona te desea se­xualmente: lo leí en sus pupilas y en su lenguaje no verbal. —Pero ella llegaba tarde al ecosistema emocional de él:

—No me inquieto…, doña noticias frescas. —Y tragando saliva imploró—: Por favor, dime que Ofelia está bien.

 

Acto I Escena 32

(Hamlet y Desdémona sentados en la barra del bar del Hotel Curtain Theatre, a la espera de asistir a la inminente función. En la siguiente butaca, el guionista Macbeth. No se han dado cuenta: lo tienen al lado)

¡IDIOTAS! NO me han reconocido bajo el ala de mi sombrero: a tres pies de distancia, escuchando su conversación. El objetivo de él es sonsa­carla. La químico mal disimula: quiere que él recorra por dentro su curvado cuerpo, hacer la bestia de las dos espaldas. Otelo no cumple con ella desde hace tiempo.

El desfigurado guionista echó un trago sin que la pareja se percatara del espía que los acechaba. Los altavoces anunciaron que quedaban veinte minutos para que empezara la función. Muchos invitados empezaron a abandonar el bar para dirigirse a sus co­tizados asientos en la sala. La Obra del Siglo iba a empezar.

Confío en que, por fin, mi amado Duncan y su flácido miembro le hayan enseñado ya el camino hasta la puerta. Sé que desde hace mucho tiempo queréis hacerlo. ¡Buen protector, no sufráis por ella! Es momento delicado: la Naturaleza en vos bordea el límite de su confín. Envejecéis raudo. Fuera del escenario se desarrolla una farsa que mutará a tragedia. Desdémona siente irracional atracción-repulsión hacia el huido fantasma de su marido, Otelo. Ahora ella dice desde su taburete:

DESDÉMONA—… No es que él sea malo. Se empeña en ver las cosas como no son…

 

Buf, ¡qué empalago! Síndrome de Estocolmo: atracción hacia tu propio secuestrador. Está tan ciega de AMOR que descuida sus enseres personales, alcoholizada como siempre… ¡Ajá! Ya llegamos a un terreno que conozco muy bien. Los hechi­zos, las brujas y su pérfida influencia para la humanidad. Ella dice…:

DESDÉMONA —… Otelo está hechizado… Si padeció algún embrujo maligno, escupió rayos…

Esos malditos esperpentos sin alma han debido usar sortilegios para perju­dicarme. Las muy alcahuetas han desviado la mirada de ella poniéndome por un segundo en su nítido campo de visión: ¡Desdémona me ha descubierto!

 

Acto I Escena 33

(Sentados en la barra del bar del hotel, un hombre, una mujer…y otro hombre algo más alejado: el siniestro guionista Macbeth Norton, que escucha toda su conversación desde el taburete anexo)

LOS ALTAVOCES anunciaron que quedaban veinte minutos para que empezara la función. Muchos invitados comenzaron a abandonar el bar para dirigirse a sus cotizados asientos. La Obra del Siglo estaba a punto de empezar. Desdémona hablaba:

—No es que Otelo, mi marido, sea malo; se empeña en ver las cosas como no son, quizá influenciado por alguna lengua envenenada. —En su taburete se tocaba sus rubios cabellos.

—De él dicen fue bueno, el mejor.

—Mi marido deslumbró al mundo. El mejor neurocirujano de todos los tiempos.

—Pero el monstruo de ojos verdes llegó.

—Admito que así fue. ¡Cuidado con los celos!

—Celos y envidia destruyen igual al que la padece y al que la sufre.

—En mi caso, con partes de mi cuerpo como rehenes. Mi ojo flota en un lugar impreciso.

—Os resta un ojo para ver el Mal.

—En momentos de lucidez recuerdo furibunda mi ojo. En los que la soledad predomina interpreto su secuestro ocular en clave de AMOR.

—Dicen que perforó cruel a un colega.

—Cometió errores, pero es un buen hombre, preocupado por cómo le recordarán.

—He utilizado el verbo perforar.

—Abrió la tapa de los sesos de un compañe­ro y trasteó. Quizás por una buena causa…

—Compruebo en vos meteórico tránsito entre ceguera y objetividad.

—…Pudiera querer eliminar, a golpe de bisturí, lo que en aquel hombre sobraba.

—¿¡Cóomo!?

—No considero grave su falta. Puede que le liberara de lastres, miedos, prejuicios…

—Recuerdos, su yo… nada, pequeñeces.

—Así ando por el orbe, dando tumbos, esclava de la angustia, a pulgadas de la demencia.

Su invisible secretaria decidió intervenir en voz baja:

—Pregúntale a Desdémona por Brabancio, su padre: ¿qué opinaba de Otelo?

—¿Vuestro padre…?

—Rechazó nuestro secreto matrimonio. Un sueño le avanzó que Otelo está hechizado.

—¿Tanto como para acabar con padre? ¡Por el sagrado reflejo lunar, hablad!

—Vuestro padre y mi marido trabajaron juntos, pero las iras de Otelo no enfocaron hacia su noble persona.

—¿Estáis absolutamente segura?

—Si él en algún momento padeció algún embrujo maligno, escupió rayos y vomitó truenos, pero en otra dirección.

—Continuad.

—El Moro, Otelo, apreciaba lo excepcional. Me contó que, una vez, el gran Sir Hamlet Olivier, vuestro padre, tuvo la valentía de hablarle como nunca nadie lo hizo. Y se ganó su respeto. No había peligro de solapamiento; se movían en campos científicos diferentes.

En ese momento, ella enarcó sus cejas alertada, aunque no dijo nada. Pensó:

—Ummh… ¿no es nuestro silencioso compañero de asiento el atormentado guionista Macbeth? Se ha mimetizado con el mobiliario y seguro que ha seguido toda nuestra conversación. Ahí está, acodado en la barra tras su sombrero, con media cara desfigurada. ¡Maldito chalado!

Desdémona se levantó con cierta brusquedad de su banqueta.

—¡No tan rápido, no hemos terminado! —Advirtió Hamlet.

—No, no, señor. Sin embargo —dijo mirando nerviosa su todavía mellado teléfono móvil—, solo restan unos minutos para el preestreno. Tenemos que ponernos de gala para el acontecimiento.

—Encuentro fallido e inacabado. Yo ignoro lo que vos hacéis aquí.

—Saldréis plenamente satisfecho tras nuestro próximo acercamiento, os lo aseguro. Estad tranquilo. ¡Ah!, y gracias por salvarme la vida ahí dentro.

—Ya, amiga. Yo de vos no me fío. —Dijo para sí el crítico.

Con el rabillo del ojo él también vio, bajo un sombrero, a un tipo sentado en el taburete adyacente. Lo reconoció por las fotografías. Yorick confirmó:

—Sí, es él. La sombra de un hombre que fue. —Ya en pie, el Hamlet pidió la cuenta.

—Corre a cargo de la casa por las… molestias. —Contestó el camarero.

Hamlet se despidió de Desdémona y se acercó a saludar al guionista de la Obra, el intratable Macbeth Norton. Ella, en ese segundo de transición y sin que nadie se percatara, introdujo en su descuidado bolso el pequeño vaso del que había bebido Hamlet. Luego, realizó un forzado gesto de despedida y se dirigió hacia los ascensores rumbo a su suite.

El recibimiento de Macbeth ante la mano extendida de Hamlet fue tan gélido como el que tuvo con el inspector Teobaldo Capuleto: Lo miró fijamente sin mover un músculo, sin emitir un fonema. Ante su feo desaire el crítico giró y marchó también a su habitación.

 

 

Acto I Escena 34

(Madrid. Bajo la tormenta el inspector Capuleto conduce su ranchera hacia el paraje de Urk-Ubar. El peculiar policía farfulla interiormente… Luego, realiza una llamada a la Comisaría Central de Policía)

HAMLET GIBSON y su misteriosa secretaria… Ella llama en medio de la noche, me urge a acudir a la fortaleza medieval donde mora su jefe. Dispara…:

Yoric —«La pareja sentimental de Hamlet Gibson, Ofelia Hepburn, podría estar muerta al abrigo de sus muros».

…Luego, me cuelga. Después, me vuelve a llamar preguntándome si en la tarjeta que me dio el crítico hay alguna inscripción: ¡NO! Luego, me vuelve a colgar. No puedo volver a contactar con ella. ¿Qué se ha creído? La señorita Yorick… ¿Qué? ¿De qué familia proviene? Ni de los Oli­vier-Close-Gibson, ni de los Hopkins-Ludgren. Nada que ver con los Norton-Cotillard, ni tampoco está emparentada con los venecianos Fishburne-Welles-Johansson. ¿Quién diablos es ella y de dónde ha salido? Voy a llegar hasta el final.

Ya de viva voz, el policía gritó al sistema inteligente de su automóvil:

—¡LLAMADA! ¡COMISARÍA CENTRAL! —Tras varios tonos, un joven oficial de guardia coge el teléfono. —¿Quién es el oficial al mando? ¿Vos? Bien… Soy el inspector Capuleto y me dirijo al castillo de Urk-Ubar. Podría necesitar refuerzos para derribar el portón. Enviadlos allí inclu­yendo un ariete hidráulico de cabeza de carnero… Sí, sí… por posible víctima femenina. Quiero saber todo lo que podáis encontrar en la base de datos Universal Police, en la nube, en Big Data 5.0 e incluso en los iones del éter si es preciso. Hablo de la secretaria del crítico teatral Hamlet Gibson.—Al imberbe policía le caerá un chaparrón casi tan grande como el meteorológico.—¡Sí, él, diablos!: es el hijo del difunto Sir Hamlet Olivier. Y ella, señorita Yorick… ¡NO LO SÉ! ¡Yorick…, nada más! Quiero saberlo todo de ella: fecha de nacimiento, domicilio, ubicación actual, desde cuándo trabaja para él, quiénes son sus superiores… —El chico debía estar tartamudeando al otro lado de la línea— …¿Que para CUÁNDO…? ¡MALDITA SEA! ¡Moveos ahora mismo dentro de esas sucias calzas de lana! …¡PERO NADA! Quiero que me deis respuestas concretas a mis demandas. Si no me satisfacen, mañana caerá sobre vuestra cabeza ingrata toda la ira del cielo. ¡Vuestro nuevo oficio será el de mamporrero porcino! ¡¡COLGAR!!

Aceleró y cubrió el perímetro de un cementerio. El inquietante entorno le desconcertó. El policía recorrió el paraje bajo la oceánica precipitación. Al otro lado divisó lo que le pareció otro camposanto pero de árboles retorcidos de macabra traza. Las rocas inertes asemejaban animales muertos y los árboles sin savia tenían la misma vida que los pedruscos. A continuación irrumpió tras el parabrisas el solemne Pantano Negro. Su rotunda opacidad parecía traída de los confines más lóbregos del Cosmos. Capuleto divisó al fin la luz, que procedía de las teas ardientes protegidas por los nichos de los muros.

Solo tengo que esperar a recibir esa información, y que el crítico regrese de Londres. Durante su estancia relámpago confío en que mi prima, la actriz Julieta di Capuleto, recuerde que existo, que ella se debe a un apellido. Eso, más la llamada de atención que ha debido de suponer mi anónima misiva digital —«ALEJAOS DE LOS MONTESCO»—, tiene que obligarla a rectificar. Está sometida al respeto a su linaje. La dinastía Capuleto tiene detrás una poderosa familia y, en frente, otra que se considera archienemiga, los Montesco. Así ha sido siempre y así será hasta el fin de los tiempos.

Capuleto es una marca que te convierte en poderoso si la honras, pero en prisionero si la macillas. Una vez aprovechada esa situación y, tras usar a Gibson para ese asunto familiar, iré a por él. En doce horas ya estará de vuelta en Madrid. Voy a interrogar a los dos en comisaría, al crítico y a su… enigmática secretaria.

Ahora, ¿encontraré a la pareja a Hamlet, a una joven asesinada dentro de ese maldito castillo?

Acto I Escena 35

(Macbeth, hombre enajenado, de rasgos desfigurados y corazón destruido, es el guionista de la Obra del Siglo. Los amantes universales, Romeo y Julieta, se encarnarán a sí mismos en tal representación, a punto de empezar. Ella ha recibido un anónimo amenazante enviado por su primo Capuleto, policía que investiga la muerte del padre de Hamlet y la posible de su pareja Ofelia; por eso visita su castillo. Asimismo, dicho inspector desconfía de la secretaria del crítico, Yorick, y ordena a ambos presentarse en comisaría al alba)

 

LA CONVERSACIÓN entre Desdémona y Hamlet en la barra del bar del hotel había terminado de forma abrupta: El guionista Macbeth los espiaba. En el ascensor del Hotel Curtain Theatre, Hamlet subió su suite para cambiarse y asistir al inminente estreno teatral. Yorick…:

—Lo siento. Sigo sin localizar a Ofelia, y eso que se han restablecido las comunicaciones.

—¿Capuleto?

—Debe estar a punto de llegar al castillo de Urk-Ubar. Lleva una orden judicial por si tuvieran que entrar por la fuerza.

—Si a Ofelia le aconteció algo malo, todas las tabletas de mi memoria, todo recuerdo crucial o trivial borraré para dejar de ser Hamlet. —Ella adoptó un tono serio:

—Hamlet, ¿me omitiste algo? Cuándo saliste de tu fortaleza esta tarde, ¿todo estaba en orden? ¿Que borrarás… qué?

—Los fieles registros de juventud…, después descenderé vivo a mi tumba…, las impresiones de aquella niñez… Y me enterraré en mi propio sepulcro.

—Sé que estás aturdido por la incertidumbre, pensemos juntos. Creo que ella está bien.

—¡Yerras al intuir, sentir y pensar!

— Y tú solo aciertas cuando rectificas.

— ¡Tú solo aciertas jugando al callar!

—Dime: tras ordenarme desconectar esta pasada tarde, a lo peor experi­mentasteis ambos… Quizás quisisteis bordear lo convencional para relanzar vuestro AMOR. ¿Sí?

—Bordear lo convencional… por fuera.

—Por favor, dime que no la mataste.

Al salir del ascensor, Hamlet se cruzó con una mujer. De su misma es­tatura y parecía que iba tapada para que no la reconocieran. Llevaba amplia gabardina hasta los pies y fular azul que le cubría la cabeza; sus ojos eran invisibles tras unas enormes gafas de sol. Justo antes de que se cerraran las puertas, Hamlet escuchó un suave sollozo. Tal emoción le empujó a decir:

H—Opaca sombra, enjugad las lágrimas. Que vuestro llanto nadie lo posea.

Y—¡Es ELLA! ¡La mismísima…! Qué extraño, si está a punto de empezar la Obra y ella es la protagonista… ¡Julieta!

Hamlet se dirigió a su suite. Debía una respuesta a su secretaria.

—Repito: por favor…, dime que no la mataste.

—Creo que no…, un suicidio sería… matar a Ofelia…, matarme…, lo mismo.

—Ya… Como ahora solo nos resta esperar, hagámoslo confiando en que Ofelia esté bien.

—Confiemos.

—Ahora necesito que tú y solo tú me recites la contraseña alfanumérica de segu­ridad.

—¿Qué…?

—Sigamos a pies juntillas el protocolo impuesto por los que me enviaron para servirte.

—¿Cómo? ¿De qué contraseña me hablas?

—¡NADA DE BROMAS, Hamlet Olivier Gibson! Sabes que para poder seguir sirviéndote necesito que cumplamos las reglas estipuladas. Antes de salir de Urk-Ubar literalmente te dije: «Esto sí debería importarte, aammoo… Recuerda anotar la contraseña antes de salir y, por si acaso, memorízala».

—¡Estoy fatal, Yorick! ¡Déjame en paz! No memoricé nada, lo anoté.

—Aparca un momento tus fantasmas y trata de recordar la con­traseña. Espera, estoy hablando con Capuleto… Nada. El reverso de la tarjeta que le diste está en blanco.

—Yorick…, palabras, palabras, palabras. Todo lo demás, eso, es silencio.

—Si «eso» es la cadena de números y letras que deberías haber memorizado, tienes razón: implica silencio. Mi silencio.

—¿Tu silencio?

—Si en doce horas no envío el código a mi cuartel general a través de tu exacta voz…, solo obtendrás mi silencio.

—¿Qué? ¿Dejaremos de trabajar juntos?

—De inmediato. Así está establecido. Tienes que ser tú, necesa­riamente, el que la entone, y luego yo la valide.

A la altura de la puerta de su suite, se detuvo angustiado. La necesitaba. Desesperadamente. En unas horas la señorita Yorick le había salvado dos veces. Sin su ayuda sería imposible que desentrañase solo el asesinato de su padre. Rebuscó nervioso en cartera y bolsillos. Se arrodilló sobre la moqueta del pasillo y esparció cada uno de los objetos que llevaba encima. Le quedaban tres tarjetas de vacío reverso de un total de cinco, que fueron con las que salió de Urk-Ubar. Descartada la del policía, las posibilidades se reducían a una.

—El decapitado taxista veneciano, Rodrigo Tarantino…

—El que desplegó un AMOR sin respuesta.

—Sí: el que su vida eterna empezó hoy. —Sentenció la asistente.

Recogió sus cosas y pasó la llave código frente la puerta. Un chasquido y la madera se abrió. Las luces interiores se encendieron a su paso. Comprobó que ya le habían subido su equipaje. Hamlet se duchó y se vistió de etiqueta con rapidez. Como hiciera esa misma tarde en Madrid, se detuvo unos se­gundos frente al espejo del baño. Al igual que sucediera en el castillo de Urk-Ubar el cristal le devolvió una imagen que antes fue atractiva. Su reflejo seguía devastado por la angustia, superado por los acontecimientos, envuelto en un fulgor de destrucción. Luego, recordó la foto imposible en la que aparecían unos versos de sangre, supuestamente manuscritos por Ofelia, sobre el espejo; aquellos que, en ningún caso, podían casar en ese instante en el tiempo. Ella, a través de su sensual voz, le devolvió al ahora:

—Acabo de hablar con el encargado de seguridad del depósito de cadáveres de la M-60. Aun fingiendo ser un cargo policial, el tipejo no ha sido nada simpático.

—¿Y bien?

—Con amenazas, he conseguido saber que las pertenencias de Rodrigo no existen.

—¿Por?

—Las del habitáculo del taxi han quedado carbonizadas. Las que llevaba encima se integraron en su cuerpo. Nadie ha reclamado el cuerpo, de ahí su fugaz entierro.

—¿Dónde?

—En el cementerio cercano a tu fortaleza, Urk-Ubar.

—El camposanto del mismo apellido.

—Acabo de hacer otra llamada. He avisado al enterrador: en pocas horas nos presentaremos allí con una orden judicial para exhumar el cadáver.

—Admite que hay alguna alternativa.

—Lo siento, no puedo. Vi a través de tus ojos que, el taxista, intro­dujo la tarjeta que le tendiste en una funda metálica.

—Así fue.

—A continuación se guardó dicha funda en el bolsillo de la camisa. Podría no haberse quemado tras el accidente.

—Que al menos en ti reine el optimismo.

—Lo haremos mañana, al volver a Madrid. Ya tengo todo organi­zado, incluso con detalle. No pongas esa cara, que te veo por el reflejo de la pantalla plana del dormitorio.

—Yo al menos tengo una que poner.

—¡Cállate!

—¡Calla tú!

—En unas horas, penetraremos en un cementerio…

—¡No!

—… profanaremos una tumba, sacaremos a su decapitado in­quilino y de él la funda metálica con la tarjeta.

—Excitante plan.

—En ella tendría que estar escrita la contraseña que nos permita seguir juntos. Supongo que te las habrás visto en peores…

—Bueno, quizás no.

En ese momento, ambos escucharon un alarido.

-ROMEO¡NO, NO, NOOOOOO!

—Quizás procede de otra habitación.

 

Acto I Escena 36

(Un rato antes, en otra suite del Gran Hotel Curtain, la 309. Julieta, indiscutible protagonista de la representación de siglo Leonardo y Charlize, llora sobre la colcha. Restan escasos minutos para el evento)

EXTRAÑOS HUÉSPEDES habitaban los ojos de Julieta, que escapaban como perlas que brotan de diamantes. Su angustia, tras el amenazante mensaje anónimo «Alejaos de los Montesco»—, había crecido por minutos. A pesar de que su amado Romeo le había intentado tranquilizar, sabía que aquello no había terminado.

Ni ha empezado. Cuando lo haga, será de la forma más espantosa ima­ginable. Arrastro un sufrimiento indivisible ligado al sentimiento de AMOR superlativo. No puedo trasmitir mi angustia al otro ser del que formo parte y de nombre Romeo. Antepongo su felicidad a todas las cosas. Pero él tiene que saber, si no todo, parte. Ahora marcharé. Le escribiré para que su corazón no rompa al descubrir mi ausencia.

Se incorporó con sus ojos aún encharcados. Acto seguido, escribió al dictado de su corazón y dejó la nota sobre el lecho. Tomó la gabardina de su amado, se envolvió la cabeza en un gran pañuelo azul y cogió las gafas y la llave-código de la mesilla. Salió rauda de su suite justo antes de que él llegara.

En esta noche del estreno podrán apañarse sin mí. El bueno del productor Duncan y el noble director Malcolm disponen de recursos tecnológicos de sobra para suplirme. Ahora necesito alejarme, pensar y quizás… tomar alguna drástica decisión.

Recorrió el pasillo hasta los ascensores. Confiaba en no toparse ni con Romeo ni con nadie del equipo ni, por supuesto, con periodista alguno. Antes de que se abrieran las puertas escuchó conversar. Sin embargo, del elevador salió solo un hombre. Era atractivo y de su estatura. Entró ella entonces y, durante un instante, le sobrevino otra oleada de angustia. Aquella emoción se tradujo en un ligero sollozo. El hombre la miró desde fuera y dijo:

—Opaca sombra, enjugad las lágrimas. Que vuestro llanto nadie lo posea.

Las puertas los separaron.

—¡Oh!, empático desconocido. Irradiáis un aura de melancolía. Sin embargo, sois capaz de propagaros hacia fuera con dulzura e interés. Julieta, ¿qué te pasa? Si mis ojos infieles miran a otro, ¡conviértanse mis lágrimas en fuego! Tranquila: la soledad de un espíritu celebra con alborozo la caricia dialéctica de un desconocido. Nada más. Sigue tu camino.

Julieta siguió su camino por el amplísimo hall donde creyó no ser identificada por nadie. Al cabo de un instante alcanzó una calle extraña, irrecono­cible, pues una atípica niebla rojiza la inundaba de forma fantasmagórica. Es como si lo que se vaporizara no fuera el agua del Támesis sino otro líquido más espeso y orgánico. Allí tomó un taxi. Después de indicarle la dirección, el con­ductor no se mordió la lengua.

—¿¡Cómo!? Pero ¿qué ráfaga de sinrazón os empuja a visitar ese barrio?

—Conducid y callad.

 

Acto I Escena 37

(Madrid. Exterior de la gloriosa fortaleza de Urk-Ubar. El inspector Capuleto se aproxima en automóvil al castillo. Su misión consiste en averiguar si Ofelia Hepburn, pareja de Hamlet, sigue viva)

CAPULETO DIVISÓ al fin la luz. Manaba de las antorchas guarecidas en los nichos de los muros. Cubrió el tramo que lo separaba de la explanada y aparcó junto al portón principal del castillo de Urk-Ubar. Aves desconocidas atrave­saron anfibias la cortina de agua y levantaron el vuelo rumbo al pantano.

El policía se abotonó la gabardina y miró a través del parabrisas el mar vertical que se le venía encima. Los cielos estaban inflamados de los extraños colores que las auroras dibujaban. También impermeable a la belleza celeste, el policía salió corriendo hacia el zaguán. Antes de tocar a la puerta, sus ojos divisaron algo que le llamó la atención.

El portón, a pesar de parecer fabricado con un material ultrarresistente, aparece mellado. Los barrotes de acero que protegen este otro vano gótico han sido doblados desde fuera. Por su asimétrica disposición no parecen de­formados por alguna herramienta humana de torsión, más bien por una… bestia. ¿Qué tipo de criatura del Infierno podría tener la fuerza para…? No estoy seguro de que el atacante consiguiera su objetivo.

En fin, este lugar no me gusta nada. Acabemos lo antes posible.

—¡OFELIA HEPBURN! ¡OFELIA HEPBURN! —repitió apo­rreando la puerta—. ¡Policía! ¡Abrid inmediatamente o echaremos abajo el portón!

 

Acto I Escena 38

(Londres, Hotel-Teatro Curtain. Romeo, entre bastidores, se caracteriza como un amante de Verona para la inminente representación. No lo sabe, pero Julieta acaba de escapar del hotel en taxi hacia un lugar indeterminado)

MIRÓ EL reloj. Apenas tenía tiempo.

Comprobó cómo Malcolm, director de la Obra daba las instrucciones de última hora a algunos actores. Sin embargo, no había visto por allí a su AMOR.

RDijo que prefería cambiarse en la suite que compartimos. ¡Oh! Solo hace unos minutos que nos separamos y ya os añoro.

Tomó el ascensor y se dirigió a la habitación vestido ya para su papel. Una vez allí le extrañó que Julieta no respondiera. Vio una nota sobre la colcha y se temió lo peor.

Amadísimo Romeo:

En mi reducido mundo me he cansado de luchar, del proceder jui­cioso, de la mesura en las respuestas frente al odio entre nuestras fa­milias. Conduciré el asunto según mi criterio: intentaré evitarlo pero…

mejor en la tumba que enfrentar mi cuerpo desnudo a la furia, a la sinrazón.

Pase lo que pase, no dudéis jamás de mi AMOR hacia vos; trascien­de el espacio y el tiempo, la vida y la muerte y los múltiples planos que alberga este u otros universos.

Julieta di Capuleto

—¡NO, NO, NOOOOOO! —Su alarido fue tan potente que debió de atravesar el aislante acústico insta­lado en todas las habitaciones. —Os encontraré en esta o en cualquieras otras distintas dimensiones, esas que mencionáis.

Para empezar a buscar desde algún punto concreto de todos los universos y planos concebibles… se puso a aporrear todas las puertas del pasillo de esa planta del Gran Hotel Curtain. Con lágrimas fue recibiendo como puñaladas las negativas de cada una de las habitaciones. Su desesperación iba en aumento; solo quedaban diez minutos para que se abriera el telón y la desaparecida Julieta era la actriz principal.

¡No está!

 

Acto I Escena 39

(Desdémona, en la suite 327 del Hotel Curtain Theatre)

-ROMEO¡NO, NO, NOOOOOO!

UN GRITO despertó a Desdémona.

Tras la conversación que había tenido con Hamlet en el bar del hotel, había subido también a su suite. Al llegar, había sacado de su bolso su consolador metálico y lo había desmontado. En su interior existía un laboratorio químico en minia­tura. Se trataba de una joya de la nanotecnología, regalo de su esposo, Otelo. En el cilindro todavía quedaba espacio para albergar dos pequeños botes de cristal llenos de líquido.

A continuación había obtenido una muestra de ADN del vaso del que bebió Hamlet y que hurtó del bar sin que nadie se percatara. Su tablet le había proporcionado los parámetros que necesitaba. Gracias a ellos había sintetizado una sustancia muy concreta e introducido en uno de sus pulverizadores de perfumes. Después se había maquillado y puesto su vestido de gala. Acto seguido, había asaltado el minibar e ingerido de una sentada una botellita de bourbon, que fue lo que finalmente le tumbó. Eso es lo último que recordaba.

Un grito despertó a la bioquímico Desdémona Johansson.

Sintió su cabeza estallar. De cintura para abajo, su cuerpo se extendía sobre la cama. Su cara estaba pegada a la moqueta mientras torso y cuello colgaban. Con mucho esfuerzo consiguió incorporarse. Se sintió morir. Miró el reloj. Solo habían transcurrido cinco minutos. Recogió el caos de sustancias desplegado encima de la colcha. Cuando entró en el baño para recomponerse escuchó cómo alguien llamaba compulsivamente a la puerta. Tambaleándose fue a la entrada y abrió al dueño del grito que la despertó. Romeo…:

—¡JULIETA! ¡MI JULIETA!

—Eeh, no…, soy Des-Desdémona —farfulló aturdida.

Su rostro devastado hacía del galán la viva imagen de la desesperación. Parecía una persona completamente diferente del actor que la había recogido en el aeropuerto.

—Ella… ella… ¡ha desaparecido!

 

 

Acto I Escena 40

(Todo se complica: La ciclogénesis explosiva se recrudece, la tormenta solar de protones se incrementa y una niebla roja inunda Londres. La actriz principal de la revolucionaria representación, a punto de comenzar, huye. Desdémona urde algo turbio al extraer ADN de un vaso del que bebió Hamlet. Dicho crítico no cree la versión accidental de la muerte de su padre y por eso está en Londres. Su inefable secretaria dejará de asistirle si Hamlet no recita un código crucial.  En Madrid, Capuleto, ¿encontrará muerta a Ofelia?)

 

 (De vuelta a la suite 319 de Hamlet. Yorick le indica que, para recuperar la contraseña que les puede seguir manteniendo unidos, tienen que quebrantar el nicho de un cementerio madrileño. Allí, tendrá que desenterrar al taxista decapitado para recuperar la tarjeta donde anotó la password. Algo les interrumpe)

ESCUCHARON UN alarido.

-ROMEO-¡NO, NO, NOOOOOO!

—Quizás procede de otra habitación. —Especuló Hamlet

—Es la voz de Romeo di Capuleto DiCaprio. —Confirmó la señorita Yorick sin dudar.

—Ha acusado una arremetida cruel.

—No nos pongamos en el peor de los esce­narios… en este magno espacio teatral.

—Engañarme con palabras… ¡inútil! Pactas, amoldas lo que es para ti.

—Ja. No hablo contigo.

—¿Con quién pues?

—Con la escasez de serotonina, dopa­mina y noradrenalina que acusa tu cerebro.

—¿¡Qué!?

—Que tú me hables de subjetividad me subleva.

—Que hables tú de objetividad me indigna.

—Atraviesas un difícil trance y ello te hace ver la realidad de forma tenebrosa y pesimista.

—Esa volubilidad me hace humano.

—¡Bonito lema que no desaprovechas para lanzarme en cual­quier ocasión! ¡Cretino!

—¿Acaso mi voz no emite verdad? —Ya más calmada…:

—El Principito Hamlet habita en el planetoide Melancolía B613 de forma vitalicia, donde reina la mala suerte.

—Así debe ser… o no debe ser.

Alguien llamó compulsivamente a la puerta.

—Precisamente es él: Romeo. Abre. No representa un peligro para ti.

—¿Abroncas o proteges? ¿Es AMOR?

El crítico salió al recibidor y giró el pomo para toparse con otro Romeo distinto del recién conocido. La nueva versión del actor estaba turbada y su rostro había perdido la inequívoca huella de la felicidad. Hamlet usó su empatía: no fingía. Romeo exclamó:

—¡Julieta ha desaparecido! ¿La habéis visto? —Yorick susurró al oído de Hamlet:

—La hemos visto, ¿recuerdas? La dama camuflada con la que te has cruzado en el ascensor. Sollozaba. Todo encaja. Romeo estaba desesperado:

—Por favor, no acalléis ninguna información que obre en vuestro poder.

—Lo siento, vuestro dolor es el mío.

—Si llega la mañana sin encontrarla, mis lágrimas aumentarán el rocío del mundo.

—Crucé con una misteriosa dama, ¡sí!.

—¿¡Sí!? Ella salió. Solo encontré en nuestra suite su estela en forma de nota. Al leerla me rompí en dos, y una parte ya no está. No contesta a mis llamadas.

— Enjugué sus lágrimas con palabras.

—Gracias, Hamlet. He preguntado al equipo e in­vitados y nadie la ha visto. —Tal escenario le resultaba muy familiar: él mismo tampoco localizaba a su pareja, Ofelia.

—Es lógico que esté así: en cinco minutos comienza el preestreno y su enamorada y coprotagonista se ha volatilizado. —Recordó Yorick. Hamlet preguntó al actor:

—¿Habéis avisado a Duncan y a Malcolm?

—Sí. Nuestras familias andan enfrentadas:se han opuesto frontalmente a nuestro AMOR.

—¿Tendrá esto que ocurre algo que ver?

—Con toda probabilidad.

—Entiendo como nadie vuestra pena. Dejad que os ayude desde mi mundo, es reducido y ajeno al de vos.

—Eso no importa: toda ayuda es poca. Si consiguierais encontrarla, os estaría eternamente agradecido. Presiento que puedo confiar en vos.

—Me haré fiel merecedor de tal voto.

—Están sucediendo cosas inquietantes. Peligros, peligros, peligros…

—Nos zahieren desde todos los ángulos.

Pero el actor ya se había ido.

 

Acto I Escena 41

(Londres. Hotel-Teatro Curtain. Quedan escasos minutos para que se levante el telón de la representación del siglo. Tanto Malcolm, director de la obra, como su padre, el productor Duncan, han recibido el mismo mensaje de Romeo: La mujer más bella de la humanidad y rutilante protagonista teatral, ha desaparecido.

—YA HE ordenado su búsqueda. —Dijo Duncan a su hijo, a través del teléfono— Si ella sigue viva, la encontraremos.

—Espero que a la joven Julieta no le haya sucedido nada malo. —Deseó Malcolm.

—Rezo a los cielos porque así sea. Romeo debe de estar hecho trizas.

—A buen seguro. —Recuperando su rol de director…—: Respecto a la representación…

—No os preocupéis. Todo está dispuesto. Activaremos… el plan de emergencia previsto.

—Pero padre, comprometisteis vuestra palabra frente a millones de espectadores.

—¿A qué os referís?

—Ningún artificio tecnológico; ni hologramas ni roboactores.

—Hijo: así fue. —Confirmó el productor.

—¡Aaah, lo siento! No recordaba que el honor en vos es solo la capa más externa.

—¿¡Qué!? No hay tiempo para esto. Aparcad vuestro resentimiento. Vamos con retraso.

—Os da todo igual, ¿verdad? Amancebaros con la químico os ha atrofiado el cerebro.

—¡Silencio! ¡Deslenguado!

—La prueba irrefutable es que ensalzáis al hombre equivoca­do y denigráis al valioso.

—¡Maldita sea! ¡No os consiento que me habléis así, hijo ingrato!

—¿No me consentís…?—El maduro productor rebajó el tono, recordando…:

—En la entrevista dije expresamente las palabras «Salvo emergencia». Si, que desaparezca la actriz principal minutos antes de la premier no es una emergencia, no sé qué podría serlo.

—¡Yo…!

—Lo prioritario es que la obra triunfe. Mis palabras rebotan en vos, ¿verdad?. Vuestras palabras rebotan en mí. Además: lo de Desdémona… ya es pretérito. Acabó esta noche.

—No os creo.

—Allá vos. Tercero: que el guionista de la representación, Macbeth Norton, sea un genio no implica que vos no tengáis ciert… que no tengáis talento.

—¿¡QUÉÉÉ!?

—La prueba de que ambas cosas son compatibles es que la Obra del Siglo cosechará un éxito arrollador.

—OS HA TRAICIONADO EL SUBCONSCIENTE, MALNACIDO.

—¿¡Cómo…!?

—Con lo que yo os he amado y admirado. Así que… «cierto talento». ¡MALDITO SEÁIS!

—¿Pero cómo osáis hablar a así a vuestro padre?

—No sé por qué acepté el deportivo como regalo. Quedáoslo. No quiero ya nada de vos.

—Estáis nervioso y por eso no tendré en cuenta lo desbocado de vuestras palabras…

… y eso que desconocéis que el Lamborghini, en un loco arrebato, me lo regaló la propia Desdémona. Por ostentoso, por inadecuado para mí, por la discreción que implicaba nuestra… aventura, lo rechacé. Pero ella encaja muy muy mal los rechazos. Opté por una solución que creí que a todos con­tentaría. Lo siento, hijo.

—Yo… yo… —Malcolm, el director gigantón, estaba descompuesto.

—Sed valiente: realizad junto a algunos actores y técnicos el paseo por la alfombra roja.

—¿¡El paseo por…!?

—Ya hemos informado a la prensa de que no todo el equipo cumplirá ese protocolo.

—¿Pero… pero… qué explicación daremos a los periodistas?

—Que vamos con retraso y que algunos actores principales y varios secundarios andan todavía en las salas de vestuario y maquillaje. De ese modo, la ausencia de Julieta en la previa con la prensa no llamará la atención.

 

Acto I Escena 42

(De vuelta en Madrid. A la espera de refuerzos el inspector Capuleto aporrea el portón principal de la fortaleza Urk-Ubar, morada del protagonista. ¿Mató Hamlet a Ofelia, a su propia amada? El policía…)

HAN FORZADO desde fuera las barras de metal que salvaguardan esa ventana. ¿Qué tipo de engendro del abismo podría tener la potencia para…? Este lugar no me gusta nada. Acabemos lo antes posible. ¡OFELIA HEPBURN! ¡OFELIA HEPBURN! —repitió gol­peando—. ¡Policía! ¡Abrid inmediatamente el portón o lo echaremos abajo con un ariete hidráulico!

Transcurrieron unos minutos interminables. Al fin el inspector percibió cierta claridad en el interior, a través de un ventanuco gótico de la fachada. Provenía de las velas fluctuantes de un candelabro. El portador de las mismas descendía por lo que debían de ser los peldaños que conectaban con el torreón.

A pesar de pegar su cara a la puerta, el fino oído del policía no escuchó pasos. Una blanca figura pareció recortarse, balanceante, justo debajo de lo que parecían ceras ardientes.

Capuleto, no es hoy tu negro día, aunque los cielos digan lo contrario. Hasta que no resuelvas la afrenta hacia tu familia no toca morir. ¡Cuidado! ¡Maldita sea! El miedo en mí nunca ha tenido cabida. ¿Qué diablos está sucediendo?

Decidió dar dos pasos atrás, tirar el paraguas y sacar su pistola. El gesto implicaba que su cuerpo quedara fuera del zaguán y vulnerable a la lluvia, pero poco le importó. La figura ya debía hallarse justo al otro lado de la puerta, cálculo que quedó confirmado cuando escuchó el sonido metálico de los cerrojos.

 

Acto I Escena 43

(Minutos después. De vuelta en Londres. En la suite 319 del Hotel Curtain. Restan once minutos para que comience la representación. Hamlet vuelve a estar inquieto después de irse Romeo destrozado)

—JULIETA TIENE apagado su GPS. —Informó la etérea señorita Yorick— Además, me consta que Duncan ya ha puesto en marcha un operativo de búsqueda.

—Una variable más en la ecuación. Pobre Julieta, su AMOR es un péndulo.

—Lo siento pero tengo que insistir: ¿no recuerdas la contraseña, que es el cordón umbilical que puede seguir manteniéndonos unidos?

—La pasé al papel sin pisar mi mente, y… —Su secretaria le interrumpió:

—¡Hamlet! ¡Llaman desde el teléfono móvil de Ofelia! Las geo­coordenadas indican que la llamada proviene de Urk-Ubar. Te paso… —Un hilo de voz llegó por las ondas:

—Ham… Ham…

—¡Mi dama mientras este cuerpo viva! Un sol despunta en la Noche del Fin.

—¡Oh! ¡Ham… Hamlet! Estoy atur… aturdida. Tengo tengo… miedo. ¿Dónde estáis?

—En Londres busco al asesino pérfido. Vengaré su muerte con furia y fuego.

—¿Me…me abandonáis? El mundo…el mundo… está lleno de engaños.

—De la verdad duda, no de mi AMOR. Del fuego bien duda, no de mi AMOR. De verdad o fuego, no de mí, AMOR. —Un poco más fluida, Ofelia continuó:

—Un feo monstruo me acaba de visitar…, pero ya se marchó.

—¿¡Qué…!?

—Viste de humano, pero lleva la pulsión del asesino encastrada en sus ojos.

—¿¡Quién…!?

—Tiene el odio cosido a su apellido. No ha matado, pero nació para hacerlo: lo hará.

Yorick aclaró rápidamente al crítico:

—Se refiere a Capuleto. Acabo de hablar con él, tras abandonar el castillo. Todo está en orden, salvo que han forzado portón y una ventana. El sistema domótico lo confirma. Aunque sabemos que no es la primera vez. Nos ha citado mañana en la comisaría…¡a ambos!

Pero el crítico tenía su atención puesta en Ofelia:

—¿Fue Capuleto? ¿Os hizo algún daño?

—Sí y no.

—¿Qué escribisteis con sangre en el espejo? —Sin esperar res­puesta—: Versos anunciando muerte, AMOR.

—¿Qué…qué versos? Entre brumas he permanecido en el dormitorio desde os fuisteis.

—¿Además de atender al inspector…?

—…No he encara­do más peldaños que los de la lujuria con vos esta pasada tarde.

—Tan intenso recuerdo vive en mí.

—Tengo miedo por vos: he soñado que HOY MORIRÍAIS CINCO VECES.

—¿Cómo decís?

Su asistente le recordó al oído:

—Hoy ya has muerto tres veces o a punto has estado… el presunto accidente de tráfico en Madrid, en el avión y bajo la lámpara que cayó sobre Desdémona y sobre ti. —Ofelia añadió:

—También soñé que os encontraréis entre los muertos del cementerio.

—Como sabéis soy más muerto que vivo.

—Temo además por mí. Escucho quejidos, lamentos allá afuera. Son los que me han despertado de ese sueño infinito.

—Resistid firme la lluvia de horas: en una docena yo estaré allí.

—¡Dios todopoderoso! ¿Lo habéis escuchado…? Es como si los monstruos que habitan el Pantano Negro hubieran abandonado su tumba de barro.

—¡NOOO!

—Vienen por mí para llevarme a sus tenebrosos dominios. Hamlet, ¡tened mucho cuidado!

CLACK

—Lo siento, se ha cortado la comunicación. —Dijo Yorick— Ahora estoy segura de que ha sido la tormenta solar. Mantente tranquilo. Está bien y dentro de una fortaleza acorazada.

—Pero…

—…pero su…profecía desafía las leyes de la lógica. Centrémonos en ti. Abramos bien los ojos… Atendiendo a ese irracional vaticinio…, te quedarían dos… muertes en potencia.

—¡Oh, la gran Yorick! ¡Quién te ha visto y quién…!

—¡Cállate! ¡Necesitas con urgencia un arma de fuego!

 

Acto I Escena 44

(Poco antes. En un turbio barrio londinense, con la más alta tasa de criminalidad de todo Reino Unido)

JULIETA DI Capuleto, la mujer más bella del planeta, salió del taxi. En la calle, envuelta en la siniestra niebla rojiza, se colocó recatada el fular para que su perfecto rostro siguiera oculto. Sin dudarlo, accedió al antro. Ya en la barra:

—Un vino blanco del Véneto, si sois tan amable.

El desaliñado camarero miró despectivo a la desconocida. Luego, rebuscó bajo la barra y encontró una vieja botella con la que rellenó su vaso. Quizás pensó que aquellos modales exquisitos no eran de ese mundo, y eso que la tela lapislázuli le impedía contemplar sus facciones sobrenaturales. En su interior, su tormenta emocional rugía:

Maldita sea mi belleza, malditos Montesco, malditos Capuletos, aunque sean de mi propia sangre. Ummh… Una niebla imposible se cierne sobre Londres, al igual que la extraña calima del odio pretende conculcar los dominios de nuestros corazones enamorados. Oculta en este tugurio de mala muerte, no me encontrarán. Poco me importa el estreno de la Obra si no puedo disfrutar de mi amado Romeo. Además del hedor de este lugar, huelo el peligro a mi alrededor. Pero qué me importa llegados a este punto. Por cierto, ¿qué endiablado mecanismo manipula este oriental…?

La actriz quedó absorta: su compañero de asiento montaba un extraño mecano sobre la barra. Se trataba de unas piezas construidas con algún tipo de material sintético entre las cuales se hallaban varios cilindros de diferente tamaño. Desenfocó la vista para posarla mucho más allá. Al final del bar, una vieja pantalla plana retrasmitía los pormenores del estreno teatral a toda la fauna humana que poblaba el tugurio. Dio un respingo cuando vio a su amado Romeo por la televisión:

Su rostro reflejaba una angustia que trascendía más allá del rectángulo en el que se hallaba inscrito. Leyó los labios de los periodistas que gritaban su nombre para que el galán se acercara al borde de la alfombra roja.

Todas las lenguas que recitan el nombre de Romeo hablan con elocuencia celestial sin saberlo: su nombre es divino. Él ya lo sabe: no estaré a su lado sobre las tablas del Teatro Curtain. Es obvio que me ama sobre todas las cosas y de ahí su tribulación. Tranquilo, estoy bien… de momento. Espero que podáis perdonarme.

En la pantalla se veía a Romeo hablando con los periodistas, aunque el audio estaba eclipsado por el ruido infernal de local. Una tensión descorazonadora se traslucía en su rostro, más allá de los simples nervios del preestreno. También vio a otros actores haciendo declaraciones a las cámaras, así como al director Malcolm evitando a la prensa con la sonrisa forzada. Cambió la toma y apareció el hall del Gran Hotel Curtain. Julieta pudo distinguir al atractivo desconocido al que su verbo consoló en su huida y que no pertenecía al equipo teatral. El rótulo sobreimpresionado le informó que se trataba del crítico teatral Hamlet Gibson. Las cámaras captaron cómo éste estrechaba su mano e intercambiaba unas palabras con el productor Duncan Hopkins. El huraño guionista Macbeth Norton estuvo a punto de protagonizar un rifirrafe con un periodista, aunque la rápida acción de la seguridad lo dejó en conato.

Pobre hombre. El que deformó su rostro también calcinó su alma. No es solo Duncan el agradecido. Romeo y una servidora le debemos a Macbeth la más fabulosa adaptación jamás concebida: la de nuestras propias vidas. Todo intento de acercamiento para agradecerle su trabajo ha sido en balde. Es como un caballo al que apalearon de potro, que no permite a nadie en su perímetro y menos que lo acaricien. Solo la noble sabiduría de Duncan y las extrañas artes de su esposa, Lady Macbeth Cotillard, han conseguido atravesar su blindaje.

Fuera del pasillo abovedado por el que iban desfilando los invitados y las estrellas la extraña niebla convirtió la situación en algo extraño; un raro sueño o un flashback de una edad antigua de los primeros compases del teatro.

La pantalla se apagó bruscamente y el antro se quedó a oscuras. El es­cenario se iluminó y apareció una pareja en ropa interior sentada en sendas sillas de madera. Los actores llevaban unas mascaras venecianas cubriendo sus rostros.

Definitivamente he ido a parar al tugurio más infecto de toda Inglaterra.

Un anciano desarrapado, emergido de otro Londres literario de barro y son­risas rotas salió al escenario y pidió de viva voz un voluntario… obligatorio.

—Sí, aquella, la misteriosa joven que se guarece en el extremo de la barra. Traedla hasta aquí, aunque sea por la fuerza. Pobrecita, no sabe dónde se ha metido.

¡Dios mío! ¡NO! ¡Se refiere a mí!

 

Acto I Escena 45

(El mundo se desmorona: Terribles fenómenos físicos lo quebrantan hasta el punto de que esa podría ser la noche del fin de los tiempos. En tan apocalíptico escenario, un elenco de hombres y mujeres están involucrados en una representación escénica nunca vista. En ese contexto, un Quijote/Hamlet, que representa la emoción pura, es complementado por un Sancho/Yorick, que simboliza la razón. Ambas mitades forman un singular equipo cuya misión es desentrañar un crimen: el del progenitor del Príncipe de las Emociones)

 

(Hamlet, acaba de contactar con Ofelia, aunque se corta la comunicación. Antes, ella le vaticina que él morirá más veces esa noche. Ella, aún guarecida en Urk-Ubar se siente amenazada por algo invisible del exterior. Ya saliendo de su suite del Gran Hotel-Teatro Curtain para acudir a la premier mundial)

ESPERO QUE Urk-Ubar le proteja. Ofelia, ya he muerto tres veces hoy. Resucité, eso sí, otras tres. Dos restan y mi suerte abdicará. —Mientras caminaba hacia el elevador Yorick insistió:

—Es… imposible que pudiera saber que has coqueteado con la muerte varias veces. Estaba incomunicada. No…no lo entiendo. —Por una vez se quebraba su seguridad.

—Ciencia ni filosofía resuelven, escondidos en los pliegues del tiempo, Dios y las ruedas del Cosmos se ocultan.

—Nunca, frases tan poéticas estuvieron más vacías de contenido, amo.

De impecable etiqueta bajó en el ascensor hasta el hall principal: esca­leras curvas con balaustradas de ensueño, lámparas de siete pisos salidas de la Edad de Oro del Teatro. Bajo los frisos rectilíneos, las columnas corintias habían sido vestidas para la ocasión con pesados cortinajes. Allí se apiñaban decenas de periodistas buscando presa. La secretaria advirtió:

—Al margen de cómo… cómo le llegara a Ofelia esa informa­ción, ¡andemos ojo avizor!

—Disfruto al ver cómo te descompones.

—¡Cállate! En un hipotético escenario en el que creyéramos su vaticinio todavía estarías en serio peligro de muerte.

—¿Y quién no?

Yorick detectó, a través de sus lentillas, que las cámaras de televisión enfocaban al crítico:

—¡Ah! Sonríe. Quizás sea la última vez que puedas hacerlo: te está viendo todo el planeta.

¿No es el mítico productor tal hombre? El quinto más influyente del mundo. Nada importan galones ni envolturas, salvo su antigua amistad con Sir Hamlet.

El productor volvía a estar rodeado de un enjambre de reporteros. Cuando divisó a Hamlet, Duncan dijo a los periodistas:

—Dadme un minuto y ahora mismo seguiré… eludiendo vues­tras incisivas preguntas, no os preocupéis. —Abriéndose paso entre los informadores llegó a su altura. Hamlet dijo.

—Honrado estoy con el que honró a mi padre —Luego se estrecharon la mano.

—¡Sí, por fin! —El productor sonreía satisfecho, como si ese encuentro hubiera sido largamente esperado—: Hasta ahora solo nos conocíamos por referencias y nos comunicábamos a través de vuestra… secretaria. —Cuando la citó, Hamlet notó algo rato algo en su mirada celeste. Luego, continuó escuchándole.

—Quise a vuestro padre de forma fraternal. Como al hermano mayor, sabio y protector que cualquiera quisiera tener.

—Gra… gracias.

—Ahora no puedo hablar con vos, pero… necesito hacerlo con presteza.

—Por supuesto. — Duncan se acercó al oído del crítico y añadió:

—Es una cuestión de vida o muerte. ¿Mañana por la mañana? ¿Esta misma noche?

—Seguid regateando a esas pirañas. Quizás él sea la llave que busco.

—Ja, ja, ja. Es lo que mejor sé hacer.

—No os desearé mucha mierda, lo siento. Criticaré vuestra obra sin ruido.

—Parece justo. Vuestro padre siempre subrayó la ecuanimi­dad e incorruptibilidad de vos.

—Nadie es perfecto.

—El productor sonrió, pero borró el gesto rápido. Volvió a acercarse para que nadie pudiera leer sus labios.

—¿Sabéis que ha desaparecido Julieta di Capuleto?

—Romeo angustiado me lo anunció. Si muriera ese AMOR, ya nada resta —contestó tapándose la boca con la mano.

—Confiemos en que nadie muera. Y menos esta noche en la que la luz de la creatividad esperanza a un mundo decadente. Hasta las molduras de los cielos se nos caen encima.

—Confiemos.

—El arte y la ciencia constituyen la vanguardia de la humani­dad. Son nuestros máximos representantes de la Belleza y de la Inteligencia.

—¿Vuestra obra posee ambas cosas?

El productor, simplemente sonrió cómplice, se alejó y volvió a encarar a los periodistas. El crítico se dirigió hacia el Gran Teatro atravesando dos grandes puertas de corte isabelino.

Me encuentro dentro del teatro mítico. Se trata de una gran «O» de madera. Aquí es donde dicen todo empezó.

—Quizá obra en poder de Duncan información importante sobre el asesinato de tu padre.

—¡Calla!, hablas como la ajedrecista, aquella que fuiste, la mejor, dicen. Detesto trueques de alfiles por torres. En sus almenas mi padre me habló.

—Las metáforas complejas no son lo mío. ¡Ah! Refieres a tu pesadilla en el avión. —Ella recitó con la misma voz que tuviera su progenitor, sintetizada gracias a antiguas grabaciones:

—«A sulfúreas y torturantes llamas me deberé presto restituir. En breves horas, o desentrañáis vos mi asesinato, o vendréis a esta ignorada región de cuyos confines jamás regresa viajero alguno».

—¡Es así, eso me reveló en sueños! Escucharle impresiona, ¡vive Dios!

—No te entiendo, ¿qué ha pasado? ¿Por qué te has enfadado conmigo hace un momento?

—Te escondes tras la estrategia del juego. Yo hablo con la lengua de la verdad. Palabras que lloran, odian o aman… por sí mismas sin pasar por los férreos… los férreos conductos de la razón.

—Me has dejado igual. No te entiendo, ¿qué sucede?

—Sabes bien que mientes por omisión.

—Estás nervioso, pero las emociones salvajes se pueden domes­ticar si consigues traducirlas a palabras; entonces dejan de tener el control y pasas tú a gobernarlas.

—O tonta o demasiado lista: dos.

—Gracias por otorgarme la opción más digna, pero…

—¡Calla, confiesa, ahora y aquí! —Y adoptando un tono que jamás había empleado hacia su secretaria, Yorick percibió en él algo pare­cido al odio cuando mordió cada una de las siguientes palabras—: ¿Desde cuándo conoces al buen Duncan?

 

Acto I Escena 46

(Un rato antes, en Madrid. El inspector Capuleto aporrea el portón principal del castillo donde viven Ofelia y Hamlet a la espera de refuerzos)

UNA BLANCA silueta osciló detrás de la vidriera. Capuleto retroce­dió y extrajo su arma del cinto. Luego, escuchó los sonidos metálicos de los pasadores y candados. Eso lo relajó. Al ver la fantasmal figura de Ofelia tras el portón bajó la pistola, pero armó el ceño. Sin ninguna contemplación, el policía empujó a la chica, que cayó al suelo, y entró por la fuerza al recibi­dor. Sin dirigirse a ella tomó la radio, contactó con la central y canceló los refuerzos. Luego, echó un vistazo alrededor, robó un paraguas y abandonó el castillo dando un portazo. Una vez en el vehículo realizó una llamada a la secretaria del crítico teatral, la enigmática Yorick. El policía escupió:

—Han forzado el portón y una ventana, pero ella está bien. ¡Maldita sea! Quiero que ambos, Hamlet y vos, os presentéis mañana a las nueve en una comisaría madrileña.

—Muchas gracias, inspector. Y no os preocupéis. Mañana a esa hora, ambos estaremos en su despacho.

Cuando colgó de forma abrupta a la secretaria de Gibson se le ocurrió algo que no tardó en materializar. Arrancó el coche y lo condujo hasta el cercano cementerio de Urk-Ubar. Lo que rondaba por su cabeza vinculaba dos hechos aparentemente sin conexión: en ese lugar habían enterrado al taxista que había muerto aquella tarde en el accidente. Por otro lado, la señorita Yorick le había llamado antes para preguntarle algo ciertamente singular: si en la tarjeta que Hamlet le entregó había anotado algo, que no.

¿Por qué se molestaría por una cosa tan estúpida? Quizás porque no lo fuera. La secretaria parece una persona metódica por lo que, tras mi negati­va, puede que realizara más llamadas similares. Hasta el accidente, el taxista quizás fuera una de las primeras personas desconocidas con las que el señor Gibson interactuó la pasada tarde-noche. Quizás a él ya le había entregado otra tarjeta.

Al llegar al cementerio llamó al timbre, que estaba junto a una herrum­brosa puerta de barrotes. Tuvo que insistir hasta que el sepulturero contestó. Se identificó e impuso su rango de forma intimidatoria, como ya había hecho muchas veces. Un triste zumbido abrió la cancela. Caminó entre muertos hasta su caseta y allí interrogó sin piedad al octogenario enterrador. A la tercera pregunta Teobaldo Capuleto realizó un gesto hace tiempo olvidado: sonrió para sí. Luego, repitió las últimas palabras del sepulturero.

—¿Que mañana se presentarán con una orden judicial para exhumar el cadáver del taxista Rodrigo Tarantino? ¿Quién? —El sepulturero respondió nervioso:

—Así…así es, inspector. Anoté aquí… el número de placa de la policía que llamó.

Con las manos temblorosas rebuscó entre sus papeles hasta encontrar un periódico. Capuleto se lo arrancó de las manos y leyó la cifra anotada a bolígrafo. El policía desconfiaba:

—Esta terminación no corresponde a este distrito. Ella…, una policía, ¿verdad?

—Sí, tenía la voz muy bonita, como la de mi difunta esposa cuando era joven.

Os tengo. Sé exactamente lo que pretendéis hacer vos y vuestra extraña secretaria antes de visitarme en la comisaría. Sin saberlo, me acabáis de pro­porcionar una idea fabulosa. Por fin, y de una vez por todas, resolveré el conflicto que arrastran hace siglos nuestras familias. Y de paso, acabaré con vos, Hamlet Gibson.

 

Acto I Escena 47

(En el interior del Gran Teatro Curtain. 23:57, la Obra del Siglo a punto de comenzar. Entre bastidores, El mecenas y maduro productor Duncan Hopkins, su atlético hijo, Malcolm, director de la representación y Romeo di Montesco, actor principal, forman el gabinete de crisis. El amante está hecho trizas. Dice…)

—MI DAMA hubiera querido que, al menos uno de nosotros, actuase sobre las tablas.

—Querido Romeo:  no os estamos diciendo que no lo vayáis a hacer. —Dijo Duncan.

—¿Pero cómo…? —El director de la escenificación, Malcolm, respondió:

—Se busca a Julieta por tierra, mar y aire. Puede que pronto la encontremos sana y salva.

—Dios y la providencia os escuchen. —El anciano productor quiso tranquilizarle:

—Romeo, la obra en sí ya es extensa. Cuenta con cinco actos y es factible alargarla a nuestro antojo aún más con el pretexto del preestreno.

—Entiendo. —Duncan siguió hablando:

—Podemos prolongar los entreactos…para dar tiempo a Julieta. De todos modos, a lo mejor no haga falta ni que la encuentren. Quizás reflexione y entienda que su lugar está aquí.

—Pero es importante que yo suba al escenario…

—Callad, querido Romeo, y confiad en el que os habla y que ostenta nevados los cabellos. No estáis en condiciones de actuar: sería contraproducente.

—¿Por qué? —El actor estaba demasiado bloqueado para pensar con nitidez.

—A la velocidad del pensamiento habéis perdido vuestro brillo y, si me apuráis, el estrecho margen de cordura que permite el AMOR. —Malcolm quiso ejemplificarlo:

—Imaginad una obra polícroma moderna. Entenderéis que el protagonista no puede evolucionar en gama de grises y sepias, como todo era antiguamente. —Duncan apuntaló:

—Se notaría mucho la diferencia entre vuestra interpretación y figura, por un lado, y la pregrabada de la bella Julieta que estética y téc­nicamente raya la perfección.

—Dad ahora un paso atrás en solitario para que, si todo sale bien, podáis dar otro hacia delante antes de que termine la obra. —El mensaje optimista del director pareció calar.

—Con suerte los dos, los Amantes del Mundo. — El intérprete agregó:

—De momento, largas son las horas tristes. —El mecenas impuso su rango:

—Está decidido entonces. Una vez comience el primer acto voy a encargarme de traer a la niña de incandescente belleza hasta aquí. —Luego Malcolm se dirigió al amante:

—Romeo, ahora hablaréis con el jefe de seguridad facili­tándole toda la información que este os requiera sobre Julieta.

—Quien súbitamente queda ciego no puede olvidar el precioso tesoro de su vista perdida.

El productor Duncan contactó en ese momento con el coordinador de escena:

—Todos a sus puestos. Que activen el velo láser que impida grabar la representación desde las butacas. ¡Que apaguen las luces! ¡QUE EMPIECE LA FUNCIÓN!

 

Acto I Escena 48

(En el interior del Gran Teatro Curtain. 23:58, la Obra del Siglo a punto de comenzar)

LAS BUTACAS del patio del teatro oval así como los anfiteatros se habían llenado en pocos minutos. Desde su posición, Hamlet pudo ver cómo el in­quietante guionista Macbeth se escondía en un apartado rincón. A su lado…un asiento vacío. Al parecer, su esposa, Lady, no había podido asistir a la gala por en­fermedad. También divisó a la controvertida Desdémona, ebria de nuevo. Al pasar por donde se encontraba le guiñó su único ojo. El teatro se llenó de críticos, infinidad de periodistas, artistas, celebridades y políticos de primera magnitud.

—¡Calla, confiesa, ahora y aquí! —Y empleando Hamlet un registro nunca usado hacia su asistente, escupió—: ¿Desde cuándo conoces al buen Duncan?

—No preguntaste, por lo que no te he mentido. —Se defendió Yorick.

—¡Ese es un argumento miserable!

—Como intuyes, te suministro la información de modo que la puedas asimilar. Sí, conozco a Duncan, trabajé con él.

—Continúa.

—Te lo contaré todo con el grado de detalle que necesites, pero no ahora. En segundos se apagarán las luces.

—Para nosotros la obra es lo de menos.

—No podemos arriesgarnos a que, entre el público, se encuentre un asesino. Por eso necesitas un arma de fuego.

—¿Y…?

—Y que vamos a ir a buscarla ahora, pero esperemos a que se abra el telón. De esa manera todos te creerán en el Teatro, incluyendo al misterioso portador de la muerte, si aquí anda.

Las luces principales se apagaron. El público, nervioso, empezó a acallar su sordo rumor. La mortecina iluminación secundaria le permitió divisar la gran silueta del director, de Malcolm en la entrada. Recorrió rápidamente el pasillo y se instaló en su privilegiado asiento, junto al escenario. Hamlet percibió ausen­cias, Duncan y Romeo. Luego, lamentó no poder disfrutar de la obra.

—Las pinturas de la imaginación comenzarán ahora a cobrar vida. Esta no es mi función, ¡pena-injusticia!: breve la vida e infinito el Arte.

—Entonces, me temo que será el momento de marchar.

Dentro del Curtain, toda luz fue velada. Quedaron a oscuras y en silen­cio. Nadie se atrevió a mover un músculo. Comenzaron a sonar los acordes de una guitarra española que constituirían el inicio de una melodía asom­brosamente bella. A Hamlet le permeó:

Bellísima hasta rozar el dolor, adopta el nombre de la Obra del Siglo. Sus áureas notas mueven mis fibras. La Felicidad viaja en sus ondas: superlativas, la niñez reviven. Arrulla los ecos del corazón, su mágico conjuro nos posee.

Cuando por fin el crítico pudo emerger de ese nirvana percibió algo a su alrededor. Una suave iluminación que procedía del escenario iba aumentan­do en intensidad; era una especie de aura que alimentaba aquella atmósfera de irrealidad, del más dulce de los sueños de la infancia. La melodía seguía sonando y, acompañándola, un cantante de voz grave decía:

«Charlize, cuando hacíamos el AMOR solías llorar…»

Como ya hiciera esa misma tarde en Madrid, Hamlet levantó la cabeza. Trazó con sus esferas húmedas una trayectoria oval, siguiendo los anfiteatros del recinto. No era el único sintiendo con intensidad: explosionaron ante él en forma de cientos de emo­ciones puras.

Yorick parecía atónita:

—El teatro entero…, todos y cada uno de los seres humanos aquí presentes ¡estáis llorando!, destilando un mar de emociones nunca visto. Estoy sorprendidísima. A nivel individual todos parecéis estar alcanzando las más altas cotas de emoción de vuestras vidas.

—Y con el telón todavía abajo.

—¡La reacción del público es formidable! ¡No estaba segura pero el caso es que lo ha conseguido! El viejo zorro de Duncan Hopkins ha conseguido la quimera de cualquier artista: ¡que su obra incida directamente en las emociones del receptor!

Cuando la canción terminó, todavía hubieron de transcurrir unos minutos para que se fueran sedimentando tan intensas emociones. Entonces, el telón comenzó a abrirse. La primera directiva de Yorick, antes incluso que servirle, era protegerle:

—Perdona que insista, pero te recuerdo que cuando se apaguen las luces de nuevo, hemos de salir. Este lugar cerrado no es seguro para ti.

—O actuará el vil asesino de Hamlets.

Acto I Escena Final

(AÑOS ATRÁS: Sir Hamlet Olivier y Duncan Hopkins hablan en un laboratorio dependiente de los Servicios Secretos Británicos, en Leeds, Inglaterra,.* * * Un extraño suceso se produce en la Reserva Natural de Cabárceno, España.* * * Sir Hamlet baja al núcleo del complejo y habla con su sucesor)

—SEÑOR: TRAS escapar de la Torre de Londres, Otelo ha marchado al galope. —Dijo Duncan.

—¡Por el Gran Bizancio, aunque sea vuestro su­perior, no me llaméis señor! —Exclamo Sir Hamlet— Nuestro vínculo es de amistad soldada con firmes eslabones.

—De acuerdo, Hamlet. Creemos que cabalga hacia las costas de su Adriático natal. Después de… lo ocurrido existe una orden internacional de busca y captura.

—Lo que ha hecho el Moro de Venecia no tiene perdón.

—Espero que pague su delito. —Ambos hombres maduros hablaban preocupados.

—Antes de su atrocidad ya apuntaba a desertar.

—No encajó vuestra reciente decisión de elegir a vuestro sucesor al mando de la Agencia.

—Bueno, Duncan, vos asumisteis la derrota, ¿verdad? —Su interlocutor asintió—Equidistantes de la meta fuisteis sobrepasados por un tercer corredor. ¿Seguirá su atractiva esposa Desdémona colabo­rando con nosotros?

—Abandonado el barco por el neurocirujano veneciano, el concurso de la bioquímica se perfila como fundamental. —Sir Hamlet, padre del crítico teatral, quiso admitir:

—Otelo fue el mejor de todos nosotros. Su ausencia deja un hueco difícil de llenar.

—Con respecto a la esposa de Otelo, desconozco…

—No me lo sigáis intentando ocultar, ¡MALDITA SEA!

—¿¡Cómo!?

—Os recuerdo que esta Agencia Científica depende de los Servicios Secretos británicos.

—No… entiendo…

—Cuando volváis a visitar el lecho de la joven Desdémona le podréis preguntar directamente si seguirá o no con nosotros. Huelo el eco de su fragancia en vos.

El hasta entonces honorable mecenas y productor teatral quedó ojiplático.

—Pero, ¿quién sois?, ¿Hannibal Lecter o el protagonista de la obra teatral El Perfume? —Duncan abrió la boca pero el otro le detuvo—¡Callad! Lo consumado por vos es perverso.

—Pero… no sabéis lo difícil que…

—¡Inconsciente! Vuestras horas llenas de desórde­nes solo causarán estragos, sangre y hiel.

—Me temo que ascendí por una espiral sin ser consciente de ello.

—¡Libertino! Errasteis gravemente.

—Lo sé.

—Espero que vuestra sufrida esposa desconozca vuestro infame amancebamiento.

—Os juro que os tendré en cuenta. ¡Por favor, no…!

—¡Silencio! ¡No he acabado! Al margen de dilemas éticos, algo me preocupa más: siempre fue mejor estar en el mismo lado del tablero de Otelo Welles Fishburne.

—Es obvio que, como enemigo, es el peor de los imaginables.

—El titán intelectual cada vez parece menos humano y más una negra figura del Infierno.

—Eso me temo.

—Me llegan informes preocupantes de la Agencia.

—¿De qué índole? Escuché que realizó ensayos genéticos en bestias.

—Sí. Además, en los últimos meses se habría sometido a varias autocirugías robotizadas.

—¿De qué naturaleza? ¿Su intención es levantarse en armas?

— No lo sabemos y no lo sabemos.

— Me siento abochornado. Respecto a Otelo… me invade inquietud.

—¿Inquietud? No me hagáis reír con estúpidos rodeos. Estáis más muerto que vivo.

—Supongo que es cuestión de tiempo que se entere de la infidelidad de su esposa.

—Descartad una muerte rápida; usará cada fibra de su cuerpo para estar nueve años matándoos.

* * *

(Parque de la Naturaleza de Cabárceno, Santander, Cantabria, España. 3:09 a. m.)

LA PELEA fue breve.

Tras matar al rinoceronte blanco la criatura decidió hurgar en sus vísceras. Sin embargo, la firme voz que lo teledirigía ordenó que buscara a su siguiente presa. Acto seguido una imagen apareció en su mente: otro cuadrúpedo, un gran felino, con bandas contra­peadas en el lomo.

Con suma facilidad saltó la valla para salir del lugar donde había acabado con esa bestia macilenta de cuerno por nariz. No tendría que re­correr apenas distancia, pues su perímetro de su cercado estaba justo en­frente. En este caso, la barrera que sortear era mucho más alta. Su primera tentativa fue fallida: cayó de forma violenta al asfalto que separaba ambos vallados. La criatura transgénica se detuvo un momento; alzó la mirada sereno y con la vista recorrió minuciosamente la barrera que tenía que superar. Acto seguido, se desplazó unas quince yardas de forma lateral. Había detectado un punto vulnerable, su segundo intento fue un éxito. Una vez dentro, divisó varios ejemplares de las criaturas que buscaba. Cada uno de los tigres estaba encerrado en una jaula independiente.

Decidió liberar a dos.

Algo lo desconcertó, pues nada más verse en libertad empezaron a luchar entre ellos. De forma súbita uno miró con ojos hipnóticos al intruso, que respondía al nombre de Tray. Con una agilidad similar a la de la propia criatura se lanzó a por ella. Un profundo zarpazo melló su estampa y lo en­fureció sobremanera. La bestia atrapó al felino entre sus fauces y le arrancó la cabeza de la primera dentellada. Un sensor que había registrado lo ocu­rrido envió la siguiente información:

FUERZA DE LA MORDIDA:

Tigre de Bengala: 1.450 Newtons (N)

Cocodrilo de agua dulce (Máxima registrada): 16.460 (N)

Tray: 23.218 (N)

El otro tigre reculó y volvió asustado a su jaula. En ese momento, una pequeña y silenciosa aeronave apareció de la nada y aterrizó a escasos veinte pies de la criatura, Tray. Esta se dirigió con mansedumbre hacia la compuerta abierta, que se cerró a su paso. En su camino dejó un reguero de sangre: el felino le había inferido un surco en su gran cabeza.

La nave automatizada, levantó el vuelo y desapareció en los cielos cántabros.

 

 

* * *

(Sir Hamlet Olivier, baja al núcleo del laboratorio secreto. Allí charla con quien será su sucesor en la dirección de la Agencia científica dependiente del MI5 británico)

—Buenas tardes. Las cosas se ponen feas. —Una voz sintética neutra le contestó al todavía director de la Agencia, Sir Hamlet:

—Buenas tardes. Se trata de Otelo, ¿verdad?

—Sí. Tras la atrocidad que perpetró en la fiesta de cum­pleaños de Duncan está huido.

—Me temo que la culpa de su huida a Venecia y de que abandonara su proyecto la tiene en parte el hecho de que me eligieras.

—En parte, sí.

—Duncan y yo ya estamos muertos. Es cuestión de tiempo que Otelo acabe con ambos.

—Trabajaré para evitar lo que a ti te parece inevitable. No me has dicho el motivo por el que este será tu último proyecto.

—Por mi familia: mi esposa Gertrudis y mi hijo Hamlet.

—Entiendo.

—El precio que he pagado por ejercer como un buen profesional es haber sido un mal esposo y aún peor padre.

—Si Otelo te matara, no podrías saldar esa deuda con ellos.

—Creía que todavía tenía tiempo. Ahora me temo…

—Trabajo en una idea que podría ayudar, aunque necesitaré muchos recursos.

—Cuenta con los que necesites.

—No te puedo engañar, no será fácil: Otelo es el peor adversario posible.

—Si el Moro me asesinara antes de poner en marcha tu idea, quiero que intentes salvar a Duncan de su ira atroz.

—Claro.

—Aunque cometió un gran error yaciendo con Des­démona, es una de las personas más buenas que he conocido.

—Por supuesto. En tal caso haré todo lo que esté en mi mano.

—Lo daba por hecho, pero lo que quiero es que me prometas que te convertirás en el ángel de la guarda de mi hijo, Hamlet Olivier Close Gibson. Lo protegerás de Otelo Fishburne, del mundo, de sí mismo; lo protegerás del odio, de la ambición, de la locura, de los celos y de la ira. Y, llegado el caso, morirás y matarás para salvarlo. Darás la vida por él si fuera necesario.

—Lo prometo.


Acto Segundo

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